¿Quién compra cuando nadie trabaja?
La automatización y la inteligencia artificial no solo amenazan los empleos, sino que también debilitan la demanda de los productos que las mismas empresas venden
La automatización con inteligencia artificial no solo amenaza empleos. También reduce el dinero con el que la gente compra, y de ese dinero viven las mismas empresas que despiden.
Hace algunos días, los economistas Brett Hemenway, de la Universidad de Pensilvania, y Gerry Tsoukalas, de la Universidad de Boston, mostraron con un modelo económico algo que suena obvio pero rara vez se dice en voz alta. Cuando una empresa reemplaza trabajadores por inteligencia artificial ahorra costos y, al mismo tiempo, debilita la demanda de sus propios productos. En su blog Gatesnotes, Bill Gates aporta a la discusión con una propuesta concreta, que consiste en cobrar un impuesto por el uso de la IA, compensar con esos recursos a quienes pierdan el empleo y destinar el resto a reeducar la mano de obra. Dos preguntas resumen el debate, y ambas tienen respuesta.
¿Por qué automatizar también golpea a quien automatiza?
Porque el despido de hoy es la venta perdida de mañana. El trabajador que sale no desaparece de la economía. Sigue ahí, pero con menos plata en el bolsillo. Deja de cambiar de carro, aplaza el mercado, cancela el plan de datos, no vuelve al restaurante de la esquina. Cada empresa mira su propia nómina y ninguna mira la suma. El resultado es que el ahorro de una se convierte en la caída de ventas de otra, y al final del año todas venden menos.
Lo grave es que ninguna puede quedarse quieta. Apenas una automatiza y usa el ahorro para bajar precios, las demás quedan obligadas a seguirla, y si las empresas establecidas se resisten, aparecen nuevas que no cargan con esa nómina. Es una carrera en la que todos corren más rápido para quedarse en el mismo lugar, porque nadie gana clientes de forma duradera y lo único que queda es el daño común. Por eso una IA más potente no resuelve el problema, lo agranda.
No es una idea de escritorio. En febrero de 2026, la empresa Block despidió a casi la mitad de sus 10.000 empleados y su director, Jack Dorsey, dijo que la IA había vuelto innecesarios muchos de esos cargos, y predijo que en un año la mayoría de las compañías llegaría a la misma conclusión. Solo en 2025, los empleadores estadounidenses anunciaron más de un millón de recortes, y en cerca de 55.000 la razón declarada fue la inteligencia artificial, sobre todo en atención al cliente, moderación de contenidos y mandos medios.
El miedo no es nuevo. El economista David Ricardo lo discutía en 1821 y el economista John Maynard Keynes en 1930, dos de los teóricos fundamentales de la economía. Hasta ahora la historia les dio la razón a los optimistas, porque la tecnología destruyó oficios y creó otros nuevos. La diferencia está en la velocidad y en el alcance. Un estudio de 2024 calcula que cerca del 80 % de los trabajadores estadounidenses tiene un empleo con al menos algunas tareas que la IA ya puede hacer. Y aunque el reacomodo llegue, el camino importa. En 1933 el desempleo rondó el 25 % y tardó más de una década en volver a cifras normales.
Lo que está en juego para la gente
Mientras tanto, la factura la paga la gente. En un país como el nuestro, el empleo no es solo el ingreso para el mercado y el arriendo, también es rutina, dignidad y vida social. Cuando el desempleo se concentra en un municipio o en un sector, aparecen problemas que no salen en los balances. En Estados Unidos, la investigación asocia el cierre de fábricas con el aumento de las muertes por sobredosis. No cuesta imaginar presiones parecidas aquí, y esta vez no solo sobre el obrero, sino también sobre el analista, la abogada junior y el asesor de call center.
Hay un problema adicional, y es fiscal. Justo cuando más se necesitan capacitación, subsidios y salud mental, los gobiernos recaudan menos, porque quien no trabaja o trabaja menos horas paga menos impuestos. La demanda de ayuda sube al mismo tiempo que baja el dinero para financiarla.
¿Debe gravarse la automatización para pagar la transición?
Sí, y por una razón sencilla de verificar. Hoy, si una empresa contrata a una persona, paga aportes sobre su salario, y si compra un robot o un servicio de IA, normalmente descuenta ese gasto de inmediato. El sistema tributario, tal como está, le dice al empresario que le sale más barato la máquina que el ser humano. No se trata de castigar la tecnología, sino de dejar de subsidiar el reemplazo.
Un impuesto razonable haría dos cosas, quitarle esa ventaja artificial a la automatización y crear un fondo para capacitar a los trabajadores en otros oficios. Debe estar diseñado con cuidado, para no encarecer los usos que sí benefician a todos, como abaratar la salud y la educación. Los críticos dicen que todo impuesto le quita eficiencia a la economía, y en el papel tienen razón, pero no cuentan lo que el trabajo significa para las personas y para la vida en común. Con la ola de innovación que viene, el país puede pagar ese costo a cambio de mantener a la gente empleada.
La idea no es nueva. Cuando se propuso hace años un impuesto a los robots, la mayoría la trató de rareza. Hoy, con despidos masivos atribuidos a la IA, suena más a precaución que a rareza. No es la solución definitiva, pero sí una pieza sensata.
Qué hacer, y por qué ahora
Lo urgente es empezar ahora. Recaudar y repartir bien toma años, y la ayuda debe llegar a quienes de verdad la necesitan, es decir, los que pierden el empleo, los que ven recortadas sus horas o su salario y los territorios donde se concentran las pérdidas. Colombia todavía tiene margen, porque su economía de servicios apenas está en la primera ola. Ese margen es una oportunidad, no un permiso para esperar. La pregunta de fondo sigue siendo la misma. Si las empresas automatizan hasta el final, ¿Quién va a comprar lo que producen?


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