La batalla cultural: la nueva arquitectura del poder en Colombia

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

La política también se construye desde las ideas, la cultura y las conversaciones cotidianas. Eduardo David Chalapud analiza cómo la llamada batalla cultural puede influir en el rumbo político y social de Colombia.

Durante mucho tiempo, muchas personas entendieron la política como un asunto reservado a cifras, instituciones y decisiones tomadas en escenarios oficiales. Se hablaba del precio del dólar, del presupuesto para las regiones, de las reformas discutidas en el Congreso y, especialmente, del conteo de votos el día de las elecciones. Sin embargo, la política también se manifiesta en la vida diaria. Está presente en las conversaciones familiares, en las redes sociales, en la forma de informarse y en las ideas que una sociedad comparte sobre lo correcto, lo justo y lo conveniente. Por eso, las elecciones pueden verse no solo como el inicio de un proceso, sino también como el resultado de una conversación más amplia que ocurre antes, en la cultura y en la vida cotidiana.

Esa conversación previa, que ocurre antes de las elecciones y atraviesa la vida cotidiana, es lo que hoy muchos llaman batalla cultural.

Aunque la expresión puede sonar fuerte, no se refiere necesariamente a una confrontación directa, sino a una disputa por las ideas que una sociedad termina aceptando como normales. Hace un siglo, el pensador italiano Antonio Gramsci planteó que el poder no se sostiene solo con leyes o instituciones, sino también con la capacidad de influir en la manera como las personas entienden el mundo. Con el tiempo, distintos sectores políticos interpretaron esa idea desde sus propias miradas y concluyeron que, para transformar la política de un país, primero es necesario influir en la cultura, en el lenguaje y en las conversaciones del día a día.

Desde esa mirada tomó fuerza una nueva corriente conservadora y libertaria, que combina la defensa de ciertos valores tradicionales con una visión favorable al libre mercado y a la libertad individual. En América Latina, autores y voceros como Agustín Laje y Axel Kaiser han insistido en que la política no se decide únicamente en los gobiernos o en los partidos, sino también en las universidades, los medios, el arte, la música, las redes sociales y las conversaciones cotidianas.

 De las conversaciones cotidianas al gobierno

Esa batalla cultural, que empieza en la forma como la gente conversa, se informa y entiende su vida diaria, ya no se queda solo en los libros ni en las redes sociales. En varios países se ha convertido en una fuerza política capaz de influir en elecciones, gobiernos y decisiones públicas. Donald Trump en Estados Unidos mostró el impacto de un lenguaje directo contra la corrección política. En Argentina, Javier Milei conectó con el malestar de muchos ciudadanos frente al Estado y convirtió ese descontento en un movimiento amplio, especialmente entre los jóvenes. En Europa, líderes como Viktor Orbán en Hungría y Giorgia Meloni en Italia han construido parte de su discurso alrededor de la defensa de la identidad nacional, la soberanía y ciertos valores tradicionales.

En Colombia, esa discusión también empieza a sentirse con más fuerza con la llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia. No se trata solo de un cambio de gobierno, sino de una señal de que muchas conversaciones que antes parecían limitarse a las redes sociales, a los pequeños grupos de opinión o a los debates académicos han llegado al centro de la vida pública. Por eso, la batalla cultural se relaciona directamente con la idea inicial de este texto. La política no nace únicamente en las urnas ni en los edificios del poder. También se forma en la manera como las personas hablan de seguridad, educación, familia, libertad, autoridad, economía y futuro del país.

Sus principales debates giran alrededor de temas cercanos para cualquier ciudadano. En seguridad, aparece la necesidad de orden, autoridad y respaldo institucional. En educación y cultura, se discute qué valores deben transmitirse en colegios, universidades, medios y espacios artísticos. En economía, se habla de libertad individual, emprendimiento, impuestos y tamaño del Estado. En política exterior, toma fuerza la preocupación por la soberanía nacional y por la forma como Colombia se relaciona con otros países y organismos internacionales. En comunicación, las redes sociales se han convertido en el escenario donde estas ideas circulan con mayor rapidez y llegan de manera directa al público general.

 La hora de la verdad para el país

La batalla cultural no debe entenderse como una invitación a dividir al país, sino como una oportunidad para comprender que las ideas también construyen poder. Sus principios fundamentales están en la defensa de unos valores, en la importancia del lenguaje, en la formación de la opinión pública, en la disputa por el sentido común y en la capacidad de llevar esas ideas a la educación, los medios, la familia, la economía y la vida cotidiana. Por eso, antes de convertirse en una propuesta de gobierno, toda visión de país necesita arraigarse en la cultura y ser comprendida por la gente común.

Colombia inicia una etapa en la que el debate público irá más allá de las leyes, los presupuestos o los nombres propios. La verdadera discusión estará en definir qué tipo de sociedad quiere ser, qué valores desea conservar, qué libertades considera esenciales y qué responsabilidades está dispuesta a asumir. Si esa conversación se da con respeto, claridad y sentido democrático, la batalla cultural puede convertirse en un camino para fortalecer la participación ciudadana y no en un motivo de ruptura. Al final, el país no solo se gobierna desde las instituciones. También se construye desde las palabras, las ideas y las decisiones diarias de sus ciudadanos.

ecpdavid@gmail.com j

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