Cuando el pozo también se seca

Por: Julio Ramón Jácome Benavides

En “Cuando el pozo también se seca”, Julio Ramón Jácome Benavides retrata, con una mirada crítica y profundamente humana, la realidad de las familias que enfrentan la crisis del agua en los barrios altos de Ipiales. Una columna sobre la sed, las promesas incumplidas y el desencanto de una comunidad que, mientras espera soluciones, sigue cargando baldes y esperanzas.

Son las cinco de la mañana. En los barrios altos de esta ciudad que Juan Montalvo, desde el exilio, bautizó como “Nubes Verdes”, ya hay rebullicio. El poeta levantó la vista y vio nubes; los de ahora no pueden levantar la cabeza, porque el peso del balde les dobla el cuello. No es el canto de los pájaros ni el aroma del pan de maíz tostándose. Es otra cosa: el golpe seco de los vientos y los baldes de zinc al encontrarse, el arrastre de pasos que todavía llevan el peso del sueño, y esa murmuración baja, casi un rezo, de los que saben que el agua no va a salir de la llave, pero igual se levantan.

 “Este balde pesa más que mi alma”, alcanza a decir doña Elena, y se hinca en la arcilla. Ya van dos horas de fila cuando por fin llega el carro tanque, pero el conductor revisa su libreta, niega con la cabeza y pasa de largo. Hoy a su barrio no le toca. Entonces echa a andar, como todas las mañanas, los tres kilómetros que la separan del “Chorro”, esa lengua de agua que los viejos llaman “la vena de la tierra”, porque no falla. El frío del chorro le muerde los dedos agrietados; el olor a tierra mojada se le pega a la ropa junto con el sudor; el balde raspa contra el suelo entre el ripio y la tierra húmeda. Allá, en medio del asfalto de la vía perimetral y el cansancio, se arrodilla otra vez, lo llena hasta el borde, lo carga cuesta arriba, y sostiene que en cada paso el agua pesa más que su propia fe.

 El “Chorro” es desde siempre el pulmón de esta ciudad. A cualquier hora se ven familias enteras haciendo turno para llenar barriles, y no faltan los que llegan en sus carros viejos a lavarlos y aprovechan para llevarse unos cuantos galones, porque allá nadie cobra por ese sorbo. Quienes tienen billete mandan camionetas particulares. Pero los otros, los del día a día, los que no alcanzan ni para el bus, tienen en esa corriente su único testigo, la única mano que no les queda mal.

 Hace tres años, por estas mismas calles empinadas que Montalvo subió con los zapatos rotos del desterrado, subió una multitud de señores de corbata y zapatos de marca. Parecía una procesión laica, puro esmalte y promesas. Hablaban por turnos, uno tras otro, cada vez más fogosos, y repetían: “Nosotros somos su voz, vamos a pelear hasta que el agua le llegue a la puerta de la casa”. La gente, claro, aplaudió; muchos lloraron de la emoción, y los más ilusos se los creyeron a pie juntillas. Recitaban la ley de memoria, artículo por artículo, como quien echa un padrenuestro en latín: suena bonito, suena sabio, pero no calienta ni moja. Pero Montalvo, que en estas laderas aprendió a callar para sobrevivir, ya les habría dicho que la palabra sin obra es apenas un eco que se pierde entre los cerros. Y no es que fueran tontos, no; eran de esa estirpe que ya condenaba Sócrates: los sofistas, los que se venden como maestros de la verdad y solo enseñan el oficio de persuadir, sin que les importe un comino la justicia.

 Lo que pasa es que el poder tiene ese vicio asqueroso de gastar los cariños, de volver extraños a los compadres de años, de trocar una causa sagrada en una pelea de gallos por ver quién se lleva el crédito. “Peleados los compadres, rota la alianza”, y así, los que habían jurado mover cielo y tierra se fueron desmoronando como un muro de tapia en invierno. Hoy andan casi solos, porque el pueblo que un día les aplaudió se les quitó de encima, con el alma atravesada por el desencanto y la fe hecha trizas.

 Ya no se les ve caminando por los barrios, ya no saludan desde la esquina ni se ensucian los zapatos en las calles sin pavimentar. Aparecen de vez en cuando con sus carpetas de papelitos, que enseñan como si fueran biblias, y detrás los fotógrafos de turno, cazando la sonrisa perfecta, el abrazo de mentiras. Pero cuando la gente pide una reunión seria, contestan que la agenda no da; cuando se trata de decidir sobre soluciones concretas, urgentes, verdaderas, siempre encuentran una excusa para esfumarse.

 Mientras tanto, en la otra acera de la ciudad, el carro tanque es un milagro que no ocurre, y el “Chorro” sigue siendo la única fuente que no traiciona. Allá los niños aprenden a gatear con un balde al lado; las mamás hierven el agua como pueden, porque la dermatitis y la fiebre diarreica no leen códigos ni protocolos. Los abuelos suspiran y recuerdan aquellos tiempos en que el agua bajaba por el tubo de la cocina, no por las grietas de la tierra, y cuando la factura no llegaba tan puntual por un servicio que en media ciudad ni existe.

 Ellos, los que viven del otro lado, con sus tanques de reserva, filtros y purificadores. No se han arrodillado nunca en la arcilla a las cinco de la mañana. No tienen ni idea de lo que pesa un balde de veinte litros después de tres kilómetros en subida. Jamás han visto la piel ampollada de un niño por el agua contaminada, ni han sufrido en una noche de fiebre que se pudo evitar con un vaso de agua limpia.

 Los discursos de ellos son impecables, igual que la ropa que lucen, huelen a colonia cara. Pero por dentro, son pura indiferencia. Citan la ley pero descuidan lo que de verdad importa. Dicen que quieren salvar al pueblo, y, sin embargo, lo están condenando a la sed. El que escribe esto ha visto cómo a la gente se le va apagando la voz, cómo la esperanza se les vuelve un hilo delgado, cómo los niños ya ni preguntan cuándo va a llegar el agua, porque saben que la respuesta siempre es la misma: un encogimiento de hombros.

 Algo se quebró en el camino de esos que prometieron justicia y repartieron privilegios. Será que el poder les borró la memoria; será que se creyeron dueños del cargo y no servidores públicos; será que se convencieron de que las palabras pesan más que las obras. Pero la verdad es terca, como el agua del Chorro, y siempre encuentra una rendija para colarse. Los vecinos ya no les compran ni una sonrisa. Y cuando se asoman por el barrio, cosa rara, porque siempre van metidos en camionetas con vidrios oscuros, nadie les devuelve el saludo. Ellos dicen que es falta de cultura y educación; la gente sabe que es falta de agua, de vergüenza y de palabra. Porque el pueblo de Nubes Verdes ya aprendió a diferenciar al que habla de frente del que actúa con transparencia; al que se sabe la ley de memoria del que la cumple de verdad; al que mete a Dios en la boca para persuadir del que obra callado, sin necesitar testigos.

 El “Chorro” sigue allí, entre el barro y la arena, fiel como el recuerdo, claro como la verdad que no necesita adornos. Doña Elena madruga otro día más, con su balde a cuestas, con sus huesos doliendo, pero con la certeza de que el agua no le falla. La gente sigue lavando sus carros en las horas muertas, porque allá no se paga, y aprovechan para llevar unos litros a la casa. Las familias no aflojan el turno para llenar canecas. En cada paso, en cada gota que se les escurre, en cada rodilla que se moja al inclinar el cuerpo, va escrito el testimonio de una gente que no se rinde. Al final, cuando doña Elena vacía el balde en el tanque de su casa, apenas junta para unos cuantos vasos. Su nieto, un niño de cuatro años, la mira con los ojos brillantes de fiebre. “Abuelita, ¿mañana va a llegar más agua?”, le pregunta. Ella no atina a responder. Solo lo aprieta contra el pecho y alcanza a oír, allá lejos, el rumor constante del Chorro, mientras en las pantallas de los celulares los iluminados de turno siguen posteando fotos de dientes blancos, y la gente, siempre la gente, sigue esperando.

 Montalvo les puso nombre de cielo; a ellos, la vida les ha puesto nombre de sed. Porque al final, en los barrios altos de Nubes Verdes, el pueblo no se olvida de aquellos que ofrecen agua y reparten palabras, de los que se sientan en las sillas de adelante y no alivian la sed del que va atrás, de los que se visten de jueces y vacían la justicia de contenido, de los que mencionan a Dios para disfrazar su codicia. Esos que un día fueron multitud y hoy son un puñado; esos que se despedazaron entre ellos mientras el pueblo miraba; esos, al final, se quedan solos, con la boca llena de discursos y las manos vacías, mientras el “Chorro” no para de correr y la gente no para de esperar.

Los nombres, lugares y situaciones aquí descritos son producto de la observación y la memoria del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

juliojacome505@gmail.com

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