¿Se aproxima un “Súper Niño” en 2026? El riesgo para Colombia y Nariño
Las señales del océano Pacífico vuelven a encender las alarmas ante la posible llegada de un El Niño de fuerte intensidad hacia finales de 2026. En su análisis, Germán Ponce Córdoba advierte sobre los posibles efectos en el agua, la agricultura, la energía, los alimentos y la economía, y plantea una pregunta clave: ¿están Nariño y Colombia preparados para afrontar este fenómeno?...

El ‘SuperNiño’ de 1877-1878 fue uno de los eventos climáticos extremos más severos registrados en la historia moderna. Consistió en un calentamiento anómalo y prolongado del océano Pacífico que alteró los patrones meteorológicos globales, desencadenando sequías devastadoras, hambrunas generalizadas y la muerte de aproximadamente 40 a 50 millones de personas en todo el mundo.

Las características principales del fenómeno:

  • Impacto global: Afectó gravemente a regiones intertropicales y subtropicales, principalmente en India, China, Brasil y partes de África.
  • Sequías y hambrunas: Al interrumpirse los monzones y las lluvias habituales, se perdieron cosechas masivas de alimentos. Esto provocó una de las mayores crisis de hambruna y mortandad registradas, cobrando la vida de hasta el 4 % de la población mundial de esa época.
  • Escala excepcional: Aunque el término “SuperNiño” (o El Niño extremo) es un concepto utilizado para describir fenómenos con un aumento de temperatura inusualmente alto (superando el umbral de los 2 °C en el Pacífico central), el evento de 1877 es considerado por muchos investigadores como uno de los peores desastres ambientales en la historia de la humanidad.

El ‘SuperNiño’ registrado entre 1877 y 1878 desencadenó una hambruna global que acabó con la vida de más de 50 millones de personas en India, China, Brasil y otras regiones, lo que representaba entonces entre el 3 % y el 4 % de la población mundial. Investigadores han calificado ese suceso como “posiblemente el peor desastre ambiental que jamás haya sufrido la humanidad”, según un informe de The Washington Post.

La experiencia reciente ilustra la magnitud del riesgo. El evento de 1982-83 dejó más de 1.600 muertes y pérdidas por 3.600 millones de dólares en Sudamérica; el de 2014-16, ya con mejores sistemas de alerta, redujo las víctimas a 460, pero generó daños por 2.000 millones. En Panamá, los bajos niveles de los lagos que alimentan el Canal restringieron el tránsito de buques desde agosto de 2023, con consecuencias económicas globales. Solo el sector transporte en la región acumuló impactos de 1.700 millones de dólares durante el evento de 1997.

El fenómeno de El Niño es un evento climático natural que consiste en el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Al alterar la temperatura del océano, modifica los patrones de viento y presión atmosférica, lo que provoca graves alteraciones climáticas a nivel global.

En condiciones normales, los vientos alisios soplan de este a oeste, empujando el agua cálida superficial hacia el sudeste asiático y permitiendo que aguas profundas y frías afloren frente a las costas de Sudamérica. Sin embargo, durante El Niño, estos vientos se debilitan o invierten su dirección. Esto hace que la masa de agua cálida se desplace hacia las costas de América del Norte y del Sur, acumulándose allí.

Impactos principales

Debido a que altera todo el sistema atmosférico, sus consecuencias varían según la región del planeta.

  • Sequías e incendios: Suele provocar sequías severas, escasez de lluvias y olas de calor en regiones como el sudeste asiático, Australia, Centroamérica y el norte/noreste de América del Sur.
  • Lluvias torrenciales e inundaciones: Causa un aumento drástico de las precipitaciones en la costa oeste de Sudamérica (principalmente en Perú, Ecuador y Colombia), así como en el sur de Estados Unidos.
  • Efectos en la pesca: Al disminuir el afloramiento de aguas frías y ricas en nutrientes en el Pacífico oriental, la fauna marina se ve gravemente afectada, impactando la industria pesquera.

El Niño es la fase cálida de un ciclo natural conocido como ENOS (El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO por sus siglas en inglés). Este fenómeno se repite de manera periódica cada 2 a 7 años, y cada evento suele tener una duración aproximada de 9 a 12 meses. Su nombre fue acuñado originalmente por pescadores peruanos, quienes notaron que este calentamiento de las aguas ocurría comúnmente a finales de diciembre, coincidiendo con la época navideña y el nacimiento del Niño Jesús.

Deepti Singh, profesora asociada de la Universidad Estatal de Washington, señala que las hambrunas no son una consecuencia inevitable de las sequías. En la década de 1870, las acciones deliberadas de los colonizadores alteraron los sistemas locales que las comunidades usaban para resistir las variaciones climáticas.

Según Singh, “podrían volver a ocurrir sequías plurianuales simultáneas similares a las de la década de 1870″, pero con una diferencia clave: la atmósfera y los océanos “son sustancialmente más cálidos que en aquella época, lo que significa que los fenómenos extremos asociados podrían ser aún más extremos”.

Este año, las temperaturas oceánicas en la región podrían superar el promedio y batir récords. Sin embargo, a diferencia de 1877, hoy existen sistemas de monitoreo y predicción climática desarrollados tras el super El Niño de 1982-1983.

Más de 4.000 instrumentos proporcionan datos en tiempo real desde el Pacífico, lo que permite rastrear diariamente el desarrollo de El Niño. Singh advierte que “un mayor riesgo de sequía asociado a este ‘SuperNiño’ amenazará la seguridad alimentaria, hídrica y económica” en muchas regiones, lo que podría generar efectos en cascada a nivel mundial a través de los sistemas socioeconómicos interconectados.

No obstante, los expertos coinciden en que las pérdidas devastadoras de 1877 no es probable que se repitan hoy, porque los factores sociales, políticos y económicos que exacerbaron aquellos efectos ya no existen.

Las señales del Pacífico encendieron las alarmas en los últimos meses. Una onda de Kelvin cálida, un pulso de agua anómalamente caliente impulsado hacia el este por vientos del oeste, está aflorando en el Pacífico central, lo que sugiere que un evento de gran intensidad podría alcanzar categoría de Súper Niño hacia finales de 2026.

En su actualización de mayo de 2026, el Climate Prediction Center de NOAA elevó al 82 % la probabilidad de que El Niño emerja entre mayo y julio, y al 96 % la probabilidad de que persista entre diciembre de 2026 y febrero de 2027. Más aún: hay 2 de 3 probabilidades de que el pico sea fuerte o muy fuerte, y aproximadamente un 35 % de probabilidad de que alcance categoría “muy fuerte”, o un Súper Niño (ver Figura). El modelo de conjunto del Centro Europeo (ECMWF), junto con corridas paralelas del CFS de NOAA y de la oficina meteorológica australiana, proyectan anomalías cercanas a +3 °C hacia fin de año. De confirmarse, sería el evento más intenso registrado desde 1877-78. Como suelen recordar los climatólogos, ningún Niño es idéntico a otro y los pronósticos evolucionan, pero la tendencia actual apunta en una sola dirección.

La imagen muestra el calentamiento del mar en el océano Pacífico. (Fuente: Senamhi.)

Los efectos no son uniformes: dependen de la subregión, de la estación y de la intensidad final del evento. A grandes rasgos, en Centroamérica, el Caribe y el norte de Colombia y Venezuela predomina el calor y la sequía, con un déficit hídrico particularmente severo en el corredor seco centroamericano.

En contraste, en las costas pacíficas de Ecuador y Perú, en el centro de Chile y en el sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y el norte argentino, suelen registrarse lluvias intensas e inundaciones.

Estos efectos físicos se traducen en riesgos concretos:

  • Seguridad alimentaria: sequías e inundaciones afectan la producción agrícola, donde se concentra la gran mayoría de las pérdidas, y presionan los precios de los alimentos.
  • Energía: la reducción de lluvias golpea los sistemas hidroeléctricos, de los que depende buena parte de la matriz regional.
  • Salud pública: el calor y la variabilidad de las lluvias alteran las condiciones que favorecen vectores como el mosquito del dengue y el chikunguña.
  • Infraestructura crítica: rutas, puentes, redes eléctricas y puertos quedan expuestos a deslizamientos, crecidas e interrupciones prolongadas.

Y todo esto ocurre sobre un planeta más caliente. El Niño no es producto del cambio climático, pero el cambio climático lo amplifica: combinado con temperaturas oceánicas ya récord, podría llevar la temperatura promedio global a niveles inéditos en 2026 o 2027.

La buena noticia es que, a diferencia de un huracán o un sismo, El Niño es predecible con meses de anticipación. Esa ventana permite pasar de la reacción a la anticipación. Las prioridades son claras:

  • Activar la acción anticipatoria. Mecanismos como los protocolos de acción temprana y el fondo de emergencia para la respuesta a desastres (DREF) de la Federación Internacional de la Cruz Roja, basados en financiamiento por pronóstico (forecast-based financing), liberan fondos automáticamente cuando se alcanzan umbrales meteorológicos predefinidos, permitiendo actuar antes de que el desastre golpee.
  • Fortalecer los sistemas de alerta temprana y el monitoreo
  • hidrometeorológico. La reducción drástica de víctimas entre 1982 y 2016 está directamente asociada a este tipo de inversión.
  • Ejecutar obras preventivas ahora. Limpieza de drenajes y cauces, refuerzo de diques, estabilización de laderas, mantenimiento vial y protección de hospitales, escuelas y redes eléctricas.
  • Proteger los sectores productivos. Seguros agroclimáticos, fondos de contingencia, almacenamiento estratégico de alimentos, distribución de semillas resistentes a la sequía, construcción de pequeños distritos de riego y apoyo directo a pequeños productores.
  • Adaptar la infraestructura. Drenajes con criterios de variabilidad climática, materiales resilientes y buenas prácticas de adaptación de carreteras al clima, con unidades específicas en los ministerios de obras públicas que gestionen la adaptación.
  • Coordinar regionalmente. Intercambio de información climática, protocolos conjuntos y mecanismos de cooperación logística y sanitaria, como ha subrayado la Organización Meteorológica Mundial.

El regreso de El Niño ya no figura como un riesgo remoto para América Latina; el fenómeno climático se está convirtiendo rápidamente en el escenario central para 2026, con una probabilidad cercana al 80 % de que las condiciones asociadas al evento se materialicen durante el tercer trimestre y una posibilidad de entre 35 % y 40 % de que alcance una intensidad fuerte hacia finales de año.

La advertencia llega en un momento en que la inflación nacional empieza “a recalentarse” respecto a los máximos registrados en años recientes.

Sin embargo, el impacto de El Niño no depende únicamente de la magnitud del fenómeno climático, sino también de las condiciones macroeconómicas en las que se produce.

Existen tres canales principales a través de los cuales El Niño puede trasladarse a los precios: alimentos, energía y pesca o materias primas. La importancia de cada uno varía según la estructura económica de cada país, su matriz energética y el peso de los alimentos dentro de las canastas de consumo.

El canal alimentario suele ser el más rápido. El fenómeno altera los patrones de lluvia en distintas regiones de América Latina, provocando inundaciones en algunas zonas y sequías en otras. El resultado depende de la magnitud de las afectaciones sobre la producción agrícola y de la importancia de los alimentos dentro del índice de precios al consumidor.

En el caso colombiano, se considera que la electricidad representa el principal foco de atención. El país genera cerca del 70 % de su energía mediante fuentes hidroeléctricas, por lo que una reducción de las precipitaciones puede disminuir los niveles de los embalses y obligar a utilizar generación térmica más costosa.

Según estimaciones, un choque asociado a El Niño podría generar una respuesta acumulada de la inflación general de hasta 3,26 puntos porcentuales seis meses después del evento, frente a apenas 0,19 puntos porcentuales en una estimación promedio no condicionada.

Los analistas afirman que “el resultado de Colombia es el más llamativo de la muestra”, al tiempo que sostienen que “los niveles de los embalses de Colombia son el indicador líder más importante que debe monitorearse en el corto plazo”.

Para la política monetaria, se identifican riesgos especialmente elevados en Colombia; se estima que la inflación podría aumentar entre 1,5 y 3,3 puntos porcentuales acumulados durante los seis meses posteriores a un choque fuerte, un movimiento con capacidad para influir en las discusiones del banco central sobre tasas de interés.

Aunque se reconoce que el contexto macroeconómico de 2026 es más favorable que el observado durante 2023 y 2024, también se destaca que el fenómeno está avanzando más rápido que en ciclos anteriores.

La estrategia principal frente a este fenómeno es la Acción Anticipatoria, que se refiere a cualquier acción realizada antes de que ocurra una crisis, con el objetivo de prevenir o reducir los impactos potenciales del desastre.

El objetivo es anticipar los riesgos y fortalecer la preparación, utilizando la evidencia científica para proteger hogares, asegurar una asistencia humanitaria efectiva y cuidar la salud de las comunidades antes de que los efectos de El “Niño” alcancen su punto máximo.

La pregunta es si Nariño y Colombia están preparados debidamente para afrontar este fenómeno y mitigar su impacto.

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