¿En qué momento el celular se convirtió en una adicción?

La adicción al celular no llegó de golpe: fue tomando forma a medida que la tecnología empezó a moldear nuestra atención, nuestros hábitos y hasta nuestras emociones. Hoy, el teléfono dejó de ser una herramienta para convertirse en un dispositivo que dicta ritmos, conductas y silencios.

Por : José Humberto Guerrero

El celular se convirtió en una adicción cuando dejó de ser solo una herramienta y pasó a ocupar el centro de nuestra atención, del tiempo y de las emociones. Ese cambio no ocurrió de un día para otro; fue el resultado de un proceso tecnológico, social y psicológico que se consolidó en las dos últimas décadas.

Al inicio, el celular servía para llamar y enviar mensajes. Su uso era puntual y funcional. El punto de quiebre llegó con la masificación de los smartphones, desde mediados de la década de 2010, cuando los teléfonos integraron internet permanente, redes sociales, cámaras, juegos y aplicaciones diseñadas para retener al usuario. Todo en uno. Desde ese momento, el celular dejó de responder solo a una necesidad y comenzó a crear la necesidad de usarlo.

La adicción aparece cuando el uso deja de ser voluntario y consciente, y se vuelve automático y compulsivo. Las aplicaciones están diseñadas para eso: notificaciones constantes, desplazamiento infinito, recompensas inmediatas (likes, mensajes, visitas) y contenido personalizado. Cada interacción libera dopamina, el neurotransmisor del placer, que refuerza comportamientos adictivos. El cerebro aprende rápidamente que mirar el celular produce gratificación inmediata, aunque sea breve.

La adicción se perpetúa cuando el celular interfiere con la vida cotidiana: se usa en medio de conversaciones, clases, comidas, trabajo, o incluso al conducir. Surgen señales claras: dificultad para concentrarse sin el teléfono, ansiedad al no tenerlo cerca, necesidad de revisarlo constantemente sin un propósito claro y pérdida de control sobre el tiempo de uso. En ese punto, el celular deja de servir a la persona y la persona empieza a servir al dispositivo.

También hay una dimensión social: el uso excesivo se normalizó. Ver a todos con el celular en la mano hizo que la conducta adictiva pareciera aceptable. Sin embargo, que sea común no significa que sea saludable. La normalización ocultó los efectos: disminución de la atención, empobrecimiento del diálogo, aislamiento emocional y deterioro de la capacidad de estar presentes.

En síntesis, el celular se convirtió en una adicción cuando pasó de facilitar la comunicación a capturar la atención, moldear el comportamiento y regular las emociones. No es el dispositivo en sí el problema, sino la forma en que fue diseñado y el lugar que ocupa en la vida diaria. Recuperar el control implica volver a usarlo como medio y no como fin, con límites claros y conciencia de su impacto en la mente y en las relaciones humanas.

Dicha tecnología, diseñada para acercarnos, nos ha alejado de las personas que más importan, como la familia. No obstante, no es que el teléfono sea malo por sí mismo. La adicción no la crea el dispositivo; la crea la interacción entre nuestra biología y la tecnología.

                   jairobravovelez2010@hotmail.es

0 Comments

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Envíanos Tu Artículo!