Reinventarse Cada Año Nuevo

Por : Javier Chaves Osejo

La lengua castellana, por su origen y naturaleza, es una fuente de riqueza inalcanzable. Esto se debe a su amplio y diverso vocabulario, que nos permite, con una sola palabra, expresar varias cosas; también muchos conceptos pueden redondearse en un único término. Considerada una lengua romance, además tiene la influencia y la adaptación de otras lenguas no menos importantes, como el árabe y las lenguas indígenas, lo que permite flexibilizar la gramática según lo requiera el hablante. Por eso ninguna palabra puede considerarse más o menos importante que otra; solo quien la usa puede medirla en la escala que mejor se adapte a su propio criterio.

Retomando mi época de docente universitario, recuerdo haber hecho énfasis en la palabra investigación, no necesariamente en la investigación científica, ya que existen muchos métodos para llegar a la verdad, y cada ser pensante tiene el libre albedrío de adaptar el método que considere más cercano a sus intereses. Esta palabra se ha usado y se seguirá usando por muchos, quizá muchísimos, años más. También adapté, en cada materia de los diferentes pénsum académicos, y en cada tema que los contenía, allí donde se impartía cátedra, palabras como cambio y calidad. Mejor aún, ya se hablaba de la “reingeniería del cambio”. Resalto dos términos más que trascendieron y sembraron mucha semilla en quienes los emitieron y en quienes los escucharon: innovación y creación. Todas estas palabras se pusieron a la vanguardia del lenguaje utilizado en las universidades por sus docentes y también en las empresas por los gerentes, así como en los discursos sociales, políticos y motivacionales; además fueron utilizadas por otros profesionales en su desempeño diario.

Ahora, con las nuevas tendencias de comportamiento, consumo, tecnología, vida y demás, vienen adaptándose nuevos términos no necesariamente propios del castellano. Se usan con frecuencia anglicismos que ayudan a entender la modernidad en los sistemas tecnológicos. Enfatizando en el tema, la RAE, en su DLE, señala que la definición de invención es, principalmente, la acción y efecto de inventar, es decir, descubrir o hallar algo nuevo, pero también puede referirse a la parte de la retórica que trata de hallar ideas y argumentos.

Reinventarse…

El filósofo atormentado Friedrich Nietzsche, a finales del siglo XVIII, ya lo decía a través de su idea del superhombre: una forma radical de reinvención. Para él, el ser humano debe superarse continuamente, crear sus propios valores y no quedar atrapado en las morales heredadas. Esta superación no es externa, sino interna.

Las sociedades modernas siempre se han preguntado cuál es el mejor invento que ha creado el ser humano. Sin duda no hay uno solo; hay muchos, y si se sometieran a votación, no habría acuerdo alguno. Actualmente los nuevos medios de comunicación ya no nos invitan a inventar cosas nuevas. En la esencia del pueblo hay argumentos que sostienen la frase “todo está inventado”. Abres los ojos en la mañana y encuentras algo nuevo que se está imponiendo. Los influencers, cada segundo, te invitan a reinventarte. ¿Esa palabra nos impulsa a inventarnos nuevamente a nosotros mismos? ¿O quieren decirnos que debemos adaptarnos a las propuestas que ellos impulsan? Algún distraído tendrá la respuesta. La humanidad se inventó hace miles de años, y su linaje Homo apareció hace millones; por lo tanto, ya estamos inventados.

Para descifrar el mensaje, se deben desglosar minuciosamente los componentes de este término tan moderno y tan sonado en estos tiempos. Reitero que no es un concepto nuevo, pero sí uno que ha adquirido una resonancia particular en épocas de crisis. Es una palabra que se ha ido adaptando a la necesidad, la conciencia y la esperanza de un mejor mañana por parte de quienes forjan nuevos caminos. Tal como lo inculcábamos en las universidades en tiempos de antaño, ahora nos proponen un juego de palabras que no alude únicamente a cambiar, sino a crearse a sí mismo.

La pregunta será: ¿cómo nos reinventamos? Debe partir de una ruptura total consigo mismo: su personalidad, sus creencias, su entorno, su moral, sus habilidades, su todo. Debe ser una pérdida o una toma de conciencia profunda. Es como una reingeniería del ser. La velocidad con la que se mueve el mundo es lenta para las decisiones que debemos tomar. No están hablando de una adaptación, como lo manifestó el científico Darwin en su momento; este concepto va más allá. Así como está planteado, infunde respeto, pero también miedo, especialmente para aquellos que se quedaron mirando el cielo. Esto implica reconocer que lo que uno era ya no basta para responder a las nuevas condiciones de la existencia. Porfío: no es una adaptación funcional. Antes estaba ligada al éxito personal o empresarial, o a la supervivencia económica. Ahora nos han puesto en un rol desconocido y nos volvieron los súper empleados, súper operarios, súper técnicos. Nos introdujeron en un túnel donde solo importa la productividad en equilibrio con la rentabilidad: una pelea con el tiempo, con el yo y con lo desconocido. Con estos parámetros de existencia cabe pensar que no prima lo colectivo: prima el individuo, prima usted.

En la última pandemia se alteró de manera radical la percepción del ser y su rol en el mundo. La experiencia fue simultánea, global y prolongada. Millones de personas cambiaron sus hábitos de vida y sus formas de trabajar, relacionarse, aprender y hasta concebir el tiempo y la muerte. En este contexto, reinventarse dejó de ser una opción voluntaria para convertirse en una exigencia existencial.

Ya no se trataba solo de aprender nuevas habilidades digitales, emprender o cambiar de empleo, sino de replantear el sentido de la vida cotidiana, el valor del contacto humano, la fragilidad de las certezas y la dependencia mutua. Hoy por hoy todo es una constante incertidumbre. La invitación es a reconstruirse en medio de ella para no perder valor: el valor de sentirse persona y de que los demás lo miren y lo traten con respeto, que lo traten por lo que es.

Reinventarse es radical. Las acciones a seguir deben ser planeadas; nadie se reinventa de la noche a la mañana. Es un proceso que debe llevarse día a día; cada instante de la vida cuenta. Hay que empezar, y una vez tomada la decisión, no hay tiempo para titubear: no se puede detener. Hannah Arendt sostiene que cada ser humano tiene la capacidad de comenzar algo nuevo, de iniciar procesos inéditos en el mundo. Esto lo afirmó después de superar la crisis generada por la II Guerra Mundial.

Todos estamos llamados a aportar a la transformación del mundo, o al menos a la transformación de la cuadra, el barrio o la vereda donde vivimos, y a convertirnos en generadores de un mejor modus vivendi para aquellos que nacieron y siguieron con los ojos cerrados, para quienes no ven la oportunidad y necesitan un empujón para transformar sus vidas. Para que esto sea una realidad, es urgente reinventarse. Los primeros llamados son las personas que trabajan con comunidades o con personas a su cargo, como los líderes y lideresas en general —comunales, sociales, empresariales, etc.—; los educadores, los religiosos, los políticos, entre otros.

No debemos mostrar quietud mientras el mundo se mueve vertiginosamente.

javierchaves843@gmail.com j

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