La lucidez castigada: cuando pensar se vuelve incorrecto
Por : Eduardo David Chalapud Narváez
En la novela Ensayo sobre la lucidez, José Saramago, premio Nobel de Literatura, plantea una pregunta que todavía incomoda: ¿qué pasa en una democracia cuando la ciudadanía deja de comportarse como se espera? La novela no responde con optimismo.
El detonante es un voto en blanco masivo. Sin protestas, sin líderes, sin agenda visible. Solo una decisión colectiva y silenciosa. Eso basta para que el Estado entre en crisis. Ahí está el núcleo del libro: el poder no teme la violencia tanto como teme a una ciudadanía que razona.
Las democracias formales tienen un límite que rara vez se menciona en voz alta. Funcionan mientras la participación se mueva dentro de los márgenes autorizados. Cuando alguien sale de esos márgenes —aunque sea pacíficamente o con argumentos— aparece el aparato: enemigos inventados, narrativas de miedo, campañas de deslegitimación. La democracia, en esos momentos, revela que no es un fin, sino una condición: participen, pero no demasiado.
Lo económico va en la misma dirección. Un ciudadano que cuestiona es alguien que exige cuentas, que pregunta cómo se distribuyen los recursos y que no acepta el gasto público como un dato dado. Eso introduce incertidumbre en estructuras que necesitan pasividad para sostenerse. La apatía social no es un fenómeno espontáneo; en muchos casos, es un resultado buscado.
Donde la novela golpea con más fuerza es en lo mediático. Saramago escribió esto en 2004, sin redes sociales ni algoritmos de personalización, y ya describía con precisión el mecanismo mediante el cual los Estados construyen versiones oficiales de la realidad para contrarrestar lo que la gente piensa. Hoy ese mecanismo es más veloz, más barato y mucho más difícil de rastrear. La represión dejó de necesitar uniformes; ahora llega como tendencia, como titular, como aquello que el algoritmo decide mostrar primero.
La pregunta que deja el libro no es si el poder reprime. Eso ya lo sabemos. La pregunta es por qué le aterra tanto que la gente piense. La respuesta es simple y tiene implicaciones serias: quien razona por su cuenta es impredecible, y lo impredecible no se gobierna con facilidad.
Esto no es solo literatura. Basta mirar cómo reacciona cualquier administración local cuando la ciudadanía empieza a cuestionar el nivel de los impuestos o la calidad de los servicios. La respuesta casi nunca consiste en abrir un espacio real de discusión técnica. Casi siempre es lo mismo: culpar al gobierno anterior, señalar a algún opositor como agitador o diluir el problema en factores externos que nadie puede controlar. No es incompetencia. Es una estrategia. Mientras la discusión gira en torno a los responsables del pasado, nadie tiene que responder por el presente.
Saramago no escribió una distopía de ciencia ficción. Escribió un diagnóstico. Y el problema que describe no es la inconformidad ciudadana —esa es sana, esa es necesaria—. El problema es que muchos sistemas de poder todavía no saben qué hacer cuando la gente decide pensar en voz alta, organizarse con argumentos y exigir respuestas concretas. Porque gestionar el consenso es fácil; gestionar una sociedad que pregunta, eso sí, cuesta.


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