Elegir por descarte

Elegir por descarte

Elegir por descarte

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

En Colombia hay dos transiciones en curso, una económica y otra política. Ninguna terminó, y eso es lo que está en juego. La económica apenas empieza a notarse. Según la revista Cambio, el empleo está creciendo en los servicios de las ciudades, el comercio, el transporte, la comida y la atención al público, más que en la industria o el campo.

El desempleo bajó al 8 % en mayo de 2026, la cifra más baja para ese mes desde que el DANE empezó a medirlo en 2001. El problema está en la calidad de esos puestos, porque más de la mitad de los trabajadores no tiene contrato, ni salud, ni pensión, ni certeza de cuánto va a ganar el mes entrante. El economista Dani Rodrik llamó a esto desindustrialización prematura, algo que pasa cuando un país se llena de estos oficios sin haber construido antes una industria fuerte. El resultado es más ocupación y menos seguridad.

La segunda transición es política, y ahí está lo importante. El error de quienes hoy la conducen es leerla como un punto final y no como un proceso, como si todo ya hubiera ocurrido. Pero el país no se parece a las dos fuerzas que ocuparon toda la campaña. Esos dos polos son las corrientes dominantes del momento, la que quiere profundizar el cambio y la que promete revertirlo, cada una convencida de que enfrente solo está la otra. Quien no se siente cómodo en ninguna queda por fuera del debate.

Los números lo muestran. Invamer preguntó en mayo de 2026 con cuál corriente política simpatizan los colombianos. El 18,5 % respondió que con el centro y otro 16,3 % que, con ninguna, casi 35 % que no se identificó con los dos bandos que se disputaban el poder. La Encuesta de Cultura Política del DANE, que es oficial, llega a miles de hogares y no indaga por candidatos sino por la posición de cada persona entre la izquierda y la derecha, sube esa cifra al 40,7 %. Los datos no se contradicen, porque miden cosas distintas. Uno recoge simpatías en plena campaña, cuando ya se sabe quién puede ganar. El otro capta algo más estable, que no depende de quién esté compitiendo. Estar en el medio, además, no es carecer de opiniones, sino tenerlas repartidas, coincidir con un lado en unos temas y con el otro en otros argumentos también importantes. Aun con el porcentaje más bajo, un tercio del electorado no cabía en la pelea que definió la elección.

Son votantes que no se identifican del todo con ninguna de las opciones grandes y que además no hacen ruido. Terminan marcando lo que les parece menos malo, sin sentir que ese candidato represente lo que piensan. Nadie coincide en todo con un programa de gobierno, y eso es normal. Lo que no es normal es que la distancia sea tan grande.

La segunda vuelta convierte esa distancia en un problema mayor. En Colombia, cuando ningún candidato pasa del 50 % en la primera ronda, tres semanas después se repite la elección y solo siguen los dos aspirantes con mayor votación. Conviene verlo con números sencillos. Si el primero obtiene 35 de cada 100 votos y el segundo 30, entre ambos no llegan a 65, y de todos modos el resto del país tiene que elegir entre ellos. Los demás participantes quedaron eliminados, y con ellos las ideas que representaban. Quien no se sentía cerca de ninguno de los finalistas llega al tarjetón con dos nombres que no puso él. Los examina, calcula cuál le parece más peligroso y marca al otro. Su marca se cuenta igual que la de un convencido, y ahí empieza la confusión, porque el ganador suma esos apoyos prestados y los presenta como adhesión a su programa.

Parte de la explicación está en el voto útil, que consiste en apoyar no al candidato preferido sino al que sí puede ganar. Si un tercio del electorado siente que quien mejor lo representa no tiene opción real, mueve su respaldo. A nadie le gusta la sensación de botar el voto. Y cuando eso ocurre en masa, los resultados dejan de mostrar lo que la gente quiere y empiezan a mostrar lo que la gente calcula.

La otra parte tiene que ver con los liderazgos que hay fuera de esos dos polos y con las organizaciones que deberían sostenerlos. Una candidatura que depende solo de la figura personal, sin una estructura detrás, no tiene quién la contradiga. Puede prometer cualquier cosa, decir lo que la gente quiere oír, cambiar de posición e incluso proponer medidas que no caben en la Constitución, porque nadie le recuerda los límites ni las ideas que decía defender. Avanza por donde cree que va el electorado. Con partidos débiles es muy difícil construir propuestas serias, y sin propuestas serias el centro no logra convocar a quienes dicen preferirlo.

Esto no pasa solo en Colombia. Pasa en democracias de todo el mundo, donde victorias que se anuncian como aplastantes se construyen con apoyos que buscaban frenar al contrario. Ese resultado es legítimo, porque las reglas se cumplieron y los votos se contaron. Pero legitimidad no es lo mismo que convicción, y confundir las dos cosas lleva a gobernar creyendo que existe un respaldo que nunca estuvo ahí.

Hay además una advertencia práctica. Quien vota por descarte es el más inconforme y el que va a exigir resultados con más dureza, porque no lo hizo convencido y no tiene razones para dar margen. Ese elector pedirá cuentas del programa de gobierno y del plan de desarrollo, punto por punto. Reconocer que la transición sigue abierta es el primer paso. El segundo es aceptar que hay una franja amplia de ciudadanos sin quién los represente. El tercero les toca a los partidos, que tienen que definir posiciones antes de la campaña y no durante ella, sostenerlas cuando no dan frutos inmediatos y formar líderes que le respondan a una organización y no a las encuestas. Sin eso, el centro será una mayoría en el papel que no se ve en las urnas, y los electores seguirán eligiendo por descarte

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La batalla cultural: la nueva arquitectura del poder en Colombia

La batalla cultural: la nueva arquitectura del poder en Colombia

La batalla cultural: la nueva arquitectura del poder en Colombia

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

La política también se construye desde las ideas, la cultura y las conversaciones cotidianas. Eduardo David Chalapud analiza cómo la llamada batalla cultural puede influir en el rumbo político y social de Colombia.

Durante mucho tiempo, muchas personas entendieron la política como un asunto reservado a cifras, instituciones y decisiones tomadas en escenarios oficiales. Se hablaba del precio del dólar, del presupuesto para las regiones, de las reformas discutidas en el Congreso y, especialmente, del conteo de votos el día de las elecciones. Sin embargo, la política también se manifiesta en la vida diaria. Está presente en las conversaciones familiares, en las redes sociales, en la forma de informarse y en las ideas que una sociedad comparte sobre lo correcto, lo justo y lo conveniente. Por eso, las elecciones pueden verse no solo como el inicio de un proceso, sino también como el resultado de una conversación más amplia que ocurre antes, en la cultura y en la vida cotidiana.

Esa conversación previa, que ocurre antes de las elecciones y atraviesa la vida cotidiana, es lo que hoy muchos llaman batalla cultural.

Aunque la expresión puede sonar fuerte, no se refiere necesariamente a una confrontación directa, sino a una disputa por las ideas que una sociedad termina aceptando como normales. Hace un siglo, el pensador italiano Antonio Gramsci planteó que el poder no se sostiene solo con leyes o instituciones, sino también con la capacidad de influir en la manera como las personas entienden el mundo. Con el tiempo, distintos sectores políticos interpretaron esa idea desde sus propias miradas y concluyeron que, para transformar la política de un país, primero es necesario influir en la cultura, en el lenguaje y en las conversaciones del día a día.

Desde esa mirada tomó fuerza una nueva corriente conservadora y libertaria, que combina la defensa de ciertos valores tradicionales con una visión favorable al libre mercado y a la libertad individual. En América Latina, autores y voceros como Agustín Laje y Axel Kaiser han insistido en que la política no se decide únicamente en los gobiernos o en los partidos, sino también en las universidades, los medios, el arte, la música, las redes sociales y las conversaciones cotidianas.

 De las conversaciones cotidianas al gobierno

Esa batalla cultural, que empieza en la forma como la gente conversa, se informa y entiende su vida diaria, ya no se queda solo en los libros ni en las redes sociales. En varios países se ha convertido en una fuerza política capaz de influir en elecciones, gobiernos y decisiones públicas. Donald Trump en Estados Unidos mostró el impacto de un lenguaje directo contra la corrección política. En Argentina, Javier Milei conectó con el malestar de muchos ciudadanos frente al Estado y convirtió ese descontento en un movimiento amplio, especialmente entre los jóvenes. En Europa, líderes como Viktor Orbán en Hungría y Giorgia Meloni en Italia han construido parte de su discurso alrededor de la defensa de la identidad nacional, la soberanía y ciertos valores tradicionales.

En Colombia, esa discusión también empieza a sentirse con más fuerza con la llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia. No se trata solo de un cambio de gobierno, sino de una señal de que muchas conversaciones que antes parecían limitarse a las redes sociales, a los pequeños grupos de opinión o a los debates académicos han llegado al centro de la vida pública. Por eso, la batalla cultural se relaciona directamente con la idea inicial de este texto. La política no nace únicamente en las urnas ni en los edificios del poder. También se forma en la manera como las personas hablan de seguridad, educación, familia, libertad, autoridad, economía y futuro del país.

Sus principales debates giran alrededor de temas cercanos para cualquier ciudadano. En seguridad, aparece la necesidad de orden, autoridad y respaldo institucional. En educación y cultura, se discute qué valores deben transmitirse en colegios, universidades, medios y espacios artísticos. En economía, se habla de libertad individual, emprendimiento, impuestos y tamaño del Estado. En política exterior, toma fuerza la preocupación por la soberanía nacional y por la forma como Colombia se relaciona con otros países y organismos internacionales. En comunicación, las redes sociales se han convertido en el escenario donde estas ideas circulan con mayor rapidez y llegan de manera directa al público general.

 La hora de la verdad para el país

La batalla cultural no debe entenderse como una invitación a dividir al país, sino como una oportunidad para comprender que las ideas también construyen poder. Sus principios fundamentales están en la defensa de unos valores, en la importancia del lenguaje, en la formación de la opinión pública, en la disputa por el sentido común y en la capacidad de llevar esas ideas a la educación, los medios, la familia, la economía y la vida cotidiana. Por eso, antes de convertirse en una propuesta de gobierno, toda visión de país necesita arraigarse en la cultura y ser comprendida por la gente común.

Colombia inicia una etapa en la que el debate público irá más allá de las leyes, los presupuestos o los nombres propios. La verdadera discusión estará en definir qué tipo de sociedad quiere ser, qué valores desea conservar, qué libertades considera esenciales y qué responsabilidades está dispuesta a asumir. Si esa conversación se da con respeto, claridad y sentido democrático, la batalla cultural puede convertirse en un camino para fortalecer la participación ciudadana y no en un motivo de ruptura. Al final, el país no solo se gobierna desde las instituciones. También se construye desde las palabras, las ideas y las decisiones diarias de sus ciudadanos.

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EL DÍA QUE LA TIERRA NOS HABLÓ

EL DÍA QUE LA TIERRA NOS HABLÓ

EL DÍA QUE LA TIERRA NOS HABLÓ

Por: Julio Ramón Jácome Benavides

El 10 de agosto de 2026 no fue un día cualquiera en Colombia. A las 7:34 de la mañana, cuando el país apenas comenzaba a despertar, la tierra decidió recordarnos quién manda. Un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, sacudió con furia los cimientos de la nación. Departamentos como Chocó y Valle del Cauca sintieron el golpe más fuerte, dejando tras de sí una huella de dolor, escombros y vidas que se apagaron en segundos.

El recién posesionado presidente, declaró la emergencia nacional, movilizar las ayudas posibles para rescatar a quienes aún podían estar bajo el concreto. Pero mientras las cámaras y la atención nacional se enfocaban en el centro y occidente del país, en el sur, en Nariño y particularmente en Ipiales, el eco de aquel temblor traía consigo una advertencia que no podemos seguir ignorando.

Para entender lo que nos pasó, y lo que nos puede volver a pasar, debemos hacer un viaje al pasado. No al de hace décadas, sino al que guarda la historia profunda de la tierra que pisamos. Y para eso, es obligatorio volver a un libro que, desde 1998, se convirtió en la brújula para entender nuestro territorio: el "Diagnóstico del Municipio de Ipiales en sus aspectos: físico-biótico, recursos naturales, socioeconómico y evolución del espacio".

Esta obra, de 285 páginas, fue liderada por un grupo de estudiosos nariñenses entre ellos este servidor con el apoyo investigativo de Marina del Carmen Romero, Ana del Rosario Garzón Bolaños, Carlos Chamorro y el investigador y docente recientemente fallecido Bernardo Arnulfo  Tobar.  Ha  sido  lectura  obligatoria  para  generaciones  de  docentes, estudiantes y planificadores del desarrollo, y hoy, ante el sismo que remeció al país, sus páginas cobran una vigencia que duele y alerta.

Imaginemos por un momento el sur de Colombia. Allí, donde la Cordillera de los Andes se divide en tres ramales, se levanta Ipiales, una ciudad forjada no solo en la fe y la cultura, sino en la geología más viva y cambiante del planeta.

El diagnóstico del municipio de Ipiales nos enseña que esta región fue, hace millones de años, un enorme lago atrapado entre montañas y barreras volcánicas. Los volcanes Azufral, Cumbal y Chiles, con sus erupciones y avalanchas de lodo, bloquearon los valles y crearon una inmensa represa natural que cubrió lo que hoy son Ipiales, Guachucal, Aldana y Túquerres.

Durante milenios, ese lago fue una trampa de sedimentos: cenizas, arcillas y arenas se fueron depositando en el fondo. Luego, el río Guáitara, con su fuerza implacable, ayudó a tallar la roca hasta excavar el cañón que hoy admiramos, drenando el lago y dejando expuesto ese fondo plano y liso donde hoy se asienta el casco urbano de Ipiales. Esa es la tierra que pisamos; un antiguo lecho lacustre, una memoria viva de erupciones y temblores.

Pero esa historia no terminó ahí. El Servicio Geológico Colombiano ha documentado que nuestro municipio está atravesado por ramales del sistema de fallas de Romeral, estructuras que controlan el relieve y que, sumadas a la geografía de cañones profundos, aumentan el riesgo de deslizamientos. Estamos sobre el Altiplano de Túquerres e Ipiales, a casi 3.000 metros de altura, con suelos dominados por cenizas volcánicas y flujos de lava de los complejos cercanos como el Cumbal y el Chiles.

Y no es todo. Los mapas de amenaza de la Corporación Autónoma de Nariño nos advierten que los corregimientos del occidente están en zonas de exclusión por riesgo de flujos piroclásticos y lahares, mientras que el casco urbano y gran parte del campo están expuestos a caídas de ceniza que, según los vientos, pueden afectar techos, el aire y el agua potable. Este es el territorio que habitamos. Conocerlo no es un lujo académico, es una necesidad vital.

El sismo del 10 de agosto debemos entenderlo no como un castigo, sino un recordatorio. Nos dice que vivimos en un territorio dinámico, donde la Placa de Nazca se desliza bajo la Sudamericana, liberando energía que, aunque invisible, es parte de nuestra realidad. No estamos solos. El vecino Ecuador, los volcanes Chiles, Cerro Negro y el Cumbal son testigos de esta misma historia tectónica. Quien haya vivido el terremoto de Tumaco en 1979, aquel devastador 8.1 que sacudió la costa y nos mostró el poder del mar y la tierra combinados, sabe que estos eventos no son leyendas, sino cicatrices vivas en nuestra memoria colectiva.

El Servicio Geológico lo ha dicho con claridad: donde ocurrió un sismo de gran magnitud, es muy probable que vuelva a ocurrir. No se trata de sembrar miedo, sino de crear conciencia. La naturaleza nos habla, y nosotros debemos aprender a escucharla y a prepararnos.

La geología de Ipiales, con sus suelos de origen lacustre y volcánico, nos presenta un desafío particular. Esos suelos tan fértiles, formados por la mezcla de cenizas y sedimentos, pueden ser especialmente vulnerables ante un movimiento fuerte. El fenómeno de la licuación, donde la tierra firme se comporta como un líquido, es una amenaza real que puede hacer que los cimientos de nuestras casas pierdan su soporte. También lo son los deslizamientos en laderas, que un temblor puede desencadenar con facilidad, sobre todo en épocas de lluvia. Al excavar en el casco urbano, es común encontrar arcillas blandas y niveles freáticos altos, lo que exige cimentaciones especiales.

Este conocimiento no es un papel guardado en un archivo. Es una herramienta para salvar vidas.

Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos realmente las rutas de evacuación de nuestra propia casa, de nuestra cuadra? ¿Cuántos tenemos un kit de emergencia en casa?

¿Cuántos hemos asegurado los muebles que podrían caerse y lastimarnos en medio del pánico? La respuesta, lamentablemente, es que todavía son muy pocos.

Y aquí no se trata de culpar a nadie, sino de construir juntos una cultura de la prevención. La Ley 1523 de 2012 creó el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, una herramienta poderosa que nos exige a todos, gobierno y ciudadanía, estar preparados. La ley no salva vidas por sí sola, pero los simulacros sí, la educación sí, la solidaridad sí.

Las autoridades, desde la UNGRD hasta nuestros gobernadores y alcaldes, tienen la obligación de planificar y ejecutar. Pero nosotros, como comunidad, tenemos el deber de exigir y de participar. Un simulacro no es una pérdida de tiempo, es un entrenamiento para el día en que la vida de alguien pueda depender de una decisión tomada en segundos. En ese entrenamiento, todos somos importantes, las autoridades locales, el padre de familia, el maestro, el líder comunal, los jóvenes, los estudiantes, el adulto mayor que merece ser cuidado con especial atención. La preparación local es la que realmente salva vidas. Y esa preparación comienza con el conocimiento de nuestro entorno, con la conciencia de que vivimos sobre un territorio que respira y se mueve.

Este 10 de agosto de 2026 debe ser de reflexión para Nariño y para Ipiales. No podemos olvidar el dolor de las familias que hoy lloran, y tampoco podemos ignorar la lección que ese movimiento telúrico nos deja. El llamado es a las autoridades para que, con base en el conocimiento que ya tenemos, ese que reposa en el Diagnóstico de 1998, en las planchas

447 y 447 Bis del Servicio Geológico, y en los mapas de amenaza, se implemente un verdadero Plan de Gestión del Riesgo, esto no será un lujo ni un gasto, es una inversión en la vida de los ipialeños y nariñenses. Planificar el uso del suelo, mantener despejadas las rutas de evacuación, instalar sistemas de alerta temprana y educar a la población son las formas de construir un futuro más seguro sobre la memoria viva de la tierra.

Pero la preparación técnica no es suficiente si no va acompañada de solidaridad. Ayudar a los niños, a los adultos mayores y a las personas con discapacidad no es solo un acto de bondad, es un acto de responsabilidad comunitaria. Una comunidad que se cuida entre sí es una comunidad que resiste.

Hoy, el reto es convertir nuestro conocimiento en acción. La tierra nos ha hablado con claridad este 10 de agosto de 2026. Está en nosotros entender su mensaje y estar preparados para lo que venga, porque lo que venga no es cuestión de azar, sino de historia y de ciencia. Cuidarnos y ayudar a quienes sufren calamidades naturales es el compromiso  que tenemos como sociedad. Hoy, más que nunca, debemos asumirlo con la certeza de que cada paso que damos hacia la preparación es un paso que honra la vida de quienes ya no están y protege la de quienes aún están por venir.

La tierra seguirá hablando, y nosotros, desde el sur, debemos aprender a escucharla con respeto, con inteligencia y con el corazón abierto a la solidaridad. Porque al final, lo que nos define no es el temblor que sacude el suelo, sino la firmeza con la que nos levantamos después de él, y la sabiduría con la que decidimos construir, día a día, un futuro más seguro para todos.

juliojacome505@gmail.com

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La Tercera Ipiales: acuerdos que deben convertirse en soluciones

La Tercera Ipiales: acuerdos que deben convertirse en soluciones

La Tercera Ipiales:

acuerdos que deben convertirse en soluciones

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

La idea de una tercera vía aparece cuando una comunidad entiende que los extremos no siempre ayudan a resolver los problemas de todos. En la historia política, la llamada Tercera España expresó la necesidad de buscar un punto de encuentro en medio de divisiones profundas, no para ignorar las diferencias, sino para abrir un espacio de diálogo, sensatez y convivencia.

Algo parecido puede decirse de la Tercera Colombia, una invitación a dejar de ver cada problema como una pelea entre bandos y empezar a construir acuerdos alrededor de lo que beneficia a la gente. Su importancia está en reconocer que un país, una región o una ciudad no avanzan cuando las decisiones se quedan atrapadas en discusiones que se repiten una y otra vez.

Desde esa mirada nace la Tercera Ipiales. Es una forma sencilla y responsable de pensar el municipio, reconocer lo que ya se ha conversado, aprovechar los consensos alcanzados y concentrar los esfuerzos en soluciones que puedan ejecutarse. No se trata de quedarse en la mitad ni de evitar posiciones, sino de poner por delante las necesidades reales de la población.

La Tercera Ipiales parte de una idea clara, los problemas del municipio no se resuelven alargando discusiones políticas, sino reuniendo conocimiento técnico, voluntad institucional y participación ciudadana. Por eso, su propósito es pasar del diagnóstico a la acción, de las buenas intenciones a los proyectos concretos y de las opiniones enfrentadas a decisiones bien sustentadas.

Preparación frente al fenómeno de El Niño

La necesidad de actuar se vuelve más clara ante la posibilidad de un fenómeno de El Niño significativo, señalado por instituciones climáticas. Si disminuye la disponibilidad de agua, Ipiales no puede esperar a que la dificultad sea mayor para empezar a prepararse. Desde la perspectiva de la Tercera Ipiales, esta preparación debe entenderse como una oportunidad para unir esfuerzos alrededor de tres propósitos comunes: reducir la contaminación de las fuentes hídricas, avanzar en una solución seria a la problemática del suministro y fortalecer la capacidad de las instituciones locales para agilizar compromisos, articular voluntades y dar curso efectivo a los proyectos que ya han sido presentados.

El valor de las posiciones técnicas independientes

Para lograrlo, es importante escuchar a profesionales que no actúan desde un bando, sino desde su conocimiento y experiencia. Ingenieros, ambientalistas, hidrólogos, académicos y técnicos locales pueden ayudar a ordenar la conversación, explicar lo que es viable y proponer caminos realistas para tomar mejores decisiones.

Escuchar estas voces no debilita a las instituciones; al contrario, puede fortalecerlas. Cuando una decisión pública se apoya en criterios técnicos y en la experiencia de quienes conocen el territorio, gana claridad y confianza. La Tercera Ipiales, en ese sentido, no busca abrir otra discusión, sino ayudar a organizarla para convertirla en acciones útiles para la comunidad.

Pocas situaciones exigen tanto este enfoque como el acceso al agua potable. Durante algunos años, el problema hídrico se ha movido entre el debate político y de la frustración ciudadana por los cortes del servicio. Mientras esa conversación se estanca, la infraestructura se deteriora, las pérdidas en la red aumentan y la presión sobre las fuentes de agua se intensifica.

La experiencia demuestra que los bienes comunes, como las cuencas y fuentes de agua, no se protegen solo con discursos. Se protegen cuando hay reglas claras, cooperación entre instituciones y comunidad, información confiable y decisiones que se puedan cumplir. Por eso, el conocimiento de los profesionales locales debe convertirse en proyectos viables, bien estructurados y listos para gestionar recursos.

Desde esta mirada, la solución no debe presentarse como una lista cerrada de medidas técnicas, sino como una forma distinta de organizar la conversación pública. La Tercera Ipiales puede aportar precisamente eso, reunir a las instituciones, a la ciudadanía y al talento humano del territorio para construir acuerdos que puedan sostenerse en el tiempo.

En este punto resulta útil recordar el pensamiento de Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía, quien estudió cómo las comunidades pueden cuidar mejor los bienes comunes cuando participan en la creación de reglas claras, adaptadas a su realidad y respaldadas por la cooperación de quienes usan y conocen el recurso. Su aporte permite entender que el agua no es solo un asunto de infraestructura o de gobierno, sino también de organización social, confianza, corresponsabilidad, gobernanza, creencia de las instituciones y conocimiento local.

Relacionada con la Tercera Ipiales, esta idea invita a aprovechar mejor la experiencia de profesionales, comunidades, instituciones, academia y sectores sociales que conocen el territorio y pueden contribuir sin necesidad de actuar desde un bando. No se trata de reemplazar a quienes toman decisiones, sino de enriquecerlas con voces diversas, experiencia acumulada y criterios que ayuden a disminuir la confrontación.

Así entendida, la Tercera Ipiales se acerca al espíritu de Ostrom: cuidar un bien común exige diálogo, reglas compartidas, participación responsable y capacidad de aprender de quienes viven el problema de cerca. Por eso, más que seguir acumulando diagnósticos o discusiones, Ipiales necesita convertir sus consensos en confianza, su talento humano en orientación y su experiencia colectiva en soluciones posibles para la gente.

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El 20 de julio: ¿independencia o transición?

El 20 de julio: ¿independencia o transición?

El 20 de julio: ¿independencia o transición?

Por: Jhon Jairo de la Cruz

En las instituciones educativas, los maestros enseñamos que el 20 de julio Colombia se independizó del dominio colonial del Reino de España; que un florero y un altercado fueron el detonante de la libertad; que éramos esclavos y logramos ser libres; y que los criollos lucharon por el pueblo. Sin embargo, si leemos y analizamos con mayor profundidad los fenómenos históricos, encontramos una realidad menos romántica y más objetiva: lo que realmente ocurrió en Colombia no fue una "independencia" plena, sino la transición del poder monárquico al poder burgués.

España se replegó hacia Europa. Entonces, ¿quién tomó el poder? ¿Los indígenas, los campesinos, los negros o los mestizos? La respuesta es clara: no. El poder pasó de las manos de los funcionarios reales, legítimamente españoles, a los criollos adinerados, es decir, españoles nacidos en América, hacendados, comerciantes y terratenientes que, aunque gozaban de poder económico, estaban excluidos del poder político por la Corona. Para consolidar el modelo de la burguesía europea, solo les faltaba controlar el gobierno y la administración del territorio. Así, el 20 de julio de 1810 marcaría el inicio del proyecto nacional burgués en Colombia.

Los criollos fundaron la República, pero conservaron muchas de las prácticas heredadas de la monarquía. Más que un cambio de estructura, hubo un cambio de nombre. Dejamos de tributar al rey para responder a una nueva élite. La tierra ya no pertenecía a la Corona, sino a un reducido grupo de propietarios. La estructura social continuó sustentándose en la desigualdad, con élites dominantes y sectores subordinados, entre ellos esclavos, encomendados y campesinos, quienes ahora, simplemente, eran llamados ciudadanos colombianos.

La dependencia económica tampoco cambió de rumbo. Se mantuvo un sistema basado en la explotación de los recursos naturales; solo cambió el beneficiario. La riqueza dejó de dirigirse principalmente hacia España para favorecer, en buena medida, los intereses ingleses y, posteriormente, norteamericanos, fortaleciendo una nueva forma de dependencia. Mientras tanto, las relaciones de carácter feudal continuaban predominando en amplias regiones de la nueva nación.

La política y la democracia fueron apenas destellos de una libertad para elegir y ser elegidos. Aunque figuras como Simón Bolívar impulsaron proyectos de independencia política y social mediante ejércitos y movimientos populares, la burguesía criolla terminó, según esta interpretación, por obstaculizar, traicionar y desmantelar buena parte de ese proyecto.

Por lo tanto, desde 1810, la independencia ha transitado por dos caminos. El primero, el de un país burgués y oligárquico que ha defendido históricamente un modelo basado en la concentración de la tierra, del poder y de la riqueza, así como en la exclusión y la represión. El segundo, el de ese otro país conformado por mestizos, indígenas y afrodescendientes, históricamente sometidos a la pobreza, la falta de acceso a la tierra, las limitadas oportunidades educativas y la permanente aspiración de ascender socialmente, aunque sea para convertirse en un pequeño burgués colombiano.

jhonjairodelacruz1988@gmail.com 

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El Futuro que ya tocó la puerta

El Futuro que ya tocó la puerta

EL FUTURO QUE YA TOCÓ LA PUERTA

Señales de una revolución tecnológica que no podemos ignorar

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

La inteligencia artificial, la hiperconectividad, la automatización y los avances en salud, educación y trabajo ya están transformando la vida cotidiana. En esta columna, David Chalapud Narváez analiza las principales tendencias tecnológicas que marcarán los próximos años y plantea una reflexión sobre cómo prepararnos para un futuro que ya comenzó. Más que un llamado al temor, es una invitación a comprender los cambios, anticiparnos a ellos y construir una sociedad más informada, equitativa y humana.

Vivimos un momento extraño. Sabemos, a veces por instinto, que el mundo cambia mucho más rápido que nunca. Escuchamos hablar de inteligencia artificial, big data, metaverso o nanomedicina, y sentimos vértigo. La pregunta que ronda el ambiente es casi siempre la misma y la formulan muchas personas: ¿hacia dónde va todo esto y qué va a pasar con nosotros?

La incertidumbre no es una moda pasajera; la comparten gobiernos, empresas, universidades y la sociedad, que sienten que la tecnología avanza más rápido que su capacidad para comprenderla. Uno de los ejercicios de anticipación más completos publicados recientemente sobre este tema es el informe Tendencias Globales: Hiperconectividad digital, inteligencia artificial y transformación tecnológica, elaborado por el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico del Perú (Ceplan), que identifica y analiza dieciséis grandes tendencias tecnológicas que ya están redibujando la manera en que trabajamos, aprendemos, cuidamos nuestra salud y nos relacionamos.

No pretendo generar temor ni someterme al juicio de la ciencia ficción. Todo lo contrario. Estoy convencido de que la mejor manera de enfrentar la incertidumbre del futuro no es negarla ni paralizarnos frente a ella, sino nombrarla, entenderla y prepararnos. Con ese propósito utilizaré este informe para exponer algunas tendencias que ya se están consolidando y que debemos tener presentes para mejorar nuestra calidad de vida.

1. Cuando el cuerpo se conecta a internet

Si podemos conectar automóviles y electrodomésticos a internet, ¿por qué no los signos vitales de una persona? De esa idea nació el Internet de las Cosas Médicas: relojes que miden el pulso, sensores que detectan una arritmia y hospitales que monitorean pacientes a distancia. Es un mercado que podría multiplicarse por siete en una década.

De la mano llega la medicina preventiva y personalizada, que despegó con el desciframiento del genoma humano y hoy utiliza inteligencia artificial para anticipar enfermedades incluso antes de que aparezcan los primeros síntomas.

También crece el desarrollo de implantes y prótesis mediante bioimpresión 3D, una tecnología derivada de la impresión tridimensional convencional que hoy permite fabricar tejidos compatibles con cada paciente y que ya ha participado en miles de procedimientos médicos.

Todo ello se complementa con un mayor acceso a los servicios de salud mediante tecnologías digitales y culmina con el avance de la nanomedicina aplicada al tratamiento de enfermedades transmisibles. Esta disciplina, basada en la manipulación de la materia a escala atómica, ha dado origen a nanopartículas capaces de transportar medicamentos directamente hasta las células, con un enorme potencial para combatir enfermedades como la malaria, la tuberculosis o el VIH.

2. El cerebro artificial del planeta

Las supercomputadoras llevan décadas pronosticando el clima. La diferencia es que hoy entrenan modelos de inteligencia artificial y su capacidad de procesamiento se ha multiplicado casi veinte veces durante la última década, aunque con un costo energético que tampoco podemos ignorar.

Ese poder de cómputo necesita datos. De ahí surge la expansión del big data y el small data: el primero analiza enormes volúmenes de información; el segundo apuesta por conjuntos más pequeños, pero cuidadosamente seleccionados e interpretados.

Ambos alimentan la tendencia tecnológica más comentada de todas: el creciente uso de la inteligencia artificial. Nacida como concepto en una conferencia académica de 1956, atravesó décadas de promesas incumplidas hasta que el aprendizaje profundo y la inteligencia artificial generativa la llevaron a superar a los seres humanos en tareas específicas. Su impacto económico podría sobrepasar los quince billones de dólares hacia 2030.

3. Una vida cada vez más «en la nube»

La expansión de los medios digitales y de los modelos de negocio basados en servicios —es decir, pagar por el acceso en lugar de adquirir un producto— comenzó con el comercio electrónico de los años noventa y con empresas que, como Netflix, entendieron que el futuro estaba en la suscripción.

Todo ello funciona gracias al crecimiento de la conectividad digital y del Internet de las Cosas, que integrará miles de millones de sensores antes de que termine esta década.

Finalmente, todo converge en la transformación digital de las actividades humanas. La primera red social nació en 1997 y hoy aquella semilla se ha convertido en un ecosistema de más de cinco mil millones de usuarios que ya no solo se conectan, sino que viven, trabajan y consumen a través de plataformas digitales.

4. El lado oscuro de la hiperconexión

Con el crecimiento de la conectividad también aumentan los riesgos en el ciberespacio. Desde que existe internet también existen quienes lo utilizan para causar daño. Entre 2008 y 2023, los incidentes cibernéticos con fines políticos se multiplicaron por veinticinco, y el costo mundial del cibercrimen podría superar los trece billones de dólares hacia 2030.

Cada avance tecnológico —más dispositivos médicos conectados, más datos y más inteligencia artificial— incrementa igualmente los riesgos. Por eso es indispensable hablar de estos temas con seriedad, responsabilidad y sin ingenuidad.

5. Puentes entre el ser humano y la máquina

Las interfaces hombre-máquina —pantallas, gestos, comandos de voz y otras formas de interacción— evolucionan desde los primeros computadores gráficos de los años setenta y hoy avanzan hacia la posibilidad de controlar dispositivos mediante el pensamiento.

Paralelamente, la realidad virtual, cuyos primeros prototipos aparecieron en la década de 1960, continúa expandiéndose. Incluso el término «metaverso» fue acuñado en una novela publicada en 1992, mucho antes de que existiera la tecnología necesaria para hacerlo posible.

Hoy estas herramientas ya permiten probar ropa virtualmente, entrenar personal, enseñar anatomía o recrear entornos industriales completos.

6. El futuro del aprendizaje y del trabajo

El acceso a la educación mediante tecnologías digitales existía antes de la pandemia, pero fue esta la que obligó al mundo a comprobar que era posible aprender fuera del aula.

Mientras tanto, el acceso global a internet pasó del 15 % de la población mundial en 2005 a más del 67 % en 2024, aunque todavía persisten profundas brechas entre países y generaciones.

Al mismo tiempo avanza la transformación tecnológica de los procesos productivos mediante robots, automatización e hiperautomatización. Como ocurrió en cada revolución industrial desde la invención de la máquina de vapor, muchas tareas desaparecerán mientras surgirán otras nuevas. Las proyecciones hablan de 97 millones de nuevos empleos frente a 85 millones que serán transformados o eliminados.

El desafío no consiste en detener el cambio, sino en acompañarlo mediante políticas de formación permanente en las que participen el Estado, la academia, la empresa privada y la sociedad civil.

¿Cómo enfrentamos toda esta incertidumbre?

La tecnología ya no es asunto de especialistas encerrados en un laboratorio; hoy forma parte del aire que respiramos todos los días.

Frente a una transformación de esta magnitud, la peor estrategia es el miedo paralizante; la mejor es la anticipación. Eso significa alfabetizarnos digitalmente, sin necesidad de ser ingenieros, para tomar decisiones informadas sobre nuestra propia vida.

Significa exigir a gobiernos, universidades y empresas reglas claras en materia de gobernanza, ética y ciberseguridad, de manera que el progreso no sea un privilegio de unos pocos ni un riesgo para todos.

También significa invertir en formación continua, porque el trabajo del futuro premiará mucho más la capacidad de adaptarse que la simple memorización.

El mundo entero comparte hoy esta misma inquietud frente a las tendencias y megatendencias tecnológicas. Escribir esta columna constituye, en el fondo, un ejercicio de esa anticipación que tanto necesitamos: nombrar lo que viene para perderle el miedo, comprenderlo para no quedar a su merced y prepararnos para que esta revolución tecnológica encuentre sociedades más informadas, más equitativas y, sobre todo, más humanas.

ecpdavid@gmail.com j

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