EL DÍA QUE LA TIERRA NOS HABLÓ
Por: Julio Ramón Jácome Benavides
El 10 de agosto de 2026 no fue un día cualquiera en Colombia. A las 7:34 de la mañana, cuando el país apenas comenzaba a despertar, la tierra decidió recordarnos quién manda. Un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, sacudió con furia los cimientos de la nación. Departamentos como Chocó y Valle del Cauca sintieron el golpe más fuerte, dejando tras de sí una huella de dolor, escombros y vidas que se apagaron en segundos.
El recién posesionado presidente, declaró la emergencia nacional, movilizar las ayudas posibles para rescatar a quienes aún podían estar bajo el concreto. Pero mientras las cámaras y la atención nacional se enfocaban en el centro y occidente del país, en el sur, en Nariño y particularmente en Ipiales, el eco de aquel temblor traía consigo una advertencia que no podemos seguir ignorando.
Para entender lo que nos pasó, y lo que nos puede volver a pasar, debemos hacer un viaje al pasado. No al de hace décadas, sino al que guarda la historia profunda de la tierra que pisamos. Y para eso, es obligatorio volver a un libro que, desde 1998, se convirtió en la brújula para entender nuestro territorio: el “Diagnóstico del Municipio de Ipiales en sus aspectos: físico-biótico, recursos naturales, socioeconómico y evolución del espacio”.
Esta obra, de 285 páginas, fue liderada por un grupo de estudiosos nariñenses entre ellos este servidor con el apoyo investigativo de Marina del Carmen Romero, Ana del Rosario Garzón Bolaños, Carlos Chamorro y el investigador y docente recientemente fallecido Bernardo Arnulfo Tobar. Ha sido lectura obligatoria para generaciones de docentes, estudiantes y planificadores del desarrollo, y hoy, ante el sismo que remeció al país, sus páginas cobran una vigencia que duele y alerta.
Imaginemos por un momento el sur de Colombia. Allí, donde la Cordillera de los Andes se divide en tres ramales, se levanta Ipiales, una ciudad forjada no solo en la fe y la cultura, sino en la geología más viva y cambiante del planeta. El diagnóstico del municipio de Ipiales nos enseña que esta región fue, hace millones de años, un enorme lago atrapado entre montañas y barreras volcánicas. Los volcanes Azufral, Cumbal y Chiles, con sus erupciones y avalanchas de lodo, bloquearon los valles y crearon una inmensa represa natural que cubrió lo que hoy son Ipiales, Guachucal, Aldana y Túquerres.
Durante milenios, ese lago fue una trampa de sedimentos: cenizas, arcillas y arenas se fueron depositando en el fondo. Luego, el río Guáitara, con su fuerza implacable, ayudó a tallar la roca hasta excavar el cañón que hoy admiramos, drenando el lago y dejando expuesto ese fondo plano y liso donde hoy se asienta el casco urbano de Ipiales. Esa es la tierra que pisamos; un antiguo lecho lacustre, una memoria viva de erupciones y temblores.
Pero esa historia no terminó ahí. El Servicio Geológico Colombiano ha documentado que nuestro municipio está atravesado por ramales del sistema de fallas de Romeral, estructuras que controlan el relieve y que, sumadas a la geografía de cañones profundos, aumentan el riesgo de deslizamientos. Estamos sobre el Altiplano de Túquerres e Ipiales, a casi 3.000 metros de altura, con suelos dominados por cenizas volcánicas y flujos de lava de los complejos cercanos como el Cumbal y el Chiles.
Y no es todo. Los mapas de amenaza de la Corporación Autónoma de Nariño nos advierten que los corregimientos del occidente están en zonas de exclusión por riesgo de flujos piroclásticos y lahares, mientras que el casco urbano y gran parte del campo están expuestos a caídas de ceniza que, según los vientos, pueden afectar techos, el aire y el agua potable. Este es el territorio que habitamos. Conocerlo no es un lujo académico, es una necesidad vital.
El sismo del 10 de agosto debemos entenderlo no como un castigo, sino un recordatorio. Nos dice que vivimos en un territorio dinámico, donde la Placa de Nazca se desliza bajo la Sudamericana, liberando energía que, aunque invisible, es parte de nuestra realidad. No estamos solos. El vecino Ecuador, los volcanes Chiles, Cerro Negro y el Cumbal son testigos de esta misma historia tectónica. Quien haya vivido el terremoto de Tumaco en 1979, aquel devastador 8.1 que sacudió la costa y nos mostró el poder del mar y la tierra combinados, sabe que estos eventos no son leyendas, sino cicatrices vivas en nuestra memoria colectiva.
El Servicio Geológico lo ha dicho con claridad: donde ocurrió un sismo de gran magnitud, es muy probable que vuelva a ocurrir. No se trata de sembrar miedo, sino de crear conciencia. La naturaleza nos habla, y nosotros debemos aprender a escucharla y a prepararnos.
La geología de Ipiales, con sus suelos de origen lacustre y volcánico, nos presenta un desafío particular. Esos suelos tan fértiles, formados por la mezcla de cenizas y sedimentos, pueden ser especialmente vulnerables ante un movimiento fuerte. El fenómeno de la licuación, donde la tierra firme se comporta como un líquido, es una amenaza real que puede hacer que los cimientos de nuestras casas pierdan su soporte. También lo son los deslizamientos en laderas, que un temblor puede desencadenar con facilidad, sobre todo en épocas de lluvia. Al excavar en el casco urbano, es común encontrar arcillas blandas y niveles freáticos altos, lo que exige cimentaciones especiales.
Este conocimiento no es un papel guardado en un archivo. Es una herramienta para salvar vidas.
Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos realmente las rutas de evacuación de nuestra propia casa, de nuestra cuadra? ¿Cuántos tenemos un kit de emergencia en casa?
¿Cuántos hemos asegurado los muebles que podrían caerse y lastimarnos en medio del pánico? La respuesta, lamentablemente, es que todavía son muy pocos.
Y aquí no se trata de culpar a nadie, sino de construir juntos una cultura de la prevención. La Ley 1523 de 2012 creó el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, una herramienta poderosa que nos exige a todos, gobierno y ciudadanía, estar preparados. La ley no salva vidas por sí sola, pero los simulacros sí, la educación sí, la solidaridad sí.
Las autoridades, desde la UNGRD hasta nuestros gobernadores y alcaldes, tienen la obligación de planificar y ejecutar. Pero nosotros, como comunidad, tenemos el deber de exigir y de participar. Un simulacro no es una pérdida de tiempo, es un entrenamiento para el día en que la vida de alguien pueda depender de una decisión tomada en segundos. En ese entrenamiento, todos somos importantes, las autoridades locales, el padre de familia, el maestro, el líder comunal, los jóvenes, los estudiantes, el adulto mayor que merece ser cuidado con especial atención. La preparación local es la que realmente salva vidas. Y esa preparación comienza con el conocimiento de nuestro entorno, con la conciencia de que vivimos sobre un territorio que respira y se mueve.
Este 10 de agosto de 2026 debe ser de reflexión para Nariño y para Ipiales. No podemos olvidar el dolor de las familias que hoy lloran, y tampoco podemos ignorar la lección que ese movimiento telúrico nos deja. El llamado es a las autoridades para que, con base en el conocimiento que ya tenemos, ese que reposa en el Diagnóstico de 1998, en las planchas
447 y 447 Bis del Servicio Geológico, y en los mapas de amenaza, se implemente un verdadero Plan de Gestión del Riesgo, esto no será un lujo ni un gasto, es una inversión en la vida de los ipialeños y nariñenses. Planificar el uso del suelo, mantener despejadas las rutas de evacuación, instalar sistemas de alerta temprana y educar a la población son las formas de construir un futuro más seguro sobre la memoria viva de la tierra.
Pero la preparación técnica no es suficiente si no va acompañada de solidaridad. Ayudar a los niños, a los adultos mayores y a las personas con discapacidad no es solo un acto de bondad, es un acto de responsabilidad comunitaria. Una comunidad que se cuida entre sí es una comunidad que resiste.
Hoy, el reto es convertir nuestro conocimiento en acción. La tierra nos ha hablado con claridad este 10 de agosto de 2026. Está en nosotros entender su mensaje y estar preparados para lo que venga, porque lo que venga no es cuestión de azar, sino de historia y de ciencia. Cuidarnos y ayudar a quienes sufren calamidades naturales es el compromiso que tenemos como sociedad. Hoy, más que nunca, debemos asumirlo con la certeza de que cada paso que damos hacia la preparación es un paso que honra la vida de quienes ya no están y protege la de quienes aún están por venir.
La tierra seguirá hablando, y nosotros, desde el sur, debemos aprender a escucharla con respeto, con inteligencia y con el corazón abierto a la solidaridad. Porque al final, lo que nos define no es el temblor que sacude el suelo, sino la firmeza con la que nos levantamos después de él, y la sabiduría con la que decidimos construir, día a día, un futuro más seguro para todos.


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