El Diego

Por : Luis Alfonso Cabrera

Fue conflictivo, no le gustaban las cosas y las decía, se enfrentó al presidente del futbol argentino Grondona, se enfrentó al entonces dueño de la FIFA, el todopoderoso Joao Havelange; le ganó al Milán de Silvio Berlusconi, se enfrentó al poder y a los poderosos, fue amigo de Fidel y Chávez, lo persiguieron, lo sancionaron, “me cortaron las piernas” repetiría el Diego en varias oportunidades.

El 2020 un año de grandes pérdidas, a las que se suman dos más, y las dos son argentinas, pero que las lloramos como propias, que las llevamos en el corazón porque nos acompañaron toda nuestra infancia y juventud, porque son personajes que superan los límites del tiempo, las fronteras, las nacionalidades, las ideologías, que se hicieron querer por su talento, por su pasión por la vida, no por la vida como es sino como debería ser. Se nos fue primero Quino y ahora nos deja el Diego

El Diego es especial. Era un “cabecita negra”, como les dicen en el Sur a los criollos, a esa gente de la barriada, sin apellidos distinguidos, con sangre de la tierra, trigueños como nosotros, sin estudios superiores, no, el Diego era pobre, creció pateando una pelota desinflada en la calle y los potreros, una pelota que le regalo un tío y con la que dormía todas las noches desde los dos años de edad, crecería con la rabia de los arrabales, de los tangos de cafetín, pero también con la ambición de demostrar que podía tomarse el mundo entero con su propio talento.

El Diego nació un 30 de octubre de 1960, en Villa Fiorito, al sur de Buenos Aires, fue el quinto de ocho hijos, sus padres, Diego y Dalma, a la que el Diego siempre la llamo cariñosamente “Tota”. Desde sus primeros años jugó en los potreros un juego agresivo, ofensivo, frentero, comenzó con Los Cebollitas, la división inferior de Argentinos Juniors. A los 10 años ya figuraba en los periódicos como “el pibe con porte de crack”, salía en la televisión haciendo malabares con el balón.

Juega en la primera división argentina a los 16 años, llegando a ser el único jugador con el récord goleador en cinco oportunidades. Luego sería campeón mundial juvenil en Tokio 1979 y elegido como el mejor jugador del torneo.

Le llegaron propuestas de varios equipos, entre ellos el América de Cali, en su época de gloria. El River le ofreció la mejor paga, pero su corazón estaba con el Boca, aunque le pagara menos.

Pasaría al Barcelona, con muchos conflictos, con fracturas, peleas en la cancha, fiestas y sanciones, lo que le llevaría a aceptar la transferencia al Nápoles de Italia, vendrían los mundiales, y así como Pele tuvo su México 70, el Diego tuvo su México 86. Como capitán de la selección se echó el equipo al hombro y con el dolor del argentino humillado en la guerra de las Malvinas, tomo venganza contra Inglaterra con dos golazos que pasaron a la historia, que goleparon al imperio británico como dos bombas: “el gol del siglo” y “el gol de la mano de Dios” .

Fue conflictivo, no le gustaban las cosas y las decía, se enfrentó al presidente del futbol argentino Grondona, se enfrentó al entonces dueño de la FIFA, el todopoderoso Joao Havelange; le ganó al Milán de Silvio Berlusconi, se enfrentó al poder y a los poderosos, fue amigo de Fidel y Chávez, lo persiguieron, lo sancionaron, “me cortaron las piernas” repetiría el Diego en varias oportunidades.

Hoy Argentina y el mundo deportivo lloran a su héroe de barriada, a su pibe de la 10, al ‘cabecita negra’ que hizo feliz a un pueblo como no lo podrá hacer nadie más, que hizo sentir la camiseta que muchas veces es la bandera nacional, el orgullo de una identidad, que no lo podrán hacer nunca ni los políticos ni los empresarios.

El Diego no solo era hábil con la pelota, era un corazón apasionado, que creció con el pueblo, con sus problemas y sus derrotas diarias, pero que se entregó a su trabajo dando lo mejor, y que mejor trabajo que llevar alegría al mundo. 

¡Gracias Diego!

luisalfonsocabrera@yahoo.es

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