EL FUTURO QUE YA TOCÓ LA PUERTA
Señales de una revolución tecnológica que no podemos ignorar
Por : Eduardo David Chalapud Narváez
La inteligencia artificial, la hiperconectividad, la automatización y los avances en salud, educación y trabajo ya están transformando la vida cotidiana. En esta columna, David Chalapud Narváez analiza las principales tendencias tecnológicas que marcarán los próximos años y plantea una reflexión sobre cómo prepararnos para un futuro que ya comenzó. Más que un llamado al temor, es una invitación a comprender los cambios, anticiparnos a ellos y construir una sociedad más informada, equitativa y humana.
Vivimos un momento extraño. Sabemos, a veces por instinto, que el mundo cambia mucho más rápido que nunca. Escuchamos hablar de inteligencia artificial, big data, metaverso o nanomedicina, y sentimos vértigo. La pregunta que ronda el ambiente es casi siempre la misma y la formulan muchas personas: ¿hacia dónde va todo esto y qué va a pasar con nosotros?
La incertidumbre no es una moda pasajera; la comparten gobiernos, empresas, universidades y la sociedad, que sienten que la tecnología avanza más rápido que su capacidad para comprenderla. Uno de los ejercicios de anticipación más completos publicados recientemente sobre este tema es el informe Tendencias Globales: Hiperconectividad digital, inteligencia artificial y transformación tecnológica, elaborado por el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico del Perú (Ceplan), que identifica y analiza dieciséis grandes tendencias tecnológicas que ya están redibujando la manera en que trabajamos, aprendemos, cuidamos nuestra salud y nos relacionamos.
No pretendo generar temor ni someterme al juicio de la ciencia ficción. Todo lo contrario. Estoy convencido de que la mejor manera de enfrentar la incertidumbre del futuro no es negarla ni paralizarnos frente a ella, sino nombrarla, entenderla y prepararnos. Con ese propósito utilizaré este informe para exponer algunas tendencias que ya se están consolidando y que debemos tener presentes para mejorar nuestra calidad de vida.
1. Cuando el cuerpo se conecta a internet
Si podemos conectar automóviles y electrodomésticos a internet, ¿por qué no los signos vitales de una persona? De esa idea nació el Internet de las Cosas Médicas: relojes que miden el pulso, sensores que detectan una arritmia y hospitales que monitorean pacientes a distancia. Es un mercado que podría multiplicarse por siete en una década.
De la mano llega la medicina preventiva y personalizada, que despegó con el desciframiento del genoma humano y hoy utiliza inteligencia artificial para anticipar enfermedades incluso antes de que aparezcan los primeros síntomas.
También crece el desarrollo de implantes y prótesis mediante bioimpresión 3D, una tecnología derivada de la impresión tridimensional convencional que hoy permite fabricar tejidos compatibles con cada paciente y que ya ha participado en miles de procedimientos médicos.
Todo ello se complementa con un mayor acceso a los servicios de salud mediante tecnologías digitales y culmina con el avance de la nanomedicina aplicada al tratamiento de enfermedades transmisibles. Esta disciplina, basada en la manipulación de la materia a escala atómica, ha dado origen a nanopartículas capaces de transportar medicamentos directamente hasta las células, con un enorme potencial para combatir enfermedades como la malaria, la tuberculosis o el VIH.
2. El cerebro artificial del planeta
Las supercomputadoras llevan décadas pronosticando el clima. La diferencia es que hoy entrenan modelos de inteligencia artificial y su capacidad de procesamiento se ha multiplicado casi veinte veces durante la última década, aunque con un costo energético que tampoco podemos ignorar.
Ese poder de cómputo necesita datos. De ahí surge la expansión del big data y el small data: el primero analiza enormes volúmenes de información; el segundo apuesta por conjuntos más pequeños, pero cuidadosamente seleccionados e interpretados.
Ambos alimentan la tendencia tecnológica más comentada de todas: el creciente uso de la inteligencia artificial. Nacida como concepto en una conferencia académica de 1956, atravesó décadas de promesas incumplidas hasta que el aprendizaje profundo y la inteligencia artificial generativa la llevaron a superar a los seres humanos en tareas específicas. Su impacto económico podría sobrepasar los quince billones de dólares hacia 2030.
3. Una vida cada vez más «en la nube»
La expansión de los medios digitales y de los modelos de negocio basados en servicios —es decir, pagar por el acceso en lugar de adquirir un producto— comenzó con el comercio electrónico de los años noventa y con empresas que, como Netflix, entendieron que el futuro estaba en la suscripción.
Todo ello funciona gracias al crecimiento de la conectividad digital y del Internet de las Cosas, que integrará miles de millones de sensores antes de que termine esta década.
Finalmente, todo converge en la transformación digital de las actividades humanas. La primera red social nació en 1997 y hoy aquella semilla se ha convertido en un ecosistema de más de cinco mil millones de usuarios que ya no solo se conectan, sino que viven, trabajan y consumen a través de plataformas digitales.
4. El lado oscuro de la hiperconexión
Con el crecimiento de la conectividad también aumentan los riesgos en el ciberespacio. Desde que existe internet también existen quienes lo utilizan para causar daño. Entre 2008 y 2023, los incidentes cibernéticos con fines políticos se multiplicaron por veinticinco, y el costo mundial del cibercrimen podría superar los trece billones de dólares hacia 2030.
Cada avance tecnológico —más dispositivos médicos conectados, más datos y más inteligencia artificial— incrementa igualmente los riesgos. Por eso es indispensable hablar de estos temas con seriedad, responsabilidad y sin ingenuidad.
5. Puentes entre el ser humano y la máquina
Las interfaces hombre-máquina —pantallas, gestos, comandos de voz y otras formas de interacción— evolucionan desde los primeros computadores gráficos de los años setenta y hoy avanzan hacia la posibilidad de controlar dispositivos mediante el pensamiento.
Paralelamente, la realidad virtual, cuyos primeros prototipos aparecieron en la década de 1960, continúa expandiéndose. Incluso el término «metaverso» fue acuñado en una novela publicada en 1992, mucho antes de que existiera la tecnología necesaria para hacerlo posible.
Hoy estas herramientas ya permiten probar ropa virtualmente, entrenar personal, enseñar anatomía o recrear entornos industriales completos.
6. El futuro del aprendizaje y del trabajo
El acceso a la educación mediante tecnologías digitales existía antes de la pandemia, pero fue esta la que obligó al mundo a comprobar que era posible aprender fuera del aula.
Mientras tanto, el acceso global a internet pasó del 15 % de la población mundial en 2005 a más del 67 % en 2024, aunque todavía persisten profundas brechas entre países y generaciones.
Al mismo tiempo avanza la transformación tecnológica de los procesos productivos mediante robots, automatización e hiperautomatización. Como ocurrió en cada revolución industrial desde la invención de la máquina de vapor, muchas tareas desaparecerán mientras surgirán otras nuevas. Las proyecciones hablan de 97 millones de nuevos empleos frente a 85 millones que serán transformados o eliminados.
El desafío no consiste en detener el cambio, sino en acompañarlo mediante políticas de formación permanente en las que participen el Estado, la academia, la empresa privada y la sociedad civil.
¿Cómo enfrentamos toda esta incertidumbre?
La tecnología ya no es asunto de especialistas encerrados en un laboratorio; hoy forma parte del aire que respiramos todos los días.
Frente a una transformación de esta magnitud, la peor estrategia es el miedo paralizante; la mejor es la anticipación. Eso significa alfabetizarnos digitalmente, sin necesidad de ser ingenieros, para tomar decisiones informadas sobre nuestra propia vida.
Significa exigir a gobiernos, universidades y empresas reglas claras en materia de gobernanza, ética y ciberseguridad, de manera que el progreso no sea un privilegio de unos pocos ni un riesgo para todos.
También significa invertir en formación continua, porque el trabajo del futuro premiará mucho más la capacidad de adaptarse que la simple memorización.
El mundo entero comparte hoy esta misma inquietud frente a las tendencias y megatendencias tecnológicas. Escribir esta columna constituye, en el fondo, un ejercicio de esa anticipación que tanto necesitamos: nombrar lo que viene para perderle el miedo, comprenderlo para no quedar a su merced y prepararnos para que esta revolución tecnológica encuentre sociedades más informadas, más equitativas y, sobre todo, más humanas.


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