El carnaval es, quizá, la expresión artística y cultural más genuina que puede existir: nace del pueblo y para el pueblo. No es un producto institucional, ni un diseño de escritorio, ni una estrategia administrativa. Es un hecho colectivo. Ipiales no es la excepción: su tradición carnavalera surgió del impulso de familias, clubes y barrios que encontraron en la fiesta una forma de afirmación comunitaria.
Entre esos territorios fundacionales destaca uno: El Gólgota, considerado por muchos ipialeños como el verdadero origen del juego, del disfraz y de la comparsa. Allí convivieron familias como Revelo, Garzón, Yépez, Tena, Coral, Solís, Cabrera, Mera, entre otros, protagonistas silenciosos de la temprana historia festiva de la ciudad.
Sin embargo, a pesar de haber originado el Carnavalito y gran parte de la memoria lúdica del municipio, este barrio hoy enfrenta el riesgo de ser relegado por la institucionalización del Carnaval Multicolor de la Frontera y por la pérdida de autonomía de su propia Junta de Acción Comunal.
La historia del nombre “El Gólgota” no está documentada oficialmente. Sin embargo, la versión que se conserva gracias al profesor Jaime Yépez Ponce señala que, durante las representaciones de Semana Santa, la parroquia asignaba a cada barrio un paso del Viacrucis. A este sector le correspondió el pasaje bíblico de Jesús en el Gólgota, nombre que desde entonces quedó asociado al territorio.
El barrio también fue decisivo en la vida pública de la ciudad. Desde sus calles surgieron líderes del movimiento cívico como Justiniano Revelo y Miguel Garzón Arteaga, integrantes del Comité Cívico Pro Reivindicación de los Derechos Sociales, protagonistas del histórico movimiento del 69. Esa vocación cívica, rebelde y profundamente comunitaria allanó el camino para que años después naciera el Carnavalito.
El Carnavalito fue concebido en 1978 por el denominado Comité pro Carnaval del Barrio El Gólgota, integrado por vecinos como Gilberto Coral, Libarlo Revelo, Héctor Ojeda Santacruz, Justiniano Revelo, Julián Mera, Jaime Yépez, Rodrigo Yépez, Nelly Yépez, Jairo Yépez, Jorge Coral, Gerardo Cabrera, Milton Cabrera y muchos otros golgoteños que aportaron trabajo, recursos y creatividad.
La chispa inicial provino de Jaime Yépez Ponce, quien, aprovechando que su hermano Germán era gerente de la Lotería de Nariño, gestionó un auxilio económico para realizar un evento infantil que se pareciera al carnaval de los adultos. La idea era clara: que los niños dejaran de ser espectadores secundarios, empujados a los márgenes de las cabalgatas o expuestos al riesgo de carros y motos, y pasaran a ser protagonistas absolutos de su propia fiesta.
Cuando Julián Mera Sarasti, también habitante del Gólgota, ocupó la Alcaldía, la propuesta encontró eco. Con el respaldo de Rodrigo Yépez Ponce desde la Lotería y la coordinación de María Folleco de Montenegro y Alberto Ruiz Montenegro, el proyecto tomó forma institucional. Sin embargo, la fuerza real que permitió consolidar el Carnavalito dependió del propio barrio, que multiplicó esfuerzos mediante actividades comunitarias: rifas improvisadas, verbenas musicales, festivales con orquesta, ventas de comida y hervidos, y gestiones con comerciantes, amigos y aliados políticos. Todo este movimiento buscaba reunir recursos suficientes para premiar a los niños y brindarles detalles que alimentaran su entusiasmo por la fiesta.
Con el paso del primer año, el éxito fue evidente. El barrio resolvió que el Carnavalito debía abrirse a toda la ciudad. En 1979 se enviaron invitaciones a otros barrios, se gestionaron apoyos adicionales y se entregaron “detalles” a todos los participantes inscritos. La creatividad se expandió al punto de crear la figura de la “reinita del Carnavalito”, cuyo primer nombramiento recayó en María Alicia Pinzón Montenegro. Luego vendrían decenas de niñas que, año tras año, se convertirían en símbolos infantiles del carnaval: Marisol Medina Polo, Milena Escudero Méndez, Milena Coral Coral, Yadira Portilla Ágreda, Gina López Hidalgo, Yulian Paz Coral, Danny Bibiana Rosero Martínez, Evelin Montenegro Pérez, Carolina Riascos Coral, Nury Marisol Botina Rosero, Marcela Fierro Pazos, Dina Paola Figueroa Chávez, María Nelly Yépez Oviedo, Ángela Eraso Muñoz, Ángela Lucía Acosta Bravo, Nataly Cabrera Villarreal, María Angélica Peñaloza Rosero, Mónica Daniela Villacrés Luna, Madelein Nicol Cabrera Calle, Wendy Jazmín Torres Bustamante y Daira Nataly Huertas Ramírez y muchas más
Con el paso de los años, el Carnavalito consolidó un propósito fundamental: ser un espacio donde los niños y niñas desarrollaran habilidades artísticas, lúdicas y sociales que luego se reflejarían en su participación en el carnaval mayor. Lo que comenzaba como un juego de disfraces o como una carrocita improvisada, pronto se transformaba en una vocación. Muchos artesanos y artistas actuales del Carnaval Multicolor de la Frontera dieron sus primeros pasos en ese desfile infantil del 4 de enero.
El barrio extendió siempre un mensaje claro: “los artesanitos de hoy son los artistas de mañana”, y la preservación del carnaval depende en buena medida de lo que se cultive en las primeras edades.
No obstante, el avance del tiempo trajo consigo cambios que han generado preocupación. Durante las últimas dos décadas, la organización del Carnavalito se ha visto cada vez más condicionada por las estructuras administrativas del Carnaval Multicolor de la Frontera. La Junta de Acción Comunal del Gólgota, que antes lideraba el evento con plena autonomía, ha terminado aceptando directrices externas que limitan su capacidad de decisión.
La autogestión que caracterizó al barrio —la misma que durante años permitió sostener económicamente el Carnavalito— se ha debilitado. Hoy la Junta se limita a realizar la logística, coordinada por la administración municipal, perdiendo la independencia y creatividad que forjaron la tradición.
A pesar de su origen, el Carnavalito no siempre ha logrado que los niños sean los protagonistas exclusivos del día. La presencia excesiva de adultos, la falta de espacios recreativos centrados únicamente en la niñez y la tendencia a replicar dinámicas del carnaval mayor han dificultado que la esencia infantil brille con plena libertad. En ocasiones, incluso ha habido voces que proponen que El Gólgota deje de ser el organizador exclusivo, argumentando que otros sectores deberían asumir la responsabilidad de manera rotativa.
El Carnavalito es una joya cultural nacida del esfuerzo, la creatividad y el sentido comunitario del barrio El Gólgota. Fue financiado con trabajo colectivo, alimentado por la imaginación de sus vecinos y sostenido por generaciones que entendieron que el carnaval es un acto de identidad.
Hoy, sin embargo, la tradición enfrenta el riesgo de que se diluyan sus raíces y se desconozca el papel fundamental de quienes la iniciaron. Los apellidos Revelo, Garzón, Yépez, Tena, Coral, Solís, Cabrera y Mera no son solo nombres del pasado: son pilares de la memoria festiva de Ipiales.
El reto es claro: fortalecer el Carnavalito sin arrancarlo de su origen. Permitir que la niñez vuelva a ocupar el lugar central y que El Gólgota recupere la autonomía que le permitió construir una de las tradiciones más hermosas de la ciudad.
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