Elegir por descarte
Por : Eduardo David Chalapud Narváez
En Colombia hay dos transiciones en curso, una económica y otra política. Ninguna terminó, y eso es lo que está en juego. La económica apenas empieza a notarse. Según la revista Cambio, el empleo está creciendo en los servicios de las ciudades, el comercio, el transporte, la comida y la atención al público, más que en la industria o el campo.
El desempleo bajó al 8 % en mayo de 2026, la cifra más baja para ese mes desde que el DANE empezó a medirlo en 2001. El problema está en la calidad de esos puestos, porque más de la mitad de los trabajadores no tiene contrato, ni salud, ni pensión, ni certeza de cuánto va a ganar el mes entrante. El economista Dani Rodrik llamó a esto desindustrialización prematura, algo que pasa cuando un país se llena de estos oficios sin haber construido antes una industria fuerte. El resultado es más ocupación y menos seguridad.
La segunda transición es política, y ahí está lo importante. El error de quienes hoy la conducen es leerla como un punto final y no como un proceso, como si todo ya hubiera ocurrido. Pero el país no se parece a las dos fuerzas que ocuparon toda la campaña. Esos dos polos son las corrientes dominantes del momento, la que quiere profundizar el cambio y la que promete revertirlo, cada una convencida de que enfrente solo está la otra. Quien no se siente cómodo en ninguna queda por fuera del debate.
Los números lo muestran. Invamer preguntó en mayo de 2026 con cuál corriente política simpatizan los colombianos. El 18,5 % respondió que con el centro y otro 16,3 % que, con ninguna, casi 35 % que no se identificó con los dos bandos que se disputaban el poder. La Encuesta de Cultura Política del DANE, que es oficial, llega a miles de hogares y no indaga por candidatos sino por la posición de cada persona entre la izquierda y la derecha, sube esa cifra al 40,7 %. Los datos no se contradicen, porque miden cosas distintas. Uno recoge simpatías en plena campaña, cuando ya se sabe quién puede ganar. El otro capta algo más estable, que no depende de quién esté compitiendo. Estar en el medio, además, no es carecer de opiniones, sino tenerlas repartidas, coincidir con un lado en unos temas y con el otro en otros argumentos también importantes. Aun con el porcentaje más bajo, un tercio del electorado no cabía en la pelea que definió la elección.
Son votantes que no se identifican del todo con ninguna de las opciones grandes y que además no hacen ruido. Terminan marcando lo que les parece menos malo, sin sentir que ese candidato represente lo que piensan. Nadie coincide en todo con un programa de gobierno, y eso es normal. Lo que no es normal es que la distancia sea tan grande.
La segunda vuelta convierte esa distancia en un problema mayor. En Colombia, cuando ningún candidato pasa del 50 % en la primera ronda, tres semanas después se repite la elección y solo siguen los dos aspirantes con mayor votación. Conviene verlo con números sencillos. Si el primero obtiene 35 de cada 100 votos y el segundo 30, entre ambos no llegan a 65, y de todos modos el resto del país tiene que elegir entre ellos. Los demás participantes quedaron eliminados, y con ellos las ideas que representaban. Quien no se sentía cerca de ninguno de los finalistas llega al tarjetón con dos nombres que no puso él. Los examina, calcula cuál le parece más peligroso y marca al otro. Su marca se cuenta igual que la de un convencido, y ahí empieza la confusión, porque el ganador suma esos apoyos prestados y los presenta como adhesión a su programa.
Parte de la explicación está en el voto útil, que consiste en apoyar no al candidato preferido sino al que sí puede ganar. Si un tercio del electorado siente que quien mejor lo representa no tiene opción real, mueve su respaldo. A nadie le gusta la sensación de botar el voto. Y cuando eso ocurre en masa, los resultados dejan de mostrar lo que la gente quiere y empiezan a mostrar lo que la gente calcula.
La otra parte tiene que ver con los liderazgos que hay fuera de esos dos polos y con las organizaciones que deberían sostenerlos. Una candidatura que depende solo de la figura personal, sin una estructura detrás, no tiene quién la contradiga. Puede prometer cualquier cosa, decir lo que la gente quiere oír, cambiar de posición e incluso proponer medidas que no caben en la Constitución, porque nadie le recuerda los límites ni las ideas que decía defender. Avanza por donde cree que va el electorado. Con partidos débiles es muy difícil construir propuestas serias, y sin propuestas serias el centro no logra convocar a quienes dicen preferirlo.
Esto no pasa solo en Colombia. Pasa en democracias de todo el mundo, donde victorias que se anuncian como aplastantes se construyen con apoyos que buscaban frenar al contrario. Ese resultado es legítimo, porque las reglas se cumplieron y los votos se contaron. Pero legitimidad no es lo mismo que convicción, y confundir las dos cosas lleva a gobernar creyendo que existe un respaldo que nunca estuvo ahí.
Hay además una advertencia práctica. Quien vota por descarte es el más inconforme y el que va a exigir resultados con más dureza, porque no lo hizo convencido y no tiene razones para dar margen. Ese elector pedirá cuentas del programa de gobierno y del plan de desarrollo, punto por punto. Reconocer que la transición sigue abierta es el primer paso. El segundo es aceptar que hay una franja amplia de ciudadanos sin quién los represente. El tercero les toca a los partidos, que tienen que definir posiciones antes de la campaña y no durante ella, sostenerlas cuando no dan frutos inmediatos y formar líderes que le respondan a una organización y no a las encuestas. Sin eso, el centro será una mayoría en el papel que no se ve en las urnas, y los electores seguirán eligiendo por descarte


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