Un hombre que rompió cadenas

Por : Jairo Bravo Vélez

A lo Largo de mi prolongada existencia he recorrido muchos caminos y hemos hecho “camino al andar.” En este periplo por la vida me he encontrado con experiencias originadas en el roce social con personas de varios matices, positivos, los más, y muchos negativos que ni hacen ni aportan a su entorno social; en mi oficio de defensor y consultor he conocido la tragedia humana en todos sus grados de bondad y maldad.

He aventurado con mis sentimientos llegando a conocer la intensidad del amor y la frialdad, soledad y dolencias del desamor; me he tenido que encomendar a Anteros, dios del amor correspondido, como también enfrentarme a Himero el dios de los que dan amor sin recibir nada a cambio, dios del amor incomprendido.

He recorrido y transitado por el pedregoso camino de la amistad que no es más que otra palabra que debe registrarse en el diccionario de las grandes mentiras de la humanidad. Ese sentimiento, por todos los caminos recorridos, no lo he encontrado.

Así como he explorado varios caminos en busca de una verdadera conexión, también me he encontrado con el tentador reino de los casino virtual con mercado pago, donde la suerte y el azar se entrelazan.

Me he topado sí, con amigos que dicen ser amigos en alguno de esos lugares recorridos y ellos han perdurado el fugaz tiempo que dura el avío de conformidad con las provisiones que lleve en mis alforjas.

Por eso afirmo que la amistad, este sentimiento al que tanto se le canta, que inspira versos y loas, es provisional, es circunstancial, de ocasiones, de conveniencias intelectuales, pecuniarias, profesionales, etc. etc. Llega sin proponérnoslo y se va cuando el avío se acaba.

Y “las aves se van cuando hace frío”. Las excepciones a esta regla las admiro, las respeto, las envidio, son afortunadas y si usted logró encontrar tan valorado tesoro, consérvelo que es una bendición de Dios. Mientras tanto saldré con la linterna bien iluminada para lograr conseguir un amigo y si la suerte me acompaña le propondré algo imposible: amistad.

Con el filósofo griego Diógenes, padre de la escuela filosófica del Cinismo, que pregonaba que el aire crea la vida y que le da razón a la existencia y por ende la felicidad, me descobijaré de todo prejuicio para poder soportar el ingrato recuerdo de la circunstancial e interesada compañía de los que otrora me rodearon.

Esta divagación, que ha servido como preámbulo para esta ocasión, se fundamenta y tiene base en el conocimiento de alguien con el que me tropecé muchos años ha, en algún paraje de nuestra existencia, a la vera del camino. Lo encontré como aquellos necios de que habla el filósofo griego que vivían en la mayor pobreza porque así lo ordenaba su forma de concebir la vida y sus equivocados principios. A este, la modernidad le dio todas las posibilidades de tener calidad de vida, pero su desordenada existencia, no sus principios, lo asemejaban a los necios del gran Diógenes, el mismo que salía de su túnel donde vivía, linterna en mano, durante el día, en busca de un hombre bueno.

Podía ser, y lo fue, una persona que, como muchos, tiene un lugar en esta sociedad que todo lo condiciona y lo mantiene; tuvo el privilegio de estudiar y obtener un título profesional, y lo tuvo. Tuvo un hogar y una familia, bendecida con párvulos, a los que abandonó. Tuvo la fortuna de tener una madre desvelada a cada instante por la suerte de su hijo al que con sus rezos lo encomendaba permanentemente y que él le pagó con desamor y olvido.

El campo laboral se le brindó no como a muchos otros que les cierran caminos. Pudo ser un hombre próspero económica, intelectual y socialmente. Todo lo pisoteó, lo despreció, puso en el saco del olvido sus ilusiones y esperanzas, solo vivió para el momento, para sus divagaciones y locuras, pareciera que todo su actuar lo dirigía en contravía de los demás sin entender cuánto daño se hacía y como desperdiciaba sus días, su vida, su existencia.

Así fueron pasando los años y él se iba destruyendo en medio del alcohol, mujeres, juego, vicio. No quedó nada del hombre que fue y que con esfuerzos se formó. Divagó por las calles, fue un noctámbulo sin oficio. Se esfumaron las huellas del hijo, del padre, del esposo, del compañero, del vecino. Fue un itinerante del vicio, hizo todo lo que pudo para tocar fondo y allí llegó.

Nadie le tendió la mano, todos lo miraban al pasar y eran súper rápidos en el comentario mordaz y en la crítica justiciera, pero nunca una voz de aliento, de estímulo, inclusive de reproche, nada. Perdió la poca dignidad que le quedaba y pidió dinero, mintió para conseguirlo así fuera el más pírrico centavo.

Hasta que un día rompió las cadenas de la ignominia, la venció, dijo basta y comenzó a caminar “con la cabeza alta, pues ya no tenía sobre sus hombros el oprobio de la cruda desgracia interminablemente recordada”. Cesó para él la horrible noche.

Con el positivismo y la esperanza de una nueva luz comenzó otra vez, era su segunda oportunidad, no iban a haber más, pues sus años habían pasado sin darse cuenta, era un viejo. Su reto era mayúsculo, pero estaba seguro que saldría adelante. Fue difícil entrar al círculo social que otrora dejó atrás, pero él con dignidad, sin inclinar la cerviz, fue colocándose en los sitios que le correspondían, cuan dura labor fue ésta. Fue rechazado, se le puso obstáculos, se le cerraban puertas. No obstante, perseveró, fue obstinado, recordó a Henrik Ipsen: “Grande o pequeño, todo hombre es poeta si sabe ver el ideal más allá de sus actos”.  No fue poeta, pero si entendió que con su accionar debe cumplir un ideal, unas metas.

Desde mi ventana de siempre lo veo ahora, a veces, pasar con su caminar lento pero erguido, su vestir sin pretensiones, pero limpio y pulcro, refleja a todas luces tranquilidad, serenidad y esa respetabilidad que necesariamente produce la adultez y la vida honrada y sin artimañas ni conflictos.

Ese es el hombre de ahora, el que rompió cadenas en busca de su libertad conculcada por muchos años por un hábito que debe desaparecer de la humanidad y que los padres de familia están obligados a tutelar para que sus vástagos no caigan en ese monstruoso camino. Ningún ser humano debe transitar por ese sendero abyecto.

No estoy recordando al hombre bueno que es ahora, no, recuerdo y me saco el sombrero ante el luchador, ante el que supo vencer sin esperar manos protectoras, a la persona que sabe ahora que su ruta debe ser clara

Coletilla: Este escrito es un reconocimiento a todos los hombres, mujeres y sus familias que han soportado el flagelo y que han salido avante y también a los que no, cómo el caso de mi hermano Alberto, que fue vilmente asesinado cuando estaba en su proceso de liberación.

 jairobravo2010@hotmail.es

 

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