El 23 de octubre de 1863, la Ley 131 trazó sobre el mapa del sur de Colombia los límites de la Provincia de Obando, con capital en Ipiales. De eso hace ya 163 años. Los pastos llevamos aquí milenios. Vimos llegar a los españoles, vimos nacer la República, vimos pasar las guerras civiles. Y seguimos aquí. Hubo un tiempo en que este territorio tuvo otro nombre, fue centro de poder y de decisiones. Hoy es una ciudad que resiste, como sus ancestros, lo que nunca termina de llegar. La ley que un día nos nombró ya no nos nombra. El territorio que un día fuimos ya no somos. Pero los pastos seguimos aquí, bajo otros mapas, bajo otras repúblicas, bajo otras promesas incumplidas.
He vivido toda mi vida en Ipiales. He pasado horas releyendo a Platón, buscando en la muerte de Sócrates alguna clave para entender lo que aquí está pasando. Y al volver sobre estos 163 años, me he dado cuenta de que lo que tengo entre manos no es una celebración. Es una advertencia. Esta reflexión no es sobre lo que fuimos. Es sobre lo que estamos a punto de ser juzgados por ser.
Porque en esta frontera donde Colombia se asoma al abismo de los Andes se está gestando un juicio. No un juicio cualquiera. Un juicio que no ocurrirá mañana, sino cuando el calendario marque 2027. Y los jueces no serán quinientos cincuenta y seis ciudadanos atenienses, como los que condenaron a Sócrates. Serán los votantes de Ipiales.
SÓCRATES Y LOS DOS TIPOS DE ACUSADORES
Atenas, año 399 antes de Cristo. Un anciano de setenta años comparece ante quinientos cincuenta y seis jueces para defender toda una vida. Se le acusa de impiedad y de corromper a la juventud. No ha contratado a un logógrafo, esos redactores profesionales que cobraban por escribir discursos. Tampoco ha traído a sus hijos para que lloren y supliquen clemencia. Solo usa el lenguaje más sencillo para decir que lo único que sabe es que no sabe nada. Sócrates es condenado a muerte por seis votos de diferencia.
Pero antes de morir, Sócrates hizo algo peligroso. Distinguió dos tipos de acusadores. Unos eran los actuales: Meleto, Anito y Licón, que lo habían llevado formalmente ante el tribunal. Otros eran los acusadores de muchos años, aquellos que le habían inoculado prejuicios desde que era niño, los que por envidia o por malicia habían sembrado rumores, aquellos a los que ni siquiera podía llamar ante el tribunal para confrontarlos. Dijo que temía más a estos últimos.
“Esos acusadores son los que me han hecho la guerra desde hace mucho tiempo, los que han persuadido a muchos de ustedes desde que eran niños, hablando de mí sin ninguna verdad. Estos, que han difundido tal fama, son mis temibles acusadores.”
Sócrates sabía que no eran los jueces presentes quienes lo condenarían. Eran las sombras del pasado. Las calumnias envejecidas. Los rumores que se habían vuelto sentido común.
LA CONFIANZA HERIDA
Si uno traslada esta discusión a Ipiales, el panorama no es tranquilo. La administración municipal ha pasado por suspensiones y restituciones, por cuestionamientos financieros, por embargos a sus cuentas. Funcionarios que entran y salen. Procesos que arrancan y se quedan en veremos. Y esa sensación incómoda de que las instituciones no se sostienen solas. Cada episodio deja una grieta. No es un juicio contra alguien en particular. Es el desgaste de una comunidad que mira, espera y se decepciona.
Hay huellas, sin embargo, más difíciles de borrar. Los neumáticos que ardieron en la Panamericana durante la crisis del agua. Residentes de varios barrios bloquearon las vías hacia el puente internacional de Rumichaca, hacia Pasto, hacia el aeropuerto. No lo hicieron por gusto. Llevaban años sin respuesta. “Llevamos casi dos años esperando y no ha resuelto nada”, decía un líder comunitario de esos días. La respuesta oficial fue que la oposición había politizado la crisis, en vísperas electorales. Puede que algo de eso haya. Pero para quien esperó, reclamó y guardó agua en baldes, el problema no era electoral. Era cotidiano. Era urgente. Era vital.
Esas voces no tienen nombre ni cargo. No se pueden llevar ante un tribunal. Pero están ahí, en la memoria de los barrios, como raíces de un árbol viejo y retorcido. No son acusaciones. Son decepciones acumuladas. Es un pueblo que confió, que esperó, y que hoy pide con firmeza, casi suplica, que esto no vuelva a ocurrir.
Que 2027 no sea otra vez la misma historia. Que el agua llegue. Que las cuentas sean claras. Que las instituciones respondan. Que la confianza no vuelva a romperse.
EL ORÁCULO Y LOS FALSOS SABIOS
El pasaje más inquietante de la Apología es cuando Sócrates cuenta cómo comenzó a examinar a quienes se creían sabios. El oráculo de Delfos dijo que no había nadie más sabio que Sócrates. Él no lo creyó y fue a probar a los reputados: políticos, poetas, artesanos. Descubrió que todos creían saber, aunque no supieran nada. Y él, al menos, sabía que no sabía.
¿Qué ganó con ese examen? No honores, sino odios. Aquellos a quienes desenmascaró como falsos sabios volcaron su rabia contra él, no contra sí mismos. Incapaces de vencerlo en el debate, lo acusaron de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses.
La crisis del agua en Ipiales tiene una estructura similar. Cuando los ciudadanos salen a las calles y preguntan por qué no hay agua en sus grifos, la respuesta oficial no es reconocer las dificultades de la gestión, sino insinuar que las protestas son auspiciadas por grupos políticos de oposición en vísperas electorales. Y añaden que los manifestantes deben dejar trabajar a la administración.
Es una versión moderna del dilema socrático: cuando alguien señala dónde está realmente el problema, la primera reacción del poder no suele ser corregir el problema, sino atacar a quien lo señala.
LA RENUNCIA Y EL NUEVO ACUSADOR
Hace poco, un concejal de la administración municipal renunció a su cargo. La versión oficial habla de razones personales y profesionales. Los observadores políticos, en cambio, ven en esa renuncia un movimiento de cara a las próximas elecciones. Aquel concejal fue uno de los críticos más visibles de la gestión del alcalde, y en sus redes sociales acumuló miles de seguidores. Sus cuestionamientos sobre la crisis del agua y las dificultades financieras del municipio llegaron incluso al Congreso.
Esto recuerda la advertencia de Sócrates en el tribunal. Dijo que matarlo no impediría la aparición de nuevos críticos. Al contrario, aquellos más jóvenes e imposibles de contener se levantarían.
Aquel concejal ya tiene vitrina. Sus seguidores esperan un anuncio formal. Habrá que ver si su propuesta es distinta o es más de lo mismo. Y los aliados y adversarios del alcalde calculan cómo aprovechar esta situación política llena de grietas.
LA CALMA ANTE EL JUICIO
Después de ser condenado a muerte, Sócrates les dijo algo a quienes lo habían condenado. Dijo que no los odiaba, porque hacer el mal es más vergonzoso que sufrirlo. Y añadió que la muerte es o bien una nada absoluta, o bien un tránsito del alma.
Es una calma casi absurda. Ante la muerte, Sócrates se niega a temer, porque no está seguro de que la muerte sea un mal. Y lo que sí sabe con certeza que es un mal es cometer injusticia.
¿Tienen los políticos de Ipiales esa calma? Las elecciones de 2027 no son la muerte, pero son un juicio. Los votantes decidirán quién se queda, quién se va, quién es olvidado. Aquellos que fueron cuestionados, señalados, sitiados por los manifestantes, volverán a enfrentar la mirada del público.
En el ágora de Atenas, Sócrates preguntaba a cada persona que encontraba: “¿Por qué gastas tu energía en acumular riquezas, fama y honores, y no te preocupas por la verdad, la sabiduría y la perfección de tu alma?”
En Ipiales, el día de las elecciones, los votantes enfrentarán una pregunta similar: ¿Eliges continuar con la misma administración que te decepcionó, o eliges a ese crítico que renunció? ¿Confías en los nuevos rostros que representan a Nariño en el Congreso, o vuelves a esos nombres conocidos pero fatigados?
LA ADVERTENCIA FINAL
Nadie sabe qué pasará en 2027. Pero la Apología de Sócrates nos recuerda que el sentido del juicio no está en el veredicto mismo, sino en lo que ocurrió antes del juicio: las advertencias ignoradas, las críticas silenciadas, los problemas politizados. Los 163 años de Ipiales, al final, son un juicio sobre sí misma.
Y hay una frase de Sócrates que quiero dejarles. No está en la Apología con estas palabras, pero resume lo que el viejo ateniense vivió y murió defendiendo: no se dejen engañar por los que se dicen sabios. Examínenlos. Pregúntenles qué saben. Y si descubren que no saben nada, no se enojen con ellos. Enójense con ustedes mismos por haberles creído. Porque el mayor mal no es ser engañado, sino dejar de buscar la verdad.
O como dijo el propio Sócrates, con palabras que sí quedaron escritas: “La vida sin examen no merece ser vivida.”
Que los dioses de los pastos, los que estaban aquí antes que los españoles, antes que la República, antes que todo, iluminen a los votantes de 2027. Y que no se dejen engañar por los sofistas.
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