La imaginación: El salto evolutivo

Durante siglos, hemos buscado la frontera exacta que nos separa del reino animal. Estábamos convencidos de que la cultura era patrimonio exclusivo del humano, pero la ciencia nos recuerda que no somos tan especiales en esos campos. Un mono enseña a otro a partir nueces con una piedra, un delfín demuestra sus malabares y un pulpo posee una complejidad cognitiva asombrosa; muchos animales son más inteligentes que nosotros. Entonces, si no es la cultura ni la inteligencia, ni el lenguaje, ni el razonamiento, ¿qué nos distingue realmente?

Por : José Humberto Guerrero

La respuesta no está en lo que vemos, sino en nuestra capacidad de ver lo que aún no existe. Según el antropólogo Agustín Fuentes, lo que nos distingue es nuestra capacidad de imaginar. Somos la especie más imaginativa; por tanto, la imaginación es nuestra herramienta de edición del mundo. Si observamos la realidad y no nos gusta, imaginamos una mejor y trabajamos para crearla. Si preveemos un peligro, imaginamos el peor escenario para evitarlo. Esta capacidad ha convertido a la historia humana en un registro de comportamientos culturales que cambian simplemente porque decidimos imaginarlos de otra manera.

A diferencia de otras especies, nuestra estructura cerebral nos permite dar rienda suelta a la creatividad. Lo más fascinante es que este proceso es cooperativo. Al imaginar juntos, creamos identidades simbólicas como la patria, la religión, la corporación o el equipo de fútbol. Estas “ficciones compartidas” nos permiten colaborar en grupos de miles de individuos, superando los límites biológicos de la familia o la tribu.

Estas identidades simbólicas, y según Juan Luis Arsuaga, paleontólogo, permiten que millones de personas cooperen sin conocerse. Esa imaginación colectiva amplía el tamaño del grupo humano más allá de los límites biológicos. Nos da cohesión, pertenencia y fuerza.

Pero la imaginación también influye hasta en lo más profundo de nuestras emociones. Podemos sentir gratitud porque somos capaces de imaginar la intención del otro. Podemos amar porque imaginamos futuros compartidos. Podemos perdonar porque recreamos mentalmente circunstancias y motivos. Nuestra manera de sentir depende, en gran parte, de nuestra capacidad de imaginar. Al explorar ese mundo interno generamos experiencias conscientes y visualizamos otras perspectivas del mundo y de la vida.

No obstante, la imaginación también es un arma de doble filo. Es la responsable de nuestras mayores cumbres, como el arte y la ciencia —el propio Einstein afirmaba usar su imaginación antes que las matemáticas—, pero la imaginación tiene un reverso oscuro responsable de nuestros abismos. Somos capaces de imaginar al prójimo como un enemigo “inhumano” para justificar la guerra, podemos imaginar progreso sin límites y destruir el planeta Tierra, o actuar bajo los preceptos de libertad, democracia y justicia asesinando a un conglomerado social, entre otros.

En conclusión, no somos la especie más fuerte ni la única inteligente, pero somos, sin duda, la especie que sueña despierta. En esa capacidad de imaginar posibilidades reside nuestro mayor poder y responsabilidad. Es el poder de la IMAGINACIÓN que nos salvará en este mundo exigente, cambiante y conflictivo. La pregunta es: ¿qué elegimos imaginar para solucionar nuestros problemas?

creerjhg63@gmail.com

 

 

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