La procesión de los muertos.

Semana Santa en Ipiales

  Por: J- Mauricio Chávez Bustos

El viernes santo era el día de mayor solemnidad, había varias creencias que se perpetuaban en el pueblo, una de las cuales decía que ese día no se podía bañar porque se convertían en peces, o que al tener relaciones sexuales se quedaban pegados, y no faltó quien adujo ver al demonio en una casa ubicada en el marco de la plaza 20 de Julio, donde aseguraban no habían guardado la templanza en los días santos.

 

El sábado, -víspera del domingo de ramos-  mis abuelos maternos escogían las palmas más grandes, verdes y frondosas para mis hermanos y para mí, sin saber el daño ecológico que se estaba haciendo; al llegar a su casa, mi abuelita empezaba la tarea de tejernos canastos, aventadores, trenzas y cruces, piezas que terminaban siendo verdaderas obras de arte; el domingo, a media mañana, nos íbamos a la iglesia San Felipe.

 Lo que más recuerdo era la tremenda piquiña en la espalda, ya que en el frenesí de la bendición se generaba en los niños asistentes una competencia, como si al batirla la palma quedara más bendecida, y así, llenos de pelusa regresábamos a casa, con media palma y con los tejidos de mi abuelita desbaratados.

Así empezaba nuestra Semana Santa. El lunes santo, mi padre y mi madre viajaban a Tulcán para comprar algunos productos que no se conseguían en Ipiales, o se conseguían mucho más baratos, especialmente aceitunas españolas, sardinas portuguesas, vinos españoles y algunos productos de mar; ya mi mamá, mientras nosotros estábamos enfrascados con las palmas el sábado, había mercado todos los productos para hacer la tradicional juanesca, siguiendo paso a paso la receta que dejara mi abuelo paterno, un ilustre y eminente abogado que en sus horas de solaz se dedicaba a la culinaria, algo que muy pocos saben, ahí, en la Plaza de los Mártires, la calabaza tierna, los frijoles tiernos, los ollucos, las habas, la mazorca, la papa pastusa y chaucha, y toda una arandela de productos que componen esta tradición culinaria de Semana Santa en el sur de Colombia y en Ecuador.

El martes santo, en la noche, esperábamos con ansía la procesión de las Siete Caídas, tuvimos el privilegio de vivir en el centro de la ciudad, en una vieja casona con tres balcones, de tal manera que mientras vivimos ahí no tuvimos que preocuparnos por coger un buen puesto para ver esos santos vestidos de terciopelo, con rostros angustiantes, que esos días se engalanaban para pasear por la ciudad.

El jueves santo, la casa se ataviaba con las mejores vajillas y copas, se disponía el inmenso comedor para recibir a familiares y a contados amigos, ya que este evento se consideró siempre un evento privado; papá, pese a que nunca manifestó públicamente sus creencias, nos prohibía jugar desaforadamente o gritar, además, la única música que se escuchaba era la clásica o la sacra, y ese día, en especial, nos vestían con las mejores galas y nos pedían la mayor compostura, cosa difícil de cumplir, sobre todo entre los hermanos menores.

Las calles de la ciudad, a partir de las 7:00 de la noche se llenaban y parecían “ríos de gente”, como decían mis abuelitos; en la noche visitábamos los templos de San Felipe, la Catedral, La Medalla Milagrosa y Las Conceptas, entre quienes se generaba una especie de competencia para mostrar de la mejor manera hostias y custodias, así como las imágenes que llegaban de las procesiones.

El sextazo estaba atiborrado de gente vestida de luto, como si algún familiar hubiese muerto, aunque se aprovechaba para comprar una que otra golosina o para saludar a los amigos. MI abuelito materno, ese día, desde tempranas horas compraba un bulto de pan, el cual repartía entre la gente más pobre, ya que decía él que era la forma de rendir tributo a ese Cristo convertido en pan y pleno de amor.

El viernes santo era el día de mayor solemnidad, había varias creencias que se perpetuaban en el pueblo, una de las cuales decía que ese día no se podía bañar porque se convertían en peces, o que al tener relaciones sexuales se quedaban pegados, y no faltó quien adujo ver al demonio en una casa ubicada en el marco de la plaza 20 de Julio, donde aseguraban no habían guardado la templanza en los días santos.

Debo confesar que entonces, en la inocencia de la infancia, con mi hermano Fabio empezábamos a sufrir, ya que nos contaban que ese día, después de la procesión del Santo Sepulcro, a medía noche, salía la procesión de los difuntos.

A las 7 de la noche, las matracas anunciaban el paso de la procesión, entonces las calles se llenaban de incienso, como para espantar a diablos y apariciones, y a lo lejos se empezaba a divisar las luces de neón que alumbraban los pasos y los cirios que llevaban los Esclavos y Esclavas, creyentes y sacerdotes, monjes y monjas, militares y policías, obispos y colados, quienes desfilaban por las calles de Ipiales. Además, el tono del Miserere, una tonada que daba el toque final a una ciudad lúgubre, anunciaba la solemnidad de tal evento.

El paso del Santo Sepulcro de la Catedral era muy esperado por muchos, una verdadera pieza artística tallada en madera, así como La Dolorosa de San Felipe por cuyo rostro discurrían unas lagrimas de cristal que brillaban como nunca; pero nosotros lo que más esperábamos era el paso del Alma Santa, una especie de turbante gigante, envuelto en una tela blanca y con una cinta negra que descendía como en un cono, acompañado por unos 20 indígenas, todos hombres, vestidos con enaguas blancas, y quienes llevaban en sus cabezas unos turbantes más pequeños.

Al finalizar esta procesión, con mi hermano Fabio empezábamos a padecer, ya que a media noche empezaba la precesión de los muertos, que salía del Cementerio y recorría toda la ciudad; decían que no llevaban cirios, sino fémures, y que entonaban sonidos tan lúgubres que quienes lo escuchaban terminaban por acompañarlos en dicha procesión el próximo año.

Buscábamos a toda costa no quedarnos solos, pero a las 10 de la noche cada quien cogía para sus habitaciones, y con mi hermano temblábamos y sudábamos de físico miedo, hasta el punto de acostarnos en la misma cama y abrazarnos como dos huérfanos. Mi hermano me despertaba o yo a él, preguntando: “Si oyes, si oyes, son los muertos, ya vienen” y nos tapábamos toda la humanidad con las cobijas,  así, hasta que nos quedábamos dormidos.

Al despertar, sentíamos un alivio tremendo, salíamos felices a contar a mis padres y hermanos que no habíamos sentido la procesión del los muertos. Y hasta ahí llegaba nuestra semana santa. El domingo ya nos permitían jugar, la música cambiaba y ya la carne formaba parte de la comida en el hogar. En el fondo, todos esperábamos que llegara pronto la próxima semana santa, para preparar la juanesca, para ver las precesiones y para espantarnos con la no pretendida vista de la procesión de los muertos.

 

jemaoch@gmail.com

3 Comments

  1. Guillermo Chaves

    Estas letras, querido hermano, son el viaje a traves del tiempo hacia momentos y lugares que nos hicieron felices!!!

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  2. Carmen

    Excelente recuerdo de la Semana Santa, la que tristemente nuestros hijos no ven con tanta mística y solemnidad.

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  3. Ciro Findlay

    Inolvidable es para mí, también, la semana santa en nuestro Ipiales, de los años sesenta, setenta. Gracias apreciado Mauricio, por su columna.

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