LÍDERES POLÍTICOS?
Por : Javier Chaves Osejo
Desde el origen de la civilización, las comunidades han necesitado organización, orientación y decisiones. De allí surge la figura del líder: no el que más habla o amenaza, sino quien gestiona, trabaja con su gente y orienta a la comunidad hacia el bien común. Sin embargo, cuando el liderazgo se desvía hacia el poder y no hacia la política entendida como servicio, puede convertirse en una herramienta de manipulación y caos. Hoy, frente a la crisis de confianza en la política, surge la necesidad de un liderazgo transformador, ético y comprometido con la sociedad.
Desde el origen mismo de la civilización, el ser humano ha vivido en comunidad, y allí donde existe comunidad surge inevitablemente la necesidad de organización, orientación y decisión. En esa necesidad aparecen diferentes personas con capacidades propias, aptitudes y principalmente con voluntad para buscar satisfactores que permitan dirimirla, así como ellos también existen los que se interesan por hacer algo y aquellos que definitivamente no hacen nada, pero finalmente recibirán lo beneficios en la misma medida y proporción que aquellos que trabajaron en bien de su comunidad. Para lograr el equilibrio es indispensable nombrar a una persona que sienta las mismas angustias que generan estas necesidades y que tenga la capacidad de dirigir a su comunidad para que logren conjuntamente el cometido, no debe ser la persona que más habla o la que más grita o amenaza, debe ser aquella que más gestione y le guste trabajar a la par con sus cercanos. Una vez nombrado no se lo realza con un título académico o un nombre relacionado a un cargo en específico, sino con un nombre más contundente: EL LÍDER.
El líder auténtico, el que nace de la lucha y el desconcierto que da la vida, no le hace falta un sobrenombre como jefe, director, presidente o las demás características que aparecen en los libros escritos por versados en el tema, este líder debe confiar en él para movilizar voluntades y trabajar sin descanso cuando su comunidad lo requiere. El riesgo es que este líder pueda conducir los suyos a la justicia y al progreso, pero si no maneja y no controla sus emociones y provechos individuales, también los puede llevar a apoyar el autoritarismo, la manipulación y la opresión, se convierte en un generador del caos adhiriendo a la necesidad inicial un sinnúmero de problemas.
La historia ha demostrado que el concepto de liderazgo se encuentra íntimamente ligado a la política, autoridad y poder, es un triángulo base, pero no más importante para lograr resultados, es un triángulo divino, pero si no tiene un buen soporte, es una herramienta satánica que puede acabar con todo y con todos. Muchos dirán que tienen autoridad, pero lo que les gusta es el poder y no la política. Esto lo referencia Platón en La República, Aristóteles en La Política, Maquiavelo en El Príncipe, Hannah Arendt en El Totalitarismo y autores modernos que también sostienen su punto de vista, aceptan lo dicho, lo modifican o la adaptan a las sociedades modernas como lo sostiene Isaac Hernández en su obra, Maestro de Sombras. Por lo expresado el líder político exige ir más allá del sentido común, debe entender y combinar diferentes ciencias, filosofías, adaptarse y entender los nuevos modelos de comportamiento, olvidarse del bien individual y centrarse en el bien común, debe aprender a desaprender y a aprender a ser un líder de la transformación, sin estos elementos deja de ser un líder político para convertirse en un individuo más de la politiquería que ronda en las esquinas del mundo. Es decir, debe aprender a ser un líder carismático como lo expresó Max Weber en sus estudios sobre nuevas sociedades.
En la filosofía clásica, el liderazgo no se entendía como la capacidad para mandar, sino que debía estar acompañado de otras habilidades que se notarán en el ejercicio de su actividad, el líder de ese entonces sacaba a relucir entre sus seguidores la responsabilidad moral que lo acompañaba en su discurso y en su acción, siempre claro y visible en el bien colectivo. Este líder con esa característica es virtuoso y su poder solo era legítimo si se ejercía con justicia, un caso totalmente contrario al escenario que muchos nos muestran en la palestra pública, hay más interés por el poder que en el accionar social.
Aquellos que se llaman así mismos líderes políticos, deben ser muy conscientes de la responsabilidad que adquieren con sus seguidores y una vez ocupen la curul o el cargo que están buscando deben retomar los conceptos actuales de la administración pública para dejar ese apelativo y convertirse en servidores del estado, tal como lo manifiesta la Constitución Política, además están sujetos a las responsabilidades administrativas, penales y disciplinarias propias de quienes desempeñan funciones para el Estado, expresado así en la Función Pública. Estos aspectos ya los defendió Cicerón en su obra De República, argumentando lo antes expuesto y ratificando el concepto de Platón, para él el líder político además de lo dicho, debe tener compromiso moral con la República y un respeto por el orden jurídico.
En la actualidad, frente a la crisis de confianza en la política ha surgido un liderazgo diferente: el liderazgo de la transformación. Tema investigado y propuesto por James McGregor en su obra Leadership, un tipo de liderazgo integral para los incandescentes momentos que se vive en el desarrollo político de los últimos años y que ha sido generado por un número no menospreciable de escándalos en todos los aspectos del ejercicio político en cumplimiento del rol que desempeñan los funcionarios públicos en todos los niveles jerárquicos del Estado, así como los representantes y senadores, hechos generados principalmente por la corrupción. Este tipo de liderazgo los invita a los políticos a diferenciarse del liderazgo transaccional que se basa en el intercambio de apoyo por beneficios y votos por promesas, en el peor de los casos y más directamente identificando las necesidades de una población en específico por votos a cambio de un billete nominal. Esta figura de liderazgo transformacional los invita a realizar un cambio profundo no solo para sí mismos sino para el colectivo que conforman, basados en que todos son uno y su trabajo es ético, aquí nadie piensa para sí mismos, la deslealtad y el orgullo desaparece, se comprometen a formar nuevos líderes y a rotar las curules y los puestos adquiridos. Aquí se forja la verdadera revolución política, vista como una renovación social y moral, esto debe llevarlos a ser propulsores de la paz, esa paz que todos anhelamos y empezaría el buen vivir, con este principio recordaos a Hobbes en su obra Leviatán, “sin un poder central fuerte, la humanidad cae en la guerra permanente: “la guerra de todos contra todos”, es ahí donde la humanidad entrega su libertad para librar el caos y no para generarlo.


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