Ipiales

Historia Civismo Cultura (2)

Ipiales llega, el 23 de octubre de 2022, a sus 159 años de autonomía política y administrativa, en gracia de la Ley 131 de 1863 del Congreso Soberano del Cauca, por la cual se creó el Municipio de Obando que la tuvo por su capital.

LA COLONIA

Ipiales, conocida en la colonia como “Villa de San Pedro Mártir de Ipiales”, fue la última población sureña de la Gobernación de Popayán. Nuestros ancestros crecieron en la Nación de los Pastos que comprendía desde el río Angas-Mayu o Guáytara hasta Tusa (hoy San Gabriel, Ecuador).

La epopeya magnífica del indigenismo americano cuenta que en el año de 1481 el emperador inca Huayna Cápac, ordenó a sus caballeros cusqueños bajo el mando de su medio hermano Auqui Toma conquistar los territorios más acá del Reino de Quito, en frustrada acometida que encontró la resistencia de los Pastos aliados con los Quillacingas, que en una sesuda estrategia se dirigieron hacia el norte quemando los sembríos y contaminando las fuentes de agua para que los acosara el hambre y la sed, hasta que los condujeron al Río Caliente donde fueron sepultados por rocas milenarias que, a quienes quedaron vivos, entre ellos Auqui Toma, los obligó a devolverse hacia su territorio vencidos y humillados.

Más acá en el tiempo el marques Francisco Pizarro, hizo que este territorio forme parte de la Gobernación de Popayán, concedida al Adelantado don Sebastián de Belalcázar en 1541 por parte del Emperador Carlos V.

La Gobernación se dividió en 14 tenencias y para cada una de ellas se designaba un corregidor y los encomenderos con asiento en Pasto solamente hacían sus visitas a la Encomienda en las fiestas de San Juan y Navidad, para atender las peticiones de los moradores y recoger los tributos, siguiendo el modelo implantado por el Virrey del Perú Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete.

Los primeros encomenderos de Ipiales fueron don Hernando de Cepeda y su esposa doña Catalina de Belalcázar, quienes dirigieron la Encomienda desde 1565 hasta 1585, cuando pasó como a manera de herencia a su hijo Sebastián de Belalcázar y Cepeda, quien la mantuvo hasta su muerte en 1613.

El pueblo indiano de Ipiales, a la llegada de los conquistadores, estaba situado en la planicie de Puenes donde fue trasladado de orden superior por el Pbro. Andrés Moreno de Zúñiga y el capitán Diego de Benavides, quien se desempeñaba como Juez Promisorio de Tierras en la provincia de los Pastos. El padre Moreno de Zúñiga en asocio del capitán Diego de Benavides en el año de traslado, 1585, habían sido designados por el Cabildo Eclesiástico de Quito para dar misiones espirituales a los pastos y quillacingas. (Libro Verde. Quito.)

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DON PEDRO DE HENAO

 

Es menester rescatar para la historia comarcana a un personaje sumamente importante como fue el Indio Cuaiquer don Pedro de Henao, quien siendo el principal del pueblo de Ipiales, en el año de 1584 visitó al Rey Felipe II para entregarle un memorial que a su vez pasó a la Corte Española para que fueran atendidas sus peticiones.

Este pliego de peticiones reivindicatorias de los derechos de nuestros antepasados Pastos reposa en el Archivo General de Indias en Sevilla, año 1584, E-76, C-5, L-41 y en él formula una serie de acusaciones sobre el maltrato infligido, que se pueden resumir así:

1.- Maltrato a los indios a quienes sólo se les pagaba seis reales al mes.

2.- Él, como cacique, tenía el cargo de juntar los indios para que sirvan a los españoles y muchas veces por faltas leves de los indios les han dado molestias y echado presos, por esto los indios se van con sus hijos y sus mujeres.

 3.- Los españoles no dejan “reposar las tierras”, costumbre de los aborígenes para no enflaquecer los terrenos. En ese interim (sic), los españoles los tomaban como suyos.

4.- Sobre el tributo a pagar que es abundante, pesado e incómodo de llevar, dada la distancia de veinte leguas a la redonda de las Fundaciones Españolas, y que con las gallinas y mantas debían llevar a cuestas, por lo cual debían abandonar sus casas. Esto proporcionaba grandes sufrimientos a los nativos, y así la Corona perdía sus vasallos y tributos. Por tanto, pedía al Rey que los Renteros fueran en sus cabalgaduras a recoger los tributos.

5.- Don Pedro suplica que se restablezca a los frailes franciscanos “que antes había”, porque tienen construida una iglesia de piedra, cal y canto y sólo le faltan los ornamentos y otras cosas para celebrar los oficios divinos.

6.- Acusa a los clérigos seculares del mal trato y las ofensas que hacen a los indios en las plazas y ruega le haga la merced de volver a la iglesia a los frailes franciscanos porque ellos no solamente enseñan la doctrina sino a leer y escribir y dan buenos ejemplos, y nunca cobran por entierros y matrimonios. Respecto a los franciscanos, se anota que ellos acompañaron a los conquistadores y adoctrinaron, después de los sacerdotes seculares, a los indígenas de Ipiales, Iles y de otros pueblos. Estos dependían de la Provincia de Quito, la cual abarcaba toda la Gobernación de Popayán.

Don Pedro hablaba de Ipiales como fundación en “donde viven los renteros o encomenderos”, lo que indica que en esa época (1584) ya habitaban españoles en la fundación. Esto, hecha (sic) por tierra toda hipótesis de que Ipiales “en 1605 no existía en calidad de fundación”.

En ese caso los indios estaban en los alrededores y los españoles en Ipiales; la Audiencia de Quito mediante ordenanzas obligaba a vivir a los indios veinte leguas a la redonda de las fundaciones y este es el origen de los 21 pueblos de los alrededores de Pasto.

El Rey, una vez visto el memorial de peticiones, confirma a don Pedro de Henao como cacique de Ipiales y Potosí y el 31 de julio de 1584 ordena se estudie el memorial petitorio para que don Pedro pueda regresar “en la flota a tierra firme” mediante la nota del 18 de agosto de 1584.

La Corte cumplió las órdenes reales y asignó a don Pedro dineros para el regreso y 500 ducados para “llevar ornamentos y cálices para el pueblo de Ypiales donde reside”, y además, una cédula para que no haya servicios personales de indios y la designación de “un maestro de hacer azulejos y organista, casados, con sus mujeres e hijas”, lo cual hizo de su viaje un caso muy singular. Igualmente el hecho de conseguir un maestro en el vidriado denota que don Pedro fue el impulsor de la industria de fabricar platos, tazas, jarros y ollas a la manera española.

Cabe anotar que don Pedro de Henao se educó en el Colegio de San Juan Evangelista de Quito, donde fue compañero de los hijos de importantes caciques. Más tarde este colegio tomó el nombre de San Andrés, donde se enseñaba a leer, escribir, interpretar instrumentos y cantar. En él se formaron Francisco Patauchi Inga, hijo de Atahualpa; Jerónimo Puento, hijo del cacique de Cayambe; Alonso Ango, hijo del cacique de Otavalo y Pedro de Henao, hijo del cacique de Potosí e Ipiales.

El 28 de mayo de 1574 la Audiencia de Quito nombró a don Pedro de Henao Gobernador del cacicazgo de Ipiales, por petición de don Francisco Flallanues y don Juan Pircues a nombre de los naturales de Ipiales, que lo querían como sucesor de don Gabriel Chillaban, quien había muerto siendo Gobernador con nombramiento de la misma Audiencia, y porque siendo nativo de Ipiales, desde 1562 se desempeñaba como de Maestro de Capilla en la Iglesia y había formado un coro de cantores a quienes enseñó a tocar el órgano y ejecutar algunos instrumentos.

EL GRITO DE LIBERTAD EN IPIALES – ANTONIO SARASTI Y ANTE

 

Como bien dilucidó en su oportunidad el distinguido historiador pastuso Doctor Sergio Elías Ortíz, “Don Antonio Sarasti y Ante era natural de Popayán, pero se había radicado unas veces en Pasto, donde desempeñó los cargos de alcalde de segunda nominación, en 1805; alcalde primer voto en 1806, y alcalde mayor provincial, en 1807; otras en Barbacoas, con el empleo de oficial real de minas, en 1791, y casi siempre en la nación de los Pastos donde fue corregidor, protector de naturales y recaudador de tributos

“La primera vez que se hace notoria la actuación de Sarasti como hombre de ideas propias, totalmente en contradicción con las de su época, fue precisamente el día del levantamiento de los pueblos de Túquerres, Guaytarilla, Sapuyes y otros contra el decreto de recudimiento de diezmos y contra los desventurados hermanos Rodríguez Clavijo. Sarasti estaba en esos días en Túquerres, en funciones de administrador de tributos de la provincia de los Pastos y vivía en la misma casa de don Francisco Rodríguez Clavijo, por nexos de parentesco, ya que su madre, doña Joaquina Ante, se había casado en segundas nupcias con éste…

  “…Sarasti fue nombrado por el gobernador Tacón, en los momentos angustiosos de la revolución de Quito, como teniente suyo en Pasto y su distrito y cómo luego prescindió de él para nombrar a otra persona que ejecutaba mejor sus órdenes y cómo, también, don Francisco, desde los Pastos, aconsejó al cabildo de Pasto transar con los de Quito que venían a pacificar estas regiones.

Ya desde entonces estaba él con la Junta de Quito y más adelante, en 1810, habiendo sabido lo del grito de Santa Fe de Bogotá, el 20 de julio, y el establecimiento de la Junta Suprema allí, no esperó más para sublevar él, a su vez, la Provincia de los pastos de la cual era en ese entonces teniente de gobernador y corregidor de naturales…

Que Sarasti sublevó la Provincia de los Pastos contra la monarquía y que de ellos dejó constancia en una especie de acta, con su firma y la de muchas personas de Ipiales y los pueblos de su contorno, excepto Pupiales que se negó a tomar parte en la rebeldía, es un hecho cierto, como lo comprueban documentos fehacientes que el historiador Ildefonso Díaz del Castillo descubrió en los libros del cabildo de Pasto y que insertaremos aquí para mayor claridad del hecho, no sin advertir que el grito de independencia de Sarasti y sus partidarios debió darse en los primeros días de septiembre de 1810, es decir, sería de las primeras manifestaciones de inconformidad de los pueblos del Virreinato de la Nueva Granada, con el agravante de que el acta que se firmó de esa manifestación debió estar concebida en términos tales que mereció de las autoridades realistas una condenación total por ser “una acción tan negra y criminal” y “manejo indecente…

 “Como esa acta no ha podido ser encontrada en los archivos por más diligencias que se han hecho en su búsqueda, vamos a reconstruir los hechos y el sentido de la rebelión con los mismos documentos que los condenaron: sabemos que en Popayán, a raíz del grito del 20 de julio en Santa Fe y la formación de una junta suprema de gobierno, se formó otra, a instancias de la ciudadanía de allí, con el nombre de Junta de Seguridad Pública, bajo la presidencia obligada de Tacón.

Esta junta, según parece, se dirigió  don Francisco Antonio Sarasti que a la sazón desempeñaba el cargo de corregidor interino de naturales de la Provincia de los Pastos, con el objeto de recomendarle que tratara con el ayuntamiento de Pasto sobre sus ideas respecto de los acontecimientos que estaba sucediéndose en el virreinato, conociendo como conocían los de la junta las tendencias de Sarasti y su recia personalidad, pero éste, que bien sabía que no era persona grata al cabildo de Pasto, resolvió partir por camino propio y mediante una reunión que provocó de todos los pueblos de los Pastos, con excepción de Pupiales, que se negó rotundamente a tomar parte en movimiento tan peligroso para su lealtad al rey, creó su junta aparte y redactó una declaración que fue autorizada con la firma de numerosos vecinos , en que, seguramente, se invocaba lo actuado en Santa Fe y en Popayán, se desconocía la autoridad del virrey  y del gobernador de Popayán, se expresaba “el deseo de ver extinguidas todas las autoridades”, con una nueva constitución aprobada por todos los pueblos de la gobernación de Popayán y se daba una interpretación lógica a las actuaciones del comisario regio, don Carlos Montúfar. Entre las personas que residían en los Pastos, sólo dos se negaron a firmar el acta, los eclesiásticos Eusebio Mejía y Juan de Santacruz.

“Sabedor el cabildo de Pasto del paso atrevidísimo dado por Sarasti, se dirigió a Tacón y a la junta de seguridad de Popayán haciéndole saber estos hechos y la condenación que le merecían. Como era natural de Popayán cayó el anatema contra Sarasti y sus seguidores, pero haciéndolo a él sólo responsable único del intento de separación. He aquí los documentos:

  “Sala consistorial de la junta de seguridad pública de Popayán. Septiembre 21 de 1810.

 “Señores del muy ilustre cabildo, justicia y regimiento de la ciudad de Pasto.

“Esta junta ha recibido el oficio de usía muy ilustre de 13 del corriente, y al ver que don Francisco Sarasti, a quien había recomendado para tratar con ese ilustre cuerpo y exponerle sus ideas es el que ha promovido la desmembración de la Provincia de los Pastos por medio de la farsa que ha hecho en Ipiales, no ha podido contener los justos sentimientos que inspira una acción tan negra y  criminal. Jamás creyó esta junta que llegaría el caso de hacer en nombre del rey y de la patria reconvenciones tan amargas a un hombre en quien confiaba para que contribuyese a su misma tranquilidad. Pero ya que la ambición, este ídolo de los hombres vulgares, ha producido la funesta separación del territorio que Sarasti ha arrancado de la dependencia política de esa ilustre ciudad, es necesario que los hombres generosos y que sólo miran al bien común, contengan con su prudencia y sus virtudes, las pasiones feroces y crueles que quieran levantar la cabeza en una crisis tan peligrosa y hacer reinar la anarquía sobre la ruina y los escombros de los pueblos demolidos por el desorden. “Dios guarde a usía muy ilustre muchos años. “Miguel Tacón – Antonio Arboleda – Andrés Marcelino Pérez de Valencia – José María Mosquera – Mariano Lemos – Manuel de Dueñas – Francisco Antonio de Ulloa, secretario”.   

Claramente se ve en la comunicación anterior la mano de Tacón bajo cuya sugestión se movía la medrosa junta de seguridad de Popayán, pero quiso él en comunicación aparte, hacer saber al ayuntamiento de Pasto, la tremenda condenación que había dirigido a Sarasti.

“Popayán, 21 de septiembre de 1810

“Muy ilustre cabildo, justicia y regimiento de la ciudad de Pasto.

 “Con esta fecha digo al corregidor interino de la Provincia de los Pastos, don Francisco Antonio Sarasti, lo que sigue:

“…Acaba de ver este gobierno, con la más justa indignación, la escandalosa pública conducta de usted, que en medio de la necedad y falta de principios que la envuelven, se descubre muy bien un ánimo revolucionario y turbativo del buen orden, contrario a la debida lealtad al soberano en la persona de sus magistrados y destructor de la tranquilidad pública.

“Tal vez merecería usted otra consideración, si sólo la ignorancia asociada comúnmente del orgullo pudiese disculpar la novedad con que ha procurado alarmar la quietud de esa Provincia de los Pastos que se hallaba, provisionalmente, al cargo de usted, provocándola a una intempestiva independencia de la soberanía, o a rebelarse contra ella, que es lo mismo en las presentes circunstancias y estado actual de cosas. “Pero se advierte que al mismo tiempo que usted se ciega voluntariamente para no ver la subsistencia de este gobierno en la plenitud de sus funciones, abre su corazón al deseo de ver extinguidas todas las autoridades… Bien veo que esta unidad, cuyos vínculos son sagrados, y que no pueden romperse sin faltar a los deberes más santos de la sociedad, no están al alcance de la limitación de usted; pero convencido de ella, no deba haber tratado de preocupar y sorprender la sencillez, la inocencia de los miserables labradores de esa Provincia. Porque usted no podrá alucinar con la numerosa lista de nombres que ha suscrito la acta (sic) forjada por usted mismo, a quien conozca personalmente, como yo, las cualidades de esos infelices campesinos. Estoy seguro que la mayor parte no ha sabido lo que ha firmado, y que a muchos de ellos se les ha suplido sus nombres.

 “Conozco que la ambición es la que lo ha precipitado para entregar la acta (sic) encendida de la sedición en las manos de esos habitantes, para que luego pongan en combustión sus pueblos. Sabía usted que de mi orden iba a posesionarse del corregimiento don José Nicolás de Uriguen, en virtud del nombramiento que obtuvo del excelentísimo señor virrey. Siente usted dejar este empleo que obtenía provisionalmente, y he aquí el fundamento para publicar destituida la superioridad del jefe del reino, hasta en sus efectos; refundir en ese pueblo la autoridad soberana, desmembrarle de este gobierno y hacerle adoptar una nueva Constitución.

 “Si usted no profanase el sagrado de la religión, no abusaría de sus respetable nombre para autorizar la farsa ridícula de la dimisión de su empleo que temía perder y que deseaba conservar por la intriga y por un manejo indecente como éste; pero convénzase usted que no va a traerle otras ventajas que su ruina, en que envolverá usted a muchos desgraciados, si con una conducta reaccional y arreglada no repara los excesos cometidos; pues a nombre del rey y de la patria le requiero para que reponga esa Provincia en su anterior sin embarazar a don Nicolás de Uriguen con ningún pretexto la posesión del corregimiento; haciéndolo responsable en caso contrario de todos los perjuicios posteriores a que dé lugar el escándalo, y consiguientes  las medidas indispensables que voy a tomar para restablecer el buen orden turbado por usted; a cuyo efecto comunico las prevenciones correspondientes al ilustre cabildo de Pasto.

 “Y estando plenamente satisfecho este gobierno de la integridad, celo y prudencia del ilustre teniente de gobernador, cabildo, justicia y regimiento de esa siempre leal ciudad, espera ver conseguido por medio de su eficacia el restablecimiento del buen orden, turbado en la citada Provincia de los Pastos, usando para ello de todos los medios que dicte la prudencia, a quien podría contribuir en mucha parte el influjo del virtuoso vicario eclesiástico, doctor don Eusebio Mejía, cura de Túquerres, doctor don Juan de Santacruz, como de los demás eclesiásticos recomendables de aquella provincia; y en el caso de que la obstinación de Sarasti y sus partidarios, obligue a usar de la fuerza y sea necesario contar con la del capitán Francisco Gregorio de Angulo, que se halla pronto a regresar a esta ciudad de la de Quito, con dos compañías de milicias y una fija de infantería se procederá con su acuerdo para que unidas las de esa guarnición, se repare el trastorno acaecido, sin efusión de sangre, que debe evitarse por cuanto medios y arbitrios sean posibles. “Dios guarde a usía muchos años. Miguel Tacón”.

 “Días después se presentó don José Nicolás de Uriguen a tomar posesión del cargo de corregidor de los Pastos, con notas de la junta de seguridad y de Tacón para el cabildo de Pasto a fin de que se lo auxiliase con la fuerza del caso para que pudiera entrar al territorio de su mando.

 Tal fuerza le fue proporcionada al mando del capitán don Blas de la Villota, y contra todo lo que era de esperarse, dada la actitud rebelde de Sarasti y los suyos, no hubo resistencia de su parte, pues sin armas y constreñidos por el sur con las milicias de Angulo y por el norte con la escolta de Villota, aceptaron al nuevo corregidor.

Sarasti debió marcharse antes de ser apresado a ocultarse en alguna hacienda, a esperar los acontecimientos que no tardaron en buscarlo, con motivo de las nuevas ocurrencias de Quito que dieron la presidencia del gobierno al conde Ruiz de Castilla y lo restituyeron a su cargo de corregidor con la fuga de Uriguen hacia Barbacoas después de nueve meses de gobierno en los Pastos, según el siguiente documento aportado también por Díaz del Castillo:

Es esta la última actualización que hemos encontrado del prócer don Francisco Antonio Sarasti, figura tan interesante cuanto olvidada en los anales patrios, donde merece un puesto de honor, como uno de los insurgentes más calificados.

Nada sabemos de sus últimos años. Seguramente fue llamado a Quito por los patriotas, como él lo solicitaba, a “otros empleos con sus servicios y circunstancias”, como dice la comunicación anterior. Allí debió encontrarlo la reconquista de Montes y quizá durante este nuevo dominio español terminó su vida pública.

(Texto tomado del libro “Agustín Agualongo y su Tiempo”, de Sergio Elías Ortiz,  Edición El Otro y Colección La Otra Memoria. Págs… 88 a 101.)

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