Ipiales desobedeció al país: el voto por Cepeda ratificó la vieja rebeldía electoral del sur
Mientras Colombia eligió presidente a Abelardo de la Espriella, en Ipiales las urnas contaron otra historia: Iván Cepeda no solo mantuvo la ventaja de la primera vuelta, sino que la amplió en segunda. Más que una victoria del Pacto Histórico, el resultado confirmó una tradición política de Nariño e Ipiales: respaldar en presidenciales a candidaturas alternativas, sin importar el partido que las represente...

La segunda vuelta presidencial dejó en Ipiales una lectura política de alto calibre. Mientras la mayoría del país se inclinó por Abelardo de la Espriella, en el municipio fronterizo ocurrió exactamente lo contrario: Iván Cepeda no solo conservó la ventaja que había construido en primera vuelta, sino que la ensanchó con una votación contundente, consolidando un resultado que desborda la simple disputa entre dos campañas. Lo que hablaron las urnas en esta ciudad del sur fue, sobre todo, la persistencia de una identidad electoral que desde hace años vota distinto al país y se inclina por opciones alternativas cuando se trata de elegir presidente.

Ipiales volvió a votar en contravía del país

La elección presidencial dejó en Ipiales una de las postales políticas más reveladoras del sur del país. Mientras Colombia terminó eligiendo a Abelardo de la Espriella como nuevo presidente, en este municipio de frontera la mayoría del electorado ratificó su respaldo a Iván Cepeda, marcando una distancia clara frente al veredicto nacional.

No se trató de un simple triunfo local ni de una curiosidad estadística. Lo que ocurrió en Ipiales fue la confirmación de una línea política sostenida entre la primera y la segunda vuelta, una señal de que aquí el voto no se movió al ritmo de la ola nacional, sino de una lógica propia, más vinculada a la historia electoral de Nariño que al clima político que terminó imponiéndose en el resto del país.

En primera vuelta, Cepeda ya había marcado una ventaja amplia en Ipiales con 35.198 votos, equivalentes al 62,58 %, frente a 14.914 sufragios de Abelardo de la Espriella, el 26,51 %. Pero el dato de fondo es que esa ventaja no se redujo en la definición final. Por el contrario, en segunda vuelta el candidato alternativo fortaleció su dominio en el municipio, con 48.510 votos, el 71,85 %, mientras De la Espriella obtuvo 18.284 votos, el 27,08 %.

La lectura es contundente: Ipiales no corrigió su voto entre una vuelta y otra; lo reafirmó y lo profundizó.

No fue solo un triunfo del Pacto Histórico

Una lectura rápida podría atribuir el resultado exclusivamente a la capacidad de movilización de los sectores del Pacto Histórico en Ipiales y en Nariño. Sin embargo, esa explicación se queda corta frente a un fenómeno político mucho más profundo.

Lo ocurrido en las urnas no puede entenderse únicamente como una victoria partidista ni como el efecto de una campaña coyuntural. El voto mayoritario por Cepeda también respondió a una tradición electoral de larga data en Nariño y en Ipiales: la de respaldar, en elecciones presidenciales, candidaturas alternativas, de oposición o alejadas del establecimiento, independientemente del partido, movimiento o coalición que las represente.

Ese rasgo no es nuevo. A lo largo de distintos procesos presidenciales, el sur del país ha mostrado una inclinación persistente por opciones que encarnan ruptura, cambio o distancia frente a las élites tradicionales del poder nacional. Por eso, reducir la victoria de Cepeda al solo peso del Pacto Histórico sería desconocer una realidad histórica del electorado nariñense: en esta región, el voto alternativo suele tener raíces más profundas que una sola organización política.

Un electorado que no se dejó arrastrar por la ola nacional

Si algo quedó claro en esta elección es que Ipiales no se dejó arrastrar por la corriente que terminó imponiéndose en Colombia. Mientras en otras regiones la segunda vuelta reconfiguró apoyos y concentró votos alrededor de la candidatura de De la Espriella, en este municipio la tendencia fue otra: la ventaja de Cepeda no solo resistió, sino que se amplió.

Eso revela un comportamiento electoral con varias claves. La primera, que existe en Ipiales una base política sólida y estable para las candidaturas alternativas. La segunda, que el voto de sectores que en primera vuelta apoyaron otras opciones no terminó trasladándose de manera masiva hacia la candidatura de derecha. Y la tercera, quizá la más importante, es que el electorado local no votó únicamente por cálculo coyuntural, sino desde una memoria política propia, con identidad regional y una clara distancia frente a los proyectos del establecimiento nacional.

En otras palabras, Ipiales votó con historia. No con el ruido del momento, sino con una tradición política que ha hecho del respaldo a candidaturas distintas al poder tradicional una forma de expresión democrática y, también, de resistencia frente al centralismo.

La frontera habló con voz propia

El contraste entre el resultado local y el nacional no es un dato menor: es, en realidad, el corazón político de esta elección. Porque mientras Colombia eligió a De la Espriella, Ipiales dejó claro que su lectura del país va por otro camino.

Aquí pesó más la sensibilidad social, la tradición de voto alternativo y la desconfianza histórica frente al establecimiento que la narrativa de orden, autoridad y confrontación que terminó capitalizando la candidatura ganadora a nivel nacional. En ese sentido, la ciudad no solo votó por Cepeda: volvió a marcar una frontera política con el país central.

Ese mensaje no debería pasar inadvertido para el nuevo gobierno. Lo ocurrido en Ipiales y en buena parte de Nariño confirma que en el sur sigue viva una ciudadanía que no se siente plenamente representada por las corrientes dominantes del poder nacional y que, elección tras elección, mantiene una inclinación por proyectos alternativos, progresistas o de oposición, más allá de la etiqueta partidista que los cobije.

Más que una votación, una advertencia política

La segunda vuelta presidencial dejó, entonces, una conclusión de alto voltaje político: la victoria de Iván Cepeda en Ipiales no fue únicamente el resultado de una campaña exitosa ni del trabajo territorial del Pacto Histórico. Fue, además, la reafirmación de una cultura electoral que en Nariño y en Ipiales lleva años expresándose en favor de candidaturas alternativas, como una forma de tomar distancia del establecimiento y de votar distinto al libreto nacional.

Mientras Colombia giró hacia Abelardo de la Espriella, Ipiales volvió a plantarse en la otra orilla. No por accidente ni por capricho, sino por una tradición política que sigue viva en el sur y que, una vez más, convirtió a las urnas en un mensaje de fondo: en esta frontera el poder nacional no gana legitimidad automática, y el voto alternativo sigue siendo mucho más que una coyuntura electoral.

El voto presidencial no anticipa, por sí solo, la disputa por la Alcaldía

Sin embargo, la contundencia del respaldo que obtuvo el progresismo en Ipiales durante las elecciones presidenciales no puede leerse automáticamente como un anticipo del comportamiento electoral que tendría el municipio en unos comicios locales. Que una mayoría haya acompañado a Iván Cepeda en la contienda por la Casa de Nariño no significa, necesariamente, que ese mismo electorado esté dispuesto a entregarle la Alcaldía a un proyecto político identificado con el progresismo o con los movimientos alternativos.

La historia reciente de la política local muestra que el voto presidencial y el voto para alcaldías suelen responder a lógicas distintas. Mientras en las elecciones nacionales una parte importante del electorado ipialeño y nariñense ha tendido a respaldar candidaturas alternativas como forma de oposición al establecimiento y de afirmación de una identidad política regional, en el escenario municipal pesan otros factores: la gestión concreta de los gobiernos locales, los liderazgos personales, las redes políticas, la capacidad de ejecución y, sobre todo, la memoria que dejan las administraciones anteriores.

Y en ese terreno, los movimientos alternativos también cargan con un desgaste. En Ipiales, la experiencia local ha dejado en un sector del electorado una sensación de frustración frente a proyectos que llegaron al poder bajo la bandera del cambio, pero que no lograron cumplir las expectativas o terminaron reproduciendo prácticas que decían combatir. Esa decepción ha erosionado la confianza en la posibilidad de que lo alternativo, por sí solo, represente una garantía de buen gobierno en el ámbito municipal.

Por eso, si bien el resultado presidencial confirma que en Ipiales sigue existiendo una base social y política receptiva a los discursos progresistas y alternativos, ese capital electoral no debería confundirse con una plataforma automática para conquistar la Alcaldía. La política local tiene sus propias reglas, sus propias heridas y sus propias desconfianzas. Y en ese escenario, el progresismo todavía tendría que demostrar que puede traducir el respaldo simbólico de una elección nacional en una propuesta de gobierno creíble, competitiva y capaz de reconciliarse con un electorado que ya ha conocido, de cerca, las promesas incumplidas del cambio.

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