Ipiales desobedeció al país: el voto por Cepeda ratificó la vieja rebeldía electoral del sur

Ipiales desobedeció al país: el voto por Cepeda ratificó la vieja rebeldía electoral del sur

Ipiales desobedeció al país: el voto por Cepeda ratificó la vieja rebeldía electoral del sur

La segunda vuelta presidencial dejó en Ipiales una lectura política de alto calibre. Mientras la mayoría del país se inclinó por Abelardo de la Espriella, en el municipio fronterizo ocurrió exactamente lo contrario: Iván Cepeda no solo conservó la ventaja que había construido en primera vuelta, sino que la ensanchó con una votación contundente, consolidando un resultado que desborda la simple disputa entre dos campañas. Lo que hablaron las urnas en esta ciudad del sur fue, sobre todo, la persistencia de una identidad electoral que desde hace años vota distinto al país y se inclina por opciones alternativas cuando se trata de elegir presidente.

Ipiales volvió a votar en contravía del país

La elección presidencial dejó en Ipiales una de las postales políticas más reveladoras del sur del país. Mientras Colombia terminó eligiendo a Abelardo de la Espriella como nuevo presidente, en este municipio de frontera la mayoría del electorado ratificó su respaldo a Iván Cepeda, marcando una distancia clara frente al veredicto nacional.

No se trató de un simple triunfo local ni de una curiosidad estadística. Lo que ocurrió en Ipiales fue la confirmación de una línea política sostenida entre la primera y la segunda vuelta, una señal de que aquí el voto no se movió al ritmo de la ola nacional, sino de una lógica propia, más vinculada a la historia electoral de Nariño que al clima político que terminó imponiéndose en el resto del país.

En primera vuelta, Cepeda ya había marcado una ventaja amplia en Ipiales con 35.198 votos, equivalentes al 62,58 %, frente a 14.914 sufragios de Abelardo de la Espriella, el 26,51 %. Pero el dato de fondo es que esa ventaja no se redujo en la definición final. Por el contrario, en segunda vuelta el candidato alternativo fortaleció su dominio en el municipio, con 48.510 votos, el 71,85 %, mientras De la Espriella obtuvo 18.284 votos, el 27,08 %.

La lectura es contundente: Ipiales no corrigió su voto entre una vuelta y otra; lo reafirmó y lo profundizó.

No fue solo un triunfo del Pacto Histórico

Una lectura rápida podría atribuir el resultado exclusivamente a la capacidad de movilización de los sectores del Pacto Histórico en Ipiales y en Nariño. Sin embargo, esa explicación se queda corta frente a un fenómeno político mucho más profundo.

Lo ocurrido en las urnas no puede entenderse únicamente como una victoria partidista ni como el efecto de una campaña coyuntural. El voto mayoritario por Cepeda también respondió a una tradición electoral de larga data en Nariño y en Ipiales: la de respaldar, en elecciones presidenciales, candidaturas alternativas, de oposición o alejadas del establecimiento, independientemente del partido, movimiento o coalición que las represente.

Ese rasgo no es nuevo. A lo largo de distintos procesos presidenciales, el sur del país ha mostrado una inclinación persistente por opciones que encarnan ruptura, cambio o distancia frente a las élites tradicionales del poder nacional. Por eso, reducir la victoria de Cepeda al solo peso del Pacto Histórico sería desconocer una realidad histórica del electorado nariñense: en esta región, el voto alternativo suele tener raíces más profundas que una sola organización política.

Un electorado que no se dejó arrastrar por la ola nacional

Si algo quedó claro en esta elección es que Ipiales no se dejó arrastrar por la corriente que terminó imponiéndose en Colombia. Mientras en otras regiones la segunda vuelta reconfiguró apoyos y concentró votos alrededor de la candidatura de De la Espriella, en este municipio la tendencia fue otra: la ventaja de Cepeda no solo resistió, sino que se amplió.

Eso revela un comportamiento electoral con varias claves. La primera, que existe en Ipiales una base política sólida y estable para las candidaturas alternativas. La segunda, que el voto de sectores que en primera vuelta apoyaron otras opciones no terminó trasladándose de manera masiva hacia la candidatura de derecha. Y la tercera, quizá la más importante, es que el electorado local no votó únicamente por cálculo coyuntural, sino desde una memoria política propia, con identidad regional y una clara distancia frente a los proyectos del establecimiento nacional.

En otras palabras, Ipiales votó con historia. No con el ruido del momento, sino con una tradición política que ha hecho del respaldo a candidaturas distintas al poder tradicional una forma de expresión democrática y, también, de resistencia frente al centralismo.

La frontera habló con voz propia

El contraste entre el resultado local y el nacional no es un dato menor: es, en realidad, el corazón político de esta elección. Porque mientras Colombia eligió a De la Espriella, Ipiales dejó claro que su lectura del país va por otro camino.

Aquí pesó más la sensibilidad social, la tradición de voto alternativo y la desconfianza histórica frente al establecimiento que la narrativa de orden, autoridad y confrontación que terminó capitalizando la candidatura ganadora a nivel nacional. En ese sentido, la ciudad no solo votó por Cepeda: volvió a marcar una frontera política con el país central.

Ese mensaje no debería pasar inadvertido para el nuevo gobierno. Lo ocurrido en Ipiales y en buena parte de Nariño confirma que en el sur sigue viva una ciudadanía que no se siente plenamente representada por las corrientes dominantes del poder nacional y que, elección tras elección, mantiene una inclinación por proyectos alternativos, progresistas o de oposición, más allá de la etiqueta partidista que los cobije.

Más que una votación, una advertencia política

La segunda vuelta presidencial dejó, entonces, una conclusión de alto voltaje político: la victoria de Iván Cepeda en Ipiales no fue únicamente el resultado de una campaña exitosa ni del trabajo territorial del Pacto Histórico. Fue, además, la reafirmación de una cultura electoral que en Nariño y en Ipiales lleva años expresándose en favor de candidaturas alternativas, como una forma de tomar distancia del establecimiento y de votar distinto al libreto nacional.

Mientras Colombia giró hacia Abelardo de la Espriella, Ipiales volvió a plantarse en la otra orilla. No por accidente ni por capricho, sino por una tradición política que sigue viva en el sur y que, una vez más, convirtió a las urnas en un mensaje de fondo: en esta frontera el poder nacional no gana legitimidad automática, y el voto alternativo sigue siendo mucho más que una coyuntura electoral.

El voto presidencial no anticipa, por sí solo, la disputa por la Alcaldía

Sin embargo, la contundencia del respaldo que obtuvo el progresismo en Ipiales durante las elecciones presidenciales no puede leerse automáticamente como un anticipo del comportamiento electoral que tendría el municipio en unos comicios locales. Que una mayoría haya acompañado a Iván Cepeda en la contienda por la Casa de Nariño no significa, necesariamente, que ese mismo electorado esté dispuesto a entregarle la Alcaldía a un proyecto político identificado con el progresismo o con los movimientos alternativos.

La historia reciente de la política local muestra que el voto presidencial y el voto para alcaldías suelen responder a lógicas distintas. Mientras en las elecciones nacionales una parte importante del electorado ipialeño y nariñense ha tendido a respaldar candidaturas alternativas como forma de oposición al establecimiento y de afirmación de una identidad política regional, en el escenario municipal pesan otros factores: la gestión concreta de los gobiernos locales, los liderazgos personales, las redes políticas, la capacidad de ejecución y, sobre todo, la memoria que dejan las administraciones anteriores.

Y en ese terreno, los movimientos alternativos también cargan con un desgaste. En Ipiales, la experiencia local ha dejado en un sector del electorado una sensación de frustración frente a proyectos que llegaron al poder bajo la bandera del cambio, pero que no lograron cumplir las expectativas o terminaron reproduciendo prácticas que decían combatir. Esa decepción ha erosionado la confianza en la posibilidad de que lo alternativo, por sí solo, represente una garantía de buen gobierno en el ámbito municipal.

Por eso, si bien el resultado presidencial confirma que en Ipiales sigue existiendo una base social y política receptiva a los discursos progresistas y alternativos, ese capital electoral no debería confundirse con una plataforma automática para conquistar la Alcaldía. La política local tiene sus propias reglas, sus propias heridas y sus propias desconfianzas. Y en ese escenario, el progresismo todavía tendría que demostrar que puede traducir el respaldo simbólico de una elección nacional en una propuesta de gobierno creíble, competitiva y capaz de reconciliarse con un electorado que ya ha conocido, de cerca, las promesas incumplidas del cambio.

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Por : Eduardo David Chalapud Narváez

Hay momentos en la historia en los que dos mundos, aparentemente lejanos, se encuentran. Eso fue lo que ocurrió recientemente en el Vaticano: el líder espiritual de más de mil millones de personas dialogando, cara a cara, con Christopher Olah cofundador de anthropic, uno de los protagonistas del desarrollo de la inteligencia artificial. No es una escena menor. Es, en muchos sentidos, una señal de época.

En ese mismo contexto, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnífica Humanitas, un documento extenso y profundamente reflexivo que pone sobre la mesa una pregunta incómoda, pero urgente: ¿qué tipo de humanidad estamos construyendo en medio del avance tecnológico?

No es casualidad que este texto aparezca ahora. Tampoco lo es su nombre. León XIV parece mirar deliberadamente hacia atrás, hacia León XIII, quien en 1891 escribió Rerum Novarum para responder a los abusos de la Revolución Industrial. En aquel entonces, las máquinas transformaban el trabajo; hoy, los algoritmos están transformando la vida misma. Y, en ambos casos, la preocupación es la misma: la dignidad humana.

Uno de los aspectos más inquietantes del documento es su crítica a ciertas ideas que circulan con fuerza en los entornos tecnológicos más avanzados. La noción de que el ser humano puede ser optimizado, mejorado o incluso superado por la tecnología no es presentada como una promesa, sino como un riesgo. Porque cuando empezamos a ver a las personas como algo “mejorable”, también empezamos —casi sin darnos cuenta— a clasificarlas: más útiles, menos útiles, más valiosas, menos valiosas.

Y la historia ya nos ha mostrado hacia dónde pueden conducir esas formas de pensar. El Papa introduce entonces una idea que merece atención: la inteligencia artificial no es neutral. No es simplemente una herramienta. Es, también, una forma de poder. Quien la diseña, quien la controla, quien la orienta, tiene la capacidad de influir en cómo entendemos la realidad. Y eso cambia por completo la discusión. Ya no se trata solo de innovación o eficiencia, sino de responsabilidad.

Quizá por eso el documento insiste en que no basta con regular. Regular es necesario, claro, pero no suficiente. Si el desarrollo tecnológico sigue guiado únicamente por la competencia, el mercado o la lógica del dominio, cualquier regulación será apenas un paliativo. Lo que está en juego es más profundo: es el sentido mismo del progreso.

En medio de esta reflexión, hay tres preocupaciones concretas que el Papa pone sobre la mesa. La primera es el trabajo. No como salario, sino como parte esencial de la vida humana. Una sociedad donde unos pocos trabajan y muchos quedan relegados no solo es desigual, es también profundamente injusta.

La segunda preocupación son los niños. La exposición a contenidos generados por inteligencia artificial —violentos, manipulados o distorsionados— plantea riesgos reales para su desarrollo. No es una alarma exagerada; es un llamado a prestar atención. Y la tercera, quizá la más inquietante, es la guerra. La posibilidad de que máquinas tomen decisiones sobre la vida y la muerte ya no pertenece a la ciencia ficción. Es un escenario real que exige una reflexión ética urgente.

Pero hay algo más que, como lector latinoamericano, resulta imposible ignorar. Esta discusión, en el fondo, no es del todo nueva. Hace décadas, desde esta misma región, el llamado Modelo Bariloche ya cuestionaba una idea que hoy vuelve a ponerse en duda: que el desarrollo puede medirse únicamente en términos de eficiencia, crecimiento o avance tecnológico. Su apuesta era distinta, casi contracorriente: poner en el centro a las personas, a la equidad, a la dignidad.

Lo más interesante de todo esto es que el llamado no viene solo desde la Iglesia. Incluso dentro del mundo tecnológico empiezan a surgir voces que reconocen la necesidad de límites, de orientación, de criterios que no estén dictados únicamente por el mercado. Es como si, en medio de tanto avance, empezáramos a preguntarnos si realmente sabemos hacia dónde vamos. Porque, al final, esa es la cuestión de fondo.

La inteligencia artificial no es solo un tema técnico. Es una conversación sobre el tipo de sociedad que queremos ser. Sobre qué estamos dispuestos a aceptar y qué no. Sobre qué significa, en últimas, ser humano.

Magnífica Humanitas no rechaza la tecnología. Tampoco propone detener el progreso. Lo que hace es algo más complejo —y más necesario—: nos invita a pensar. A no dejarnos llevar únicamente por la fascinación o el miedo. A recordar que no todo lo que es posible es necesariamente deseable. Y, sobre todo, a no olvidar que la dignidad humana no debería estar nunca en discusión. En un mundo que avanza cada vez más rápido, quizá esa sea la reflexión más urgente de todas.

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La lucidez castigada: cuando pensar se vuelve incorrecto

La lucidez castigada: cuando pensar se vuelve incorrecto

La lucidez castigada: cuando pensar se vuelve incorrecto

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

En la novela Ensayo sobre la lucidez, José Saramago, premio Nobel de Literatura, plantea una pregunta que todavía incomoda: ¿qué pasa en una democracia cuando la ciudadanía deja de comportarse como se espera? La novela no responde con optimismo.

El detonante es un voto en blanco masivo. Sin protestas, sin líderes, sin agenda visible. Solo una decisión colectiva y silenciosa. Eso basta para que el Estado entre en crisis. Ahí está el núcleo del libro: el poder no teme la violencia tanto como teme a una ciudadanía que razona.

Las democracias formales tienen un límite que rara vez se menciona en voz alta. Funcionan mientras la participación se mueva dentro de los márgenes autorizados. Cuando alguien sale de esos márgenes —aunque sea pacíficamente o con argumentos— aparece el aparato: enemigos inventados, narrativas de miedo, campañas de deslegitimación. La democracia, en esos momentos, revela que no es un fin, sino una condición: participen, pero no demasiado.

Lo económico va en la misma dirección. Un ciudadano que cuestiona es alguien que exige cuentas, que pregunta cómo se distribuyen los recursos y que no acepta el gasto público como un dato dado. Eso introduce incertidumbre en estructuras que necesitan pasividad para sostenerse. La apatía social no es un fenómeno espontáneo; en muchos casos, es un resultado buscado.

Donde la novela golpea con más fuerza es en lo mediático. Saramago escribió esto en 2004, sin redes sociales ni algoritmos de personalización, y ya describía con precisión el mecanismo mediante el cual los Estados construyen versiones oficiales de la realidad para contrarrestar lo que la gente piensa. Hoy ese mecanismo es más veloz, más barato y mucho más difícil de rastrear. La represión dejó de necesitar uniformes; ahora llega como tendencia, como titular, como aquello que el algoritmo decide mostrar primero.

La pregunta que deja el libro no es si el poder reprime. Eso ya lo sabemos. La pregunta es por qué le aterra tanto que la gente piense. La respuesta es simple y tiene implicaciones serias: quien razona por su cuenta es impredecible, y lo impredecible no se gobierna con facilidad.

Esto no es solo literatura. Basta mirar cómo reacciona cualquier administración local cuando la ciudadanía empieza a cuestionar el nivel de los impuestos o la calidad de los servicios. La respuesta casi nunca consiste en abrir un espacio real de discusión técnica. Casi siempre es lo mismo: culpar al gobierno anterior, señalar a algún opositor como agitador o diluir el problema en factores externos que nadie puede controlar. No es incompetencia. Es una estrategia. Mientras la discusión gira en torno a los responsables del pasado, nadie tiene que responder por el presente.

Saramago no escribió una distopía de ciencia ficción. Escribió un diagnóstico. Y el problema que describe no es la inconformidad ciudadana —esa es sana, esa es necesaria—. El problema es que muchos sistemas de poder todavía no saben qué hacer cuando la gente decide pensar en voz alta, organizarse con argumentos y exigir respuestas concretas. Porque gestionar el consenso es fácil; gestionar una sociedad que pregunta, eso sí, cuesta.

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La Serenísima República

La Serenísima República

La Serenísima República

Por : Eduardo David Chalapud Narváez

Siquiera tenemos las palabras (2019) es el libro de Alejandro Gaviria, ingeniero civil, doctor en Economía y exministro de Salud, quien en ese momento era candidato a la presidencia. Su trayectoria profesional resulta más que pertinente para evocar lecturas previas que cobran vigencia en un contexto marcado, cada vez con mayor urgencia, por la necesidad de una cultura política sólida.

Su relato propone una comparación sumamente clara entre la literatura y la política, y reflexiona, por supuesto, sobre la legitimidad de los distintos actores que participan en los escenarios electorales.

En su texto, Gaviria trae a colación La Serenísima República, de Joaquim Machado de Assis, el cuento más célebre de uno de los escritores más importantes de América Latina. La conferencia inicia con referencia a una concurrida reunión cuyo propósito era revelar un descubrimiento: se puede influenciar el lenguaje fónico de las arañas —el idioma arácnido, una lengua rica y variada—. Esto se refleja en la capacidad del científico para incidir en el régimen social de estas criaturas, trasladando a ellas un experimento que replica las mismas creencias e instituciones legítimas de los seres humanos.

Dado que el régimen social es fundamental para la supervivencia de cualquier sistema, a esta nueva sociedad de arañas se le entregan las bases de un gobierno “idóneo”: una república a la manera de Venecia¹, mecanismo que, en algún momento, habría de complicar la paz, la convivencia y la disposición política de la anhelada sociedad de las arañas.

En el relato se establece un procedimiento electoral mediante el sistema de bolsas y bolas, cada una marcada con el nombre de un candidato. Su función representativa y democrática consistía en que cada año un “oficial de las extracciones” seleccionaría a los elegidos para el ejercicio de los distintos cargos de la administración pública.

De esta manera se desarticulan la elección por mayoría, la codicia y la pasión, y se cede el campo a la suerte y al buen juicio. El mecanismo se ejerció con la mayor atención y cautela. Así, la fabricación de la bolsa “fue una obra nacional… tejida por los mejores hilos, obra sólida y espesa” (Machado de Assis, 2013, p. 139).

Se conformaron cuatro partidos de arañas con sus respectivos aspirantes: el partido curvilíneo, cuya ideología sostiene que las telas deben tejerse con virtud y conocimiento, es decir, con hilos curvos; el partido rectilíneo, que pregona la justicia y la entereza, representadas con hilos rectos; un partido de centro, llamado, a conveniencia de sus integrantes, rectocurvilíneo; y un cuarto partido que lo niega todo.

La primera elección transcurrió con tranquilidad, pero uno de los encargados declaró que había sido viciada por la duplicación del nombre de uno de los candidatos en la bolsa. Verificada la denuncia, se determinó reducir el ancho de la bolsa.

En la segunda elección, un candidato fue omitido “por descuido” o “por distracción” de la bola correspondiente. Como la distracción no estaba penalizada —era, al fin y al cabo, una sociedad naciente—, se resolvió revocar la ley anterior y ampliar el ancho de la bolsa.

En la tercera elección se eligieron dos representantes, pero ambos fueron descalificados: al primero le faltaba la letra inicial en la inscripción de su bola, y al segundo le faltaba la letra final. Los afectados protestaron y la revisión del proceso determinó que el encargado de introducir las bolas en la bolsa había “viciado intencionalmente la ortografía de los nombres”. Para evitar nuevos contratiempos, se decretó que la bolsa sería confeccionada en forma de red, a fin de garantizar mayor transparencia y vigilancia.

En otra elección se buscó nombrar al representante encargado de recaudar las contribuciones; entre los candidatos estaban Caneca y Nebraska. La bola extraída fue la de Nebraska, pero le faltaba la última letra, lo cual dio pie para que Caneca, mediante un filólogo, argumentara que la bola elegida no decía Nebraska sino el nombre de su contrincante. A raíz de esta falla, se decretó modificar las dimensiones de la bolsa en “forma cilíndrica, triangular, cuarto lunar creciente”, entre otras formas.

Ya hastiados por las trampas sucesivas y las reformas que desviaban la atención del acto electoral —en virtud de la tendencia del individuo a maximizar su propio beneficio—, la sociedad de arañas y quienes confeccionaban la bolsa esperaban con paciencia la llegada de Ulises, sí, el de la sabiduría, quien con su prudencia habría de dictaminar una solución adecuada.

Las costumbres políticas se transforman bajo el manto de la democracia. Las reformas adoptadas no son más que soluciones provisionales en una sociedad acechada sin cesar por el espectáculo, la confrontación y el discurso de ajusticiar a quien no comparte las ideas de la mayoría ni de la minoría. Las normas se acomodan a los intereses de quienes las redactan y se adaptan a una ciudadanía cada vez más indiferente, agotada por la retórica. Quizás Ulises sea la solución.

La fábula de Machado de Assis no es solo un cuento sobre arañas: es un espejo en el que cualquier sociedad puede reconocerse. Su lección más profunda es que ninguna institución, por bien diseñada que esté, sobrevive a la deshonestidad de quienes la operan. Las bolsas, las bolas y las reformas sucesivas no eran el problema; el problema era la voluntad de engañar. Y esa voluntad no desaparece con más normas, sino con más ciudadanos dispuestos a exigir cuentas.

La democracia no se salva cambiando las reglas del juego cada vez que alguien las viola, sino formando personas que valoren el juego mismo. Leer literatura política —como lo hace Gaviria al rescatar este relato— es un ejercicio de lucidez ciudadana: nos recuerda que los vicios del poder tienen nombre, historia y solución, siempre que haya quienes, como Ulises, tengan la sabiduría de nombrarlos y el coraje de enfrentarlos.

La manera en que Venecia aseguraba su preponderancia regional consistía en una organización institucional al servicio de una oligarquía de mercaderes, cuyo objetivo era evitar que el poder recayera en un solo hombre —en ese caso, el príncipe— y excluir al pueblo del gobierno.

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Referencias

Gaviria, A. (2019). Joaquim Machado de Assis y la política. En Siquiera tenemos las palabras (2.ª ed., pp. 43–62). Ariel.

Machado de Assis, J. (2013). El alienista y otros relatos (1.ª ed.). Universidad Veracruzana.

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La fragmentación del tarjetón, síntoma de una democracia en tensión

La historia electoral reciente de Colombia muestra cómo, desde la Constitución de 1991, el número de aspirantes presidenciales ha oscilado entre escenarios relativamente compactos y momentos de dispersión. Las elecciones de 2014, 2018 y 2022 transcurrieron con ocho candidatos en primera vuelta, reflejo de coaliciones fuertes y estructuras partidistas más definidas. Sin embargo, 2026 rompió ese patrón.

Este año se inscribieron 14 candidatos, la cifra más alta desde 1994, cuando el tarjetón llegó a reunir 18 nombres. La diversidad de aspirantes expresa una democratización del acceso formal a la contienda, pero también una profunda crisis de representación: cada vez más figuras sienten que deben encarnar, por sí solas, agendas y demandas que los partidos dejaron de canalizar.

Aunque inicialmente fueron 14 los inscritos, dos de ellos se retiraron: Clara López, cuyo espacio aparece vacío en el tarjetón, y Luis Gilberto Murillo, cuya fotografía permanece porque su retiro se produjo cuando el material ya estaba impreso. Este detalle, inusual en la simbología electoral reciente, añade una complejidad adicional en la pedagogía del voto y en la interpretación ciudadana del tarjetón.

La multiplicidad de nombres no solo fragmenta la intención de voto; también dispersa el debate público, dificulta la comparación rigurosa de propuestas y fomenta la proliferación de candidaturas que operan más como plataformas personales que como proyectos de gobierno. Frente a este escenario, la ciudadanía debe ejercer un criterio más fino, evitando que el ruido sustituya a las ideas y que la saturación confunda los matices.

¿Qué ofrecen los aspirantes? Una lectura comparada de los programas

En esta campaña, analistas y académicos han advertido que los programas de gobierno han perdido relevancia real. Abundan los slogans y escasean los planes concretos. Aun así, las propuestas de los principales candidatos permiten identificar ciertas tendencias.

Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, plantea profundizar la agenda del gobierno saliente mediante tres “revoluciones”: ética, política y económica. Su programa se centra en justicia social, redistribución de la tierra, ampliación del Estado social y continuidad de la política de paz. Incluye, además, la regulación de cultivos ilícitos como alternativa en la lucha contra el narcotráfico y diversas medidas de transición ecológica.

Abelardo de la Espriella, aspirante de Defensores de la Patria, combina una postura de mano dura en seguridad con una visión económica liberal clásica. Propone megacárceles, medidas de choque contra el crimen organizado y un reordenamiento estatal para reducir el tamaño del Gobierno. En el campo económico plantea un modelo proempresa basado en desregulación, disminución de impuestos, flexibilización laboral y expansión petrolera y minera.

Paloma Valencia, del Centro Democrático, articula su campaña en torno a la seguridad ofensiva, la soberanía energética y la reactivación económica tradicional. Propone terminar con la política de “Paz Total”, restablecer estrategias militares más agresivas contra los grupos armados y fortalecer la cooperación con Estados Unidos. En el plano económico, plantea la expansión de hidrocarburos y minería regulada para financiar programas sociales.

Otros aspirantes, con menor fuerza en encuestas, formulan propuestas específicas en campos como la educación y la innovación (Sergio Fajardo), la transparencia y lucha anticorrupción (Claudia López) o la descentralización y fortalecimiento de economías regionales (Carlos Caicedo). También figuran candidaturas alternativas con enfoques ambientales, liberales o regionales, aunque con menor visibilidad.

Conclusión: El desafío democrático de elegir entre la abundancia

El tarjetón de 2026 refleja una época de tensiones profundas: desconfianza en los partidos, hiperpersonalización de la política, búsqueda de alternativas y crisis de representación. Y ahora, con dos candidaturas retiradas pero visibles de forma asimétrica, la contienda adquiere un matiz pedagógico crucial. Explicar, contextualizar y evitar la confusión es una tarea que recae tanto en los medios como en las instituciones electorales.

Elegir entre catorce nombres —aunque dos ya no sigan en carrera— exige más que marcar un recuadro. Exige discernir entre proyectos, leer más allá de los slogans y entender que los próximos años dependerán no solo del candidato seleccionado, sino de la claridad con la que el país logre interpretar este tarjetón inédito.

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¿Fue el 20 de julio de 1810 una verdadera independencia o el inicio de una nueva forma de ejercer el poder? En esta columna de opinión, Jhon Jairo de la Cruz plantea una lectura crítica de la historia colombiana, cuestionando la narrativa tradicional de la independencia y proponiendo que aquel hecho representó, más que una ruptura con el pasado colonial, la transición del poder de la monarquía española a la élite criolla. Una reflexión que invita al debate sobre los orígenes de la República, la desigualdad social y los desafíos históricos que aún enfrenta Colombia…

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El Tribunal Administrativo de Cundinamarca revocó el fallo de primera instancia y concedió la tutela a favor del Municipio de Ipiales, al determinar que el DNP vulneró la Constitución al embargar recursos inembargables del Sistema General de Participaciones. Aunque la administración celebra la decisión, persisten dudas sobre la deuda que originó el embargo, los recursos municipales que sí podrían ser embargables y la ausencia de una estrategia clara frente al cumplimiento de la obligación reclamada por el DNP…

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La jornada electoral del 31 de mayo llega marcada por el tarjetón más complejo en tres décadas: catorce candidatos inscritos, dos renuncias de última hora y una fragmentación política sin precedentes. En medio del vacío que dejó Clara López y la presencia aún impresa de Luis Gilberto Murillo, el país enfrenta una elección que exige claridad, información y responsabilidad ciudadana…

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El segundo debate del 22 de mayo reveló una nueva coalición mayoritaria conformada por once concejales que se apartaron de la línea del alcalde Amílcar Pantoja y aprobaron un paquete de reformas al proyecto de modificación del Acuerdo 052. Las proposiciones presentadas por el concejal Lisandro Chamorro fueron decisivas para la aprobación del texto que ahora pasa a sanción del mandatario…

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En medio del creciente malestar ciudadano por el alza en las tarifas de alumbrado público, el alcalde Amílcar Pantoja defendió la reforma al Acuerdo 052 asegurando que no hay “tarifazo”. Afirmó que los incrementos de $786 para estrato 1 y $1.047 para estrato 2 son moderados, pese a que sectores políticos lo contradicen. También cuestionó a concejales que hoy rechazan el proyecto después de haberlo respaldado, y denunció campañas de desinformación alrededor del tema…

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…En Ipiales, donde la crisis del agua y la falta de infraestructura universitaria han afectado a miles de personas, la distancia entre la publicidad y la realidad es evidente. Mientras la Contraloría indaga el destino de los recursos y las obras avanzan a paso lento, las piezas de campaña del exgobernador proyectan un panorama que no corresponde al estado actual de los proyectos…

El poder de la Información

El poder de la Información

El poder de la Información

Prometieron que las Nuevas Tecnologías de la Información nos traerían bienestar y felicidad, pero el resultado ha sido una crisis de salud física, mental y emocional. Hoy, el poder parece haber migrado de los humanos a los algoritmos. En este escenario, tanto los Estados como los mercados operan como redes que absorben nuestros datos para decidir por nosotros. La información no es solo conocimiento, pues se ha convertido en un arma mortal.

Por : José Humberto Guerrero

Esta idea no es nueva. En el siglo XIX, Karl Marx ya advertía que las élites utilizan la "verdad" y la "justicia" como una fachada para proteger sus privilegios de clase. Para Marx, la información es una herramienta de control en una lucha perpetua por el poder. En el siglo XX, pensadores como Michel Foucault y Edward Said llevaron esta crítica a las instituciones. Sostenían que ni los hospitales ni las universidades buscan verdades objetivas, funcionan como engranajes del sistema capitalista y colonialista. Según su visión, lo que llamamos "hechos científicos" son, en realidad, discursos fabricados por quienes mandan para decidir qué es verdad y qué no lo es.

Esta desconfianza ha sido capitalizada por el populismo moderno. Figuras como Donald Trump o Jair Bolsonaro sostienen que cualquier institución tradicional miente. Su lógica es extrema: no existe una verdad objetiva, sino "mi verdad" contra "la tuya". Bajo este enfoque, la interacción social es una guerra donde la verdad es solo una estrategia para alcanzar el poder.

Para enfrentar esto, el populismo ofrece dos salidas peligrosas: (1) el individualismo radical: pedir a la gente que "haga su propia investigación" y solo crea en lo que ven sus ojos, algo imposible en un mundo tan complejo; (2) el refugio dogmático: abandonar la ciencia para entregarse a revelaciones divinas, asumiendo que el ser humano es corrupto por naturaleza y solo una fuerza superior posee la verdad.

A menudo, el cristianismo, el islamismo y el hinduismo han calificado a los humanos como seres sedientos de poder en los que no se debe confiar y que pueden acceder a la verdad solo gracias a la intervención de un ser divino. Pero ninguna de estas dos salidas convence; no son posibles en la praxis real.

Una tercera es manejar la información a través del pensamiento crítico, asumir la información desde una perspectiva analítica y propositiva, sacar conclusiones y actuar en pos de ellas. Pero ¿qué tan preparados estamos para desarrollar esta vía? Dejo la reflexión para los oyentes.

En suma, el populismo defiende la idea ingenua de la información, reduce la existencia humana a una lucha por el poder y convierte a la información en un arma. Pero se equivocan al pensar que el poder es la única realidad y que la información siempre será un arma. En medio de estas dos posiciones antagónicas, hay que desarrollar una visión optimista de las redes de información humanas, fortalecer nuestra capacidad para manejar el poder con sabiduría y sensatez y exigir que nuestras redes de datos sirvan para construir puentes, no para levantar muros. Desde esa perspectiva, hagamos que el poder y la información no sean un arma de destrucción masiva, sino de construcción humana.

creerjhg63@gmail.com

 

 

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